viernes, 15 de julio de 2011

POÉTICA DESTERRADA HACIA ALUMBRAMIENTOS IMPREDECIBLES

UN ACERCAMIENTO POSIBLE AL UNIVERSO SPINETTA                                                          
    Por Luciano Achervi
            Los caminos de trigo pueden desentrañarse a través de su silencio.
            El silencio, a sí mismo, nos dice una parodia que interpreta la irrealidad como algo en el todo incierto. Por ello, Spinetta, suele convocarse, o mejor dicho, el maestro relega sus arpegios y en un mismo acto explota y preña con sangre ambarina a Artaud como una pseudo comedia montada entre armas de una espera infinita.
            La espera prosigue con los años y se ejecuta la estática ineludible de bocados bonarda, de una estúpida sensación de dejar la huella, la metáfora de los cielos por la delgadez que se refugia en cada pausa de la omnipresencia; horas más que abandonan su declive para subir levemente en arremetida del nuevo circo que es, fue y será Invisible.
            Las máscaras del grotesco huyen hacia la “herida”. París retiene sus versos y ahora se niega el sexo. Las puertas, las luces; toman claroscuros de hecatombes sonoras. Y en éxtasis de una atmósfera insondable nadie escucha nada. Nadie es el jazz de Bill Evans. Nadie el solo inconmensurable de Thelonious Monk en “Ruby my dear”.
En efecto, Jade es el rayo impredecible en la prestidigitación caníbal de sus miembros; condecorados póstumamente, abandonados por el “flaco” en la estridencia inaudita de Los socios del Desierto.  
            Un mañana es el exilio de tréboles y acacias flageladas, en donde Spinetta recorre su alma muerta en el cadáver de perpetuar el idilio de las soledades en alturas, en pristinidades que captan el viaje sonoro, el viaje púrpura de “Mi elemento”, la sensación turmalina de “Vacío sideral”, la estridencia escarlata de “Preso ventanilla”, el ademán místico de “Hombre de luz”, el lapsus montañés de “Hiedra al sol”; y aquello que el olvido frecuenta por la necesariedad de elidir y retomar la juventud de un “Cementerio club” que avizora la luz en vados de inercia.
            A todo esto, la consecuencia de un disco solista es la evolución remota que se experimenta al ser uno por parte de uno y parte de los versos que se integran en otra voz paralela a ese fuego que se muestra en “La sed verdadera”, la piel que se cierra y excomulga la interrupción que nos ilumina por instantes.    
A todo esto, Spinetta se encierra en estrellas permeables del unísono e intenta excomulgar la poesía incendiada por la voz estupefacta de la indolencia.

CINCO CANCIONES
    Por R.R.Almada
1. Cantata de los puentes amarillos. Pescado Rabioso. Artaud. “ Hubo una época en que escuchaba esa canción y podía ver en mi cabeza varias pinturas de Van Gogh. Después esa sensación me pareció tan obvia y me vi asaltado por una serie de grabados chinos que vi en la casa de una prostituta taiwanesa.”
2.  Los libros de la buena memoria. Invisible. El jardín de los presentes. “La primera vez la escuché en vivo en un programa de Badía. Tocaba Spinetta Jade con Aznar. Después me compré el disco. Siempre pensé que hacía alusión a una borrachera metafísica, la única embriaguez que se puede permitir Luis Alberto. El verso: Ya se ven los tigres en la lluvia, me parece magnífico y sugerente. Me molesta mucho cuando simplifican la poesía de Spinetta como un mero delirio.”
3. Durazno Sangrando. Invisible. Durazno Sangrando. “¿Es una canción sobre la menstruación? Siempre imaginé eso, tal vez motivado por la tapa del disco. Ese durazno con forma de vagina. Este me parece uno de los discos más femeninos de Spinetta. Hay que escucharlo con un libro de Jung en la mano. Roxana Amed hace poco grabó una versión exquisita de este tema.”
4. Tía Amanda. Luis Alberto Spinetta y los socios del desierto. Estrelicia. “Tal vez ningún crítico la considere como una de las mejores creaciones de Spinetta, pero hay algo hipnótico en esa canción. Recuerdo haber fumado infinidad de cigarrillos escuchándola una y otra vez. Hay una sensación de despertar, de alumbrar que la hace bellísima.”
5. La bengala perdida. Luis Alberto Spinetta. Téster de violencia.” Hay algo profético en esa canción. Prefigura cromañón casi veinte años antes. La escucho y parece escrita contra ciertos primates del rock, para los cuáles era mucho más interesante lo que pasaba abajo que lo que sucedía arriba. Me dio risa leer que el verso:  Tití portando un dulce Exocet, hacía referencia a un periodista deportivo. Seguramente Spinetta alude a la monada barrial, piola y canchera.  Vos la escuchas y ves al gil con los pelos largos, con la camiseta de su equipo bardeando, agitando, con la bengalita. El ojo que mira el magma.”


