lunes, 23 de mayo de 2011

LAS BOLSAS ESTÁN VOLANDO

          Por Patchu Lucero
Las bolsas están volando. Se enredan entre ellas, se burlan de los efectos gravitatorios y vuelan. Recorren metros y metros hasta posarse en una esquina desgarradas por las ramas. Luego de levantar vuelo, una bolsa sabe que no será la misma, que cuando el viento cese, se desplomará en tierra, sangrante por tajos insolventes, desecha, y será basura, olvidada por los usureros, utilitarismo falaz, un empirismo olvidado. Ya no será una bolsa que llenarán.
Berenice arrastraba los pies mientras caminaba por la rivera. Las luces se reflejaban en la oscuridad inquieta y los cazadores de romanticismo de manual colocaban sus cámaras fotográficas frente al rio. Berenice, tenue y recíproca, no tenía un después. Con una cartera (con toallitas, un espejo roto, un monedero con $10 en monedas, y dos servilletas con frases de Baudelaire) arrastraba los pies de arena, mientras pensaba en las bolsas. Manuel era de plástico demasiado pesado para volar, con sus fiestas de poco alcohol y mucha estupidez.
Berenice susurraba Et je I`at trouvée amère sin saber lo que decía, y pensaba en las bolsas. Carmen, la amiga y sus eternos después. Primero su novio que le hablaba de Venecia y la caridad en África mientras pagaba la cuenta del café en Habana y le miraba el culo a la camarera. Primero la salida con las amigas que sueñan ser bailarinas de Tinelli... Máscaras con etiquetas.
Berenice estaba cansada del silencio estrepitoso. Et je I`at trouvée amère. Revisó los bolsillos y encontró una canica que un delirante le había regalado. Sonrió. La falta de lógica conlleva a estados insostenibles, carestía de objetivos, le había dicho esa tarde, recordó al delirante serio, y abriendo los ojos le respondió: La vida es una bolsa de nylon en pleno vuelo, si no te subís sos un caño de PVC lleno de mierda.
Un joven se paró a su lado ¿Tenés hora? le preguntó, Berenice miró el reloj de las horas. Si, las dos de la tarde. El joven se quedó perplejo en medio de la inminente noche. Berenice volvió a sonreír. Cansada de los caños de PVC. Se sentó frente al puente del Howard Jonson mientras en su cabeza se dibujaba Manuel cuando contento con el uniforme de estudiante de policía golpeó la puerta de su casa. Con su corte a la americana le contaba a la familia de Berenice como había aprobado el ingreso. Había corrido cuarenta minutos sin parar, había hecho cien lagartijas y después había desarmado y armado una 9 mm en 20 minutos. El papá de Berenice lo miraba satisfecho, contento que su sangre se prolongue en los caminos de la ley y la moral, mamá había dejado las cuentas del rosario y sonriente escuchaba a Manuel.
Berenice miró un murciélago que revoloteaba inquieto sobre el rio. Manuel, Carmen, su papá, su mamá, el quiosquero, los profes, todos caños subterraneos al servicio del drenaje. Ella quería ser una bolsa. Et je I`at trouvée amère “¿Cuánto hace que no hacen el amor?” las palabras revoloteaban, se mezclaban con la idea de la Maga parada en medio de un zaguán sin nada. No quería volver, con un sermón lleno de moral, con una cama que se convertía en contición, con un té lleno de reproches, con una facultad de lógicas domésticas. Ella quería saber eso de subirse, de ser una bolsa de nylon en pleno vuelo.
Y entonces, como enviado por un motor llegó el viento pujante “contá conmigo para el viaje, pero no esperes que me quede”, tocó su hombro, “Cuántas estrellas hay que contar antes de saber que estamos vivos”, y le arrancó un gemido.
Nada puede ser más fácil que ser una bolsa de nylon en