jueves, 30 de junio de 2011

MIRADA CRISTAL

Buscan ejemplares reflejos de cristales de cuarzo
Incrustados en tierras de diferentes ritos.
Hombres estupidizados, de rondas meditabundas,
Mujeres asoladas en casas de tecnológico barro.
Burgueses de la energía,
Ríe la naturaleza de una tierra que llora.
Encerrada en mantras monetarios.
La babosa se convierte en caracol.
La comunidad se funde en amasijos de epidermis hedionda,
No confunden la moral verde de un viejo árbol,
Con la estreñida voluntad de un angelito degollado.
Sacrificio de roja energía sucumbe al esconderse el sol.
Gritos, tierra, soledad grupal.
Peregrinan mitos populares, resucitados por deseos lujuriosamente humanos.
¡Saludo al sol!
Gritaron ensalivándose el chakra emergente de un leproso plexo solar.
Angelito con desnutrida aura, vuela sobre la ecología de un hombre muerto.
Lo ignora su ecosistema de nombres inspirados en nativas vibraciones de verdadero amor.
Pacha Mama.
Giran sus ying yang al suelo observando el hermetismo de una mira cristal.
Agrietada mirada.
Aquellos mantras pasaron rebanándoles las alas.
El banquete se desperdicio en vegetarianas ideas.
Murió de hambre, nadie le dijo que hermosa mirada cristal.

Mauro Cuello


sábado, 25 de junio de 2011

LA TENUE PERCEPCIÓN QUE ANTECEDE AL GOCE

Por: Marcos Freites 

En silencio. Algunas de las mejores escenas de la vida transcurren sin palabras. Una sombra se desliza con suavidad a través de las cortinas raídas, repta entre las cajas donde guardo la ropa de invierno y un instante antes que la gata se abalance sobre ella, se sumerge en la botella de vino que destapada yace sobre la mesa. Una mancha de sangre esparcida en la ruta desierta, bajo el sol de enero. Un tambor oxidado derrama un líquido verdoso junto a los geranios bajo los cuáles yace enterrado el caniche bichón frisé de mi primera mujer.



El silencio permite que los cuerpos, las cosas inertes, las percepciones ejerzan el diálogo. Mientras permanecemos callados, lo que nos rodea, eso que nos circunda, revela parte de su misterio, moviéndose con lentitud, anhelando la suspensión del tiempo mortal.
Hay una chica en algún sitio que dibuja este silencio corpóreo que me invita  a buscarla en la trama dudosa de un sueño, donde ella cree que yo soy un fantasma inventado por la torpe memoria del alcohol, y pese a su temor, crezco en torno a su cuerpo, hasta volverme un anciano amigable. Es entonces cuando se figura que salgo a beber con ella, hablamos con los ojos, graduando las miradas, deseosos que las horas se alarguen, para recordarnos, para reencontrarnos poco a poco frente a la luz cansada de la noche.
Hay un ventanal abierto hacia el otoño, por donde observo aquello que atravesando el desgano, logra, sin embargo, persistir hasta convertirse en luz devolviendo al presente todo lo que creía extraviado. Un repertorio de formas  donde habita todo lo efímero, lo que fui o pude ser en el aullido de las horas.
La chica repite su rutina, su cotidiana deriva  a través de bares donde se bebe hasta la madrugada, donde nos vemos sin hablarnos, acercándonos sigilosamente sin quitarnos los ojos, tal vez huyendo de nosotros mismos o ilusionándonos con que estos rostros no sean más que máscaras dispuestas a caer o alentando la esperanza de encontrar a Jesús en semana santa.
La noche siempre termina por arrebatarnos. Ella se disuelve en el rostro de otras mujeres para reaparecer como un molesto espectro al que ignoro, al que espanto con nombres imposibles.
Mientras la chica continúe su ritual, el relato prosigue, sin sobresaltos, sugiriendo más de lo que muestra, trascurriendo silenciosamente hasta que uno de los dos se disuelva con la sensación de que unas manos ajenas persisten en el atisbo de una caricia, con la leve impresión de que algo avanza subrepticiamente hasta derramarse en el presagio del silencio.
A lo largo de días, semanas, reinará una aparente quietud, donde parece que nada sucede. Solo parece. Ella dibuja una hoja flotando en el estanque sin levantar el lápiz. Ella busca en la claridad del plato recién servido la luz de otros días donde corríamos para asegurarnos un lugar en el final de la noche. Entonces sueña que otra chica se mete en nuestra cama y con los ojos medio cerrados me mira dormir, mientras con la punta de sus dedos roza mis labios.
Una mañana hay perros ladrando frente a la ventana, hacia el mediodía ella se enoja, decide alejarse, ser otra chica, pero al caer la noche pese a nuestra voluntad, nos hallamos dudando acerca de todo, al menos eso creemos hacer al dispararnos miradas punzantes a una prudente distancia.
En estos desencuentros, en este extrañarse, un sollozo nos visita, y es apenas una ligera percepción de tristeza en un relato donde no habrá grandes hechos.
Apenas unos leves sucesos alumbrados por la luz tenue de los sentidos que se aferran al eterno principio de las cosas, develando una sonrisa recortada al borde del llanto, una mano pequeña que se alza para dejar ver otra mano, más pequeña aún, un aroma a naranjas esparciéndose a través del pasillo de la casa en penumbras, el gemido de ella resonando en el silencio del dormitorio, la luz líquida sobre la que se baña el deseo perverso de morir haciendo el amor, estos ojos que se separan de si mismos y pueden contemplarse desde lejos.
Todo lo que no sostiene es la permanencia de lo sensual, la contemplación de un goce que nos excede, que nadie puede tocar, porque para eso no hay manos posibles.
No es posible poseer.
No son de nadie las palabras que quiso pronunciar la noche antes de dar paso a una claridad temblorosa en que ella o la chica, a esta altura del relato se confunden, cree reunirse conmigo. Cree abrazarme mientras nos extraviamos en la profundidad de los espejos. Acaso en este punto debería terminar el relato. La chica se ha acercado demasiado y todo lo que sostuvimos se derrumba junto al tiempo, mientras hacemos gestos inútiles ante el páramo que acabamos de abrir.
La chica dentro de los espejos intenta nombrarme, como si el acto de romper el silencio pudiera quitar esta efervescencia que nos habita, pero una lluvia luminosa se desata impidiendo la comunicación.
A través de la transparencia del día salimos. Ella me mira huir por una calle llena de escombros, escucha el ruido fantasmal de los coches, el estrépito de las gotas agujereando el pavimento, luego se figura que la beso rozando con suavidad sus labios entreabiertos. En ese instante, abandono la escena para siempre, y frente a un espejo en movimiento permanezco con la cabeza encharcada de visiones, fuera de un relato donde ella, la chica, son apenas la tenue percepción que antecede al goce. 
Pintura: Kazimir Malevich. Presentimiento Complejo: Mitad de una figura en una camiseta amarilla (1932)

domingo, 19 de junio de 2011

ABRIRÁS TU CUERPO AL VIENTO


                                               Por: Ayelén Pilmayken 
Mamá, el útero es un pequeño cuarto. Un cuarto, cuyas puertas dan al río. Un sitio oscuro donde sueño con peces. Y veo, monstruos.
Me asusto, me arranco el cordón umbilical y escribo con sangre tu nombre: mamá.
Es verdad que los niños al igual que los muertos al sol, poco duran. Ni siquiera las sombras permanecen lo suficiente.
Veo un montón de perros extraviados olfateando en torno al cuerpo recién ultrajado. Veo moscas, unas nubes gruesas que atraviesan con dificultad el cielo. Espantapájaros incendiados.
Entrecortadas caen las lágrimas y lo único que ves, es lo que ya no está. El reposo de la sangre tras el sacrificio. Los cuerpos sobre la orilla, incapaces de advertir, lo que les espera. El aguijón dispuesto a atravesar la blanda membrana.
Mamá, mis días ya han sido disueltos. No habrá útero que contenga el polvo, y lejos de mí, libre de mí, abrirás tu cuerpo al viento.

miércoles, 15 de junio de 2011

MARIELA

Por Bruno Osella

Los días con Mariela tienen eso al despertar de casa fría y lecho tibio. Ése portazo en algún lado resonando una milésima de segundo después (siempre parece que es después) que termina de levantarme las persianas, y Mariela que duerme a mi lado aún sin yo saberla del todo…
Los primeros paneos de pantalla repasando todo el cuarto parecen despertar una especie de mecanismo combativo contra la vigilia en la piel. Se estiran y entierran las raíces del cuerpo al colchón, la nariz palpa como asomando su propia nariz fuera de la madriguera el azul del aire helado, y nada podemos hacer contra tales adversidades y tamaña fuerza del cansancio…
La conciencia ha bostezado y estirado el brazo más allá de la ventana con cara de quien consulta a oscuras un reloj de pared (…) Ésos días tienen eso de que siempre es tarde. Vuela a trancos el tiempo mientras intento cortar las sogas repletas del musgo de toda la noche anterior. Niego sentir a Mariela acostada en mi pecho, tan limpia y tibia cuando duerme y me enrolla entre los brazos, tan bella en el sueño, en su ausencia de avistaje de las cosas…
Los días con ella tienen eso de no recordar que está más que en el cuerpo, de negarla y salir de un salto de la cama antes que despierte, cantando alto como para despertarla o para no oír el memoránum del cuerpo que me cuenta que ha amanecido a mi lado…
Son días de buen prólogo. La música y el mate acompañando el letargo dentro de alguna lectura, algo que me distraiga del saber, de la cruda conciencia de mi cuerpo, de Mariela estirando los brazos en el cuarto, dibujándose a fuerza de roces torpes en el espacio ondulante y opaco del sonido…
Y sólo basta con que ella entre al baño para que ésos días tomen su curso, abrir con un susurro la puerta y acomodarse las crines con ojos ausentes, aguardando…
Lo que hacen mis pasos es obvio. Horneo alguna excusa consciente como la de remojarnos ésa cara cansada, “che, debo dar asco…”
Aún sin verla, sin saberla, comienza el día a sucederse a intervalos. Los dedos largos y agudos del espejo me tocan la cara con frialdad de hoja de puñal atravesándome la estima, me llenan de pústulas e insectos los ojos, la boca y el pelo… y apenas si comienzo a ver los contornos titilantes de su mentón en mi hombro. Ése encogerse de mi vientre bien pueden ser las enredaderas suaves que me enrollaban en la cama, sus brazos desde atrás sujetándome con ternura… Comienzo a comprender que está ahí, asoma un ojo acobardado la conciencia por el resquicio abierto de la puerta, la entrabre un poco más y vislumbra con resignación de mártir la verdad que se frota las manos…
Ésos días se suceden entre asaltos porque logro efímeros escapes. Corro rápido a los discos y al mate y adentro del libro, transpirando el sudor frío que me dejan en la espalda los abrazos de Mariela. Y suena la campana y ya de nuevo a la excusa y al baño y a las pústulas y a Mariela y al descanso en un segundo de los párpados, como entregándome a la inexorable dosis de Mariela que tienen días como ésos…
Y se hace tarde…
Cuando por encima de mi hombro ya veo brillar vidriosos sus ojos, toda ella se figura en los planos de la realidad. Su corto camisón de seda, sus senos suavemente colocados en mi espalda, los brazos enredados, las piernas desnudas abriendo zurcos intercalados con las mías desde atrás, el leve vaho espeso y caliente apoyándose en mi cuello… Sé que ahí está su boca. Siento a Mariela, la veo en el espejo y siento el amor de Mariela, sus ojos de musa triste reflejados en ése cuadrilátero de vidrio que ya sólo es un charco en la pared devolviéndonos los semblantes tenues que tenemos cuando estamos juntos…
Apenas si volteo y me junto con sus labios en un beso triste, un beso húmedo como de estación de tren, un beso con sabor a mar y a café frío…
Suelo alejarme de pronto, aturdido, la olvido un rato sóla y llorando en un rincón del baño, agazapada entre sus rodillas, hermosa y empequeñecida como es Mariela cuando llora…
Quedo vagando por la casa con gracia de fantasma, quedo ciego y turbio en los quehaceres…
Ésos días son días de sombras largas, días presumiendo góticos arquitectos que erigen sus catedrales por mi barrio. Son días de grises y penumbras, de esa sensación en la boca del estómago que suelo confundir con el hambre o la acidez o el amor. Son días de falta, cuando deambula por la casa Mariela todo falta a sus lugares, las cosas entorpecen mi labor de interactor porque faltan al armónico deber que poseen el resto de los días: a funcionar o siquiera a vestir un nombre. Generalmente acabo postrado en la mesa como un vegetal, apenas si entregado al movimiento de un lápiz que traza líneas para acá y para allá sobre un vientre blanco, mientras la observo… La miro caminar apagada y despierta, una antítesis de lo sonámbulo, con una porción breve de ella aún el territorio de los sueños. Intento dibujar a Mariela sin calco, captar su centro trazando los caminos aleatorios que hace por la casa. Intento como buscando en su esencia angelical respuestas, como si toda ella y su inocencia y su dolor del más hondo fueran estigmas de una media existencia, de un semi-acontecer en lo divino…
Ella camina y yo escarbo en la hoja los destellos de su andar, busco el lugar luminoso, edénico, busco la absoluta libertad en sus pasos ausentes ahora que no hay salida, ahora que todo el día será uno de ésos días, y todo en derredor se ha transformado en un paraje tan triste y hermoso como Mariela…
Foto de Luny Villafáñe.

martes, 31 de mayo de 2011

EL HOMBRECITO AMARILLO

    Por Marcos Freites

El viejo trataba de explicarle al niño la razón por la que no podía descender hasta el fondo del pozo.
-Hay mucho fango, quedarás enterrado hasta el cuello, y a tu edad no es bueno que te hundas.
- Quiero ver al hombrecito amarillo.
-Lo verás más tarde cuando llegué tu padre.
-Es que yo quiero verlo ahora, tío.
- Bueno, bajarás conmigo.
Desde que un sujeto merodeaba la casa de los Meneses, el viejo se había convertido en la sombra de su sobrino. Sus padres habían tenido que viajar a la ciudad de improviso, y no existiendo otro familiar cercano, el niño quedó en compañía del viejo. La casa era pequeña, rodeada por un puñado de árboles frondosos, con una larga chimenea por la que siempre salía un humo espeso y azul. En frente como única vegetación crecía un sauce castigado por los ventarrones donde los visitantes solían atar sus caballos. Abajo, casi en secreto, corría el arroyo en cuyo fondo el niño había visto el hombrecito amarillo antes que se decidiera a morar en el pozo.
El viejo tomó al niño de la mano, y cuidadosamente inició el descenso. El terreno estaba resbaloso y costaba hacer pie. El niño bajaba dando gritos, llamando al hombrecito amarillo. Un olor nauseabundo a fango podrido brotaba desde el fondo. Mientras sujetaba al niño, el Viejo recordó el rostro amoratado de la niña en el zanjón, la mueca que antecede a la muerte, el guardapolvo rasgado con manchas de barro, el chirrido de los cables eléctricos silbando junto al viento.
-Volvamos, no hay nada ahí abajo.
- Pero tío, está bajo el agua. Yo lo vi meterse. Hasta escuché el ruido del agua cuando se sumergió.
- Volveremos mañana, respondió el viejo e inició el ascenso apretando con violencia la mano del niño que se empeñaba en bajar. Arriba, a través de la boca redonda, brillaba la claridad del día. Las paredes del pozo, cubiertas de musgo, dificultaron el regreso. Tras varios resbalones, alcanzaron la superficie. Ahí se sentaron en silencio. El niño estaba cabizbajo observando los pies gigantescos de su tío que se había descalzado. Tuvo deseo de acariciar el vello de las piernas, recorrer esa piel repleta de manchas blancas. El viejo trataba de olvidar la niña, los gritos que dio sin que nadie le prestara auxilio. Recordó el lunar en forma de trébol junto a las nalgas, blancas, flacas,  repletas de rasguños.
- Mientras el hombrecito amarillo viva ahí, seguirás viendo cosas feas, tío, dijo el niño sin mirar al viejo, y  dejó que su vista se extraviara entre los montones de piedra que reverberaban bajo el sol.

Ilustración: Mark Ryden

viernes, 27 de mayo de 2011

CARAMELOS DERRETIDOS Y OTROS POEMAS


CARAMELOS DERRETIDOS Y OTROS POEMAS
MAURO CUELLO

CARAMELOS DERRETIDOS

Transgresiones vespertinas
Marcan el caudal de un río,
Con desembocadura
En la amarga experiencia que nos unen.
Lo paterno se desintegra
En un rito de caramelos derretidos,
Por los calores de tus desgracias.
Lo ves.
Y el silencio te arrebata
Al cerrar la puerta.
 Comenzó la fiesta.
Silencio.
 Escuchas el silencio,
Aferrado a un  inocente álbum de figuritas,
Esperando.


Trozos de espejos
Se vienen a la memoria,
De aquello que es
 El múltiple reflejo.
No resisten mirarse.
Ríen rompiendo sus huesos,
Con cálidas melodías interpretadas
En las causalidades de existencias mediocres.
Nos miramos,
Y surge la pregunta.
¿El poeta dónde está?
Sabes la respuesta
Pero no se lo digas a nadie.
Y en la raíz primigenia,
Donde lo invisible
 Se vuelve delgadamente inexplicable
 Para el ojo,
Lo ves sentado.
Asesinado por el prejuicio de las palabras.
Que no encuentran sus significados,
sus vocaciones…

AGONÍA

Detrás de la ventana,
La vida me arroja pequeñas piedras.
No La escucho y lloro.
Al pasar los años la sensibilidad del vidrio se hace presente,
Me interpela,  pregunta,
Grita.
El eco de sus palabras cansadas me retumba en la cabeza.
El sol ya no es el mismo, el también se cansó.
¿Cómo lo sé?
Sus rayos ya no son iguales,
Yo tampoco.
Y mientras el mugriento aire del afuera contamina
 Lo que puedo ver.
Me sofoco en una habitación que se impregna de la nada,
Esperando el momento de salir.
 Por la ventana.

LA ROÑA

Mal gastada la roña que lubrica las mezquindades.
Criticas sin sentido.
La piedra choca con otra piedra, otras diferente a ella.
Rozan desesperadamente oyendo sus gritos, los gritos.
Poco a poco la roña fluye, las baña, las sofoca.
Sin poder respirar se detienen un instante.
Concentran.
Concentran……
Un segundo de magnitudes astronómicas se hace presente.
Explosión de amarga vivencia la derrite.
Se ha perdido la piedra,
Las piedras.
Nunca lograron transformarse.
La roña,
Esa de todos los días,
Con fina perseverancia
Forja en la misma entraña de la piedra,
El triste destino de ser solo una piedra.
La decisión nunca le dijo al segundo.
Detente.
Hoy soy piedra que se sabe diamante.
Y me lo creí.

Mauro Cuello
Naturaleza muerta -1973-Roy Lichtenstein


lunes, 23 de mayo de 2011

LAS BOLSAS ESTÁN VOLANDO

          Por Patchu Lucero
Las bolsas están volando. Se enredan entre ellas, se burlan de los efectos gravitatorios y vuelan. Recorren metros y metros hasta posarse en una esquina desgarradas por las ramas. Luego de levantar vuelo, una bolsa sabe que no será la misma, que cuando el viento cese, se desplomará en tierra, sangrante por tajos insolventes, desecha, y será basura, olvidada por los usureros, utilitarismo falaz, un empirismo olvidado. Ya no será una bolsa que llenarán.
Berenice arrastraba los pies mientras caminaba por la rivera. Las luces se reflejaban en la oscuridad inquieta y los cazadores de romanticismo de manual colocaban sus cámaras fotográficas frente al rio. Berenice, tenue y recíproca, no tenía un después. Con una cartera (con toallitas, un espejo roto, un monedero con $10 en monedas, y dos servilletas con frases de Baudelaire) arrastraba los pies de arena, mientras pensaba en las bolsas. Manuel era de plástico demasiado pesado para volar, con sus fiestas de poco alcohol y mucha estupidez.
Berenice susurraba Et je I`at trouvée amère sin saber lo que decía, y pensaba en las bolsas. Carmen, la amiga y sus eternos después. Primero su novio que le hablaba de Venecia y la caridad en África mientras pagaba la cuenta del café en Habana y le miraba el culo a la camarera. Primero la salida con las amigas que sueñan ser bailarinas de Tinelli... Máscaras con etiquetas.
Berenice estaba cansada del silencio estrepitoso. Et je I`at trouvée amère. Revisó los bolsillos y encontró una canica que un delirante le había regalado. Sonrió. La falta de lógica conlleva a estados insostenibles, carestía de objetivos, le había dicho esa tarde, recordó al delirante serio, y abriendo los ojos le respondió: La vida es una bolsa de nylon en pleno vuelo, si no te subís sos un caño de PVC lleno de mierda.
Un joven se paró a su lado ¿Tenés hora? le preguntó, Berenice miró el reloj de las horas. Si, las dos de la tarde. El joven se quedó perplejo en medio de la inminente noche. Berenice volvió a sonreír. Cansada de los caños de PVC. Se sentó frente al puente del Howard Jonson mientras en su cabeza se dibujaba Manuel cuando contento con el uniforme de estudiante de policía golpeó la puerta de su casa. Con su corte a la americana le contaba a la familia de Berenice como había aprobado el ingreso. Había corrido cuarenta minutos sin parar, había hecho cien lagartijas y después había desarmado y armado una 9 mm en 20 minutos. El papá de Berenice lo miraba satisfecho, contento que su sangre se prolongue en los caminos de la ley y la moral, mamá había dejado las cuentas del rosario y sonriente escuchaba a Manuel.
Berenice miró un murciélago que revoloteaba inquieto sobre el rio. Manuel, Carmen, su papá, su mamá, el quiosquero, los profes, todos caños subterraneos al servicio del drenaje. Ella quería ser una bolsa. Et je I`at trouvée amère “¿Cuánto hace que no hacen el amor?” las palabras revoloteaban, se mezclaban con la idea de la Maga parada en medio de un zaguán sin nada. No quería volver, con un sermón lleno de moral, con una cama que se convertía en contición, con un té lleno de reproches, con una facultad de lógicas domésticas. Ella quería saber eso de subirse, de ser una bolsa de nylon en pleno vuelo.
Y entonces, como enviado por un motor llegó el viento pujante “contá conmigo para el viaje, pero no esperes que me quede”, tocó su hombro, “Cuántas estrellas hay que contar antes de saber que estamos vivos”, y le arrancó un gemido.
Nada puede ser más fácil que ser una bolsa de nylon en pleno vuelo.
Arte: Roy Lichtenstein

miércoles, 11 de mayo de 2011

DESPUÉS DE LOS ESPEJOS


Por Patchu Lucero

Pasa este río como una antigua estrella fugaz. Todavía espero a Laura que me prometió venir. El relativismo del tiempo no es otra cosa que la cadencia de la composición, es la figura rítmica dentro del cuatro cuartos (el mundo está divido en cuatro cuartos) Por los que los minutos esperando a Laura se me hacían eternos.
El sol crujía intentando persuadir las sombras. Laura llegó y me dio por fin el paquete. Era redondeado y del tamaño de una canica grande. Estaba envuelta en una tela medio sucia de algodón azul. Lo tomé con el cuidado que requería. Laura me miraba, deseosa de saber que era el contenido. Por su mirada tuve la certeza que había seguido al pie de la letra las instrucciones. Andá hasta el lago de brea, sin meterte. En el occidente vas a encontrar un bulto de 20 centímetros de circunferencia. Agarralo con excesivo cuidado, y lo guardás en el bolso. Es imprescindible que no lo mires, que no lo abras. Ella lo había hecho sin miramientos. Había sido de una ayuda increíble, no sé si era por ese amor laberíntico que sentía por mí, o por alguna sensación de asistencialismo. Pero para mí solo eran los fantasmas. Luego de ver El Dorado, de ver el último círculo atemporal, ya no había rio, no había tiempo, ya no había música, ni sol.
De a poco fui desenvolviendo el paquete, y ahí estaba, el ojo del tigre blanco, tan azul. Me fui consumiendo en la vorágine de los mares que se desprendían de su retina, abandonando el sol y el tiempo. Nadando hacia otra caverna.

domingo, 1 de mayo de 2011

EL MUNDO NO ES MÁS QUE ESO

Por Luciana Garamondi 
1.Si se redujera el ruido disperso a unos pocos aullidos y no tuviéramos que soportar el alboroto de los recién llegados ni el estampido de la música del trópico, podríamos dejarnos caer en la cama y por un rato hacer más llevadera esta miseria, aunque tengamos que conseguirnos plata para el almuerzo y toda tu familia empiece a mirarnos con mala cara y antiguos novios comiencen a merodear la casa en autos lujosos y mires hacia el pasado convencida de que las cosas hubieran sido muy distintas si no me hubieras conocido; y así se nos van yendo los días y sin que nos demos cuenta lo que ayer estaba en un punto hoy está en otro, todo se vuelve inalcanzable de este modo.

2. En todos lados hay marcas húmedas de tus dedos. La verdad es que no les he prestado atención hasta hace unos pocos días cuando algo de vos empezó a apoderarse de todo, hasta de las cosas que la intemperie silenciosamente había rechazado.

¿Son tus huellas señales que preceden al fin del día? ¿Intentás demarcar cuidadosamente lo que hemos dejado a medio hacer? ¿Recuerdan tus pies el camino que tuvo que atravesar el fuego para llegar hasta aquí?  ¿Cuándo falte la luz en esta habitación dispondrás de lo que queda de mí?

3. Abrías espacio entre los cúmulos de sombras para ubicar algo de vos ahí en ese punto donde yo no podía dejar de mirar y no era tu boca burlándose de la lluvia ni siquiera la tibieza de tu saliva recordándome días en que te pertenecía por completo y sin protestar me entregaba a tus caprichos.

4. Y para no escribir en vano, en el lado soleado del cuaderno de apuntes está el ojo en tinta, la prosa inconclusa, el cielo concedido antes de tiempo, el pañuelo ya poblado de adioses en mitad de una lluvia incesante.
5.
El mundo no es más que eso. Apuntes en un viejo cuaderno.
Registro de días donde no suceden grandes cosas. Apenas el recuerdo de una chica dispuesta a cumplir su insensata voluntad, un sueño recurrente. El vuelo de los patos salvajes al final de la temporada. Ropa tendida. El zumbido de los insectos rondando la fruta madura. La voz de las visitas que llegan a la hora de la siesta.
El mundo no es más que eso.
6. Nos reuníamos a orillas del gran canal en mitad de la noche. A veces, éramos tres sombras hambrientas dispuestas a beber botellas infinitas de alcoholes infernales. La vida se nos partía entre los brazos. Otras veces a la luz de una fogata nos quitábamos la ropa y todo nuestro tesoro era un trozo de piel ofrecido, cuatro gotas de vino, un rayo de luna hiriendo nuestra desnudez. Hasta que un día supimos del espanto y bajo una lluvia espesa, amarillos de horror dejamos para siempre nuestro lugar a orillas del gran canal en mitad de la noche.

7. Puede verte coleccionando agujas un domingo frío en las afueras de la ciudad, caminando entre los escombros ante la indiferencia de los guardias que no puede ver la tristeza de tus brazos alargándose para abrazar un manojo de niebla. Pienso en la humedad de tu habitación hundiéndose al final del día, en unas manos entumecidas por el invierno que no se cansan de escribir acerca de cosas que el viento arrancó y entonces es un alfiler atravesando el cuerpo de un gatito de paño, pájaros de plumajes extraños que se disipan junto al humo de la estufas, la claridad furiosa de la mañana, una figura que el espejo se empeña en reflejar cuando te quedas a solas e insistís en abrazarme, en darme caricias sin dejar de pensar en vos, como si este cuerpo no fuera más que la extensión de otro cuerpo, al que es necesario adorarlo para aliviar su ingravidez.
Luciana Garamondi, nació en Concarán en 1990.  Se enorgullece de no haber hecho nada digno de mencionar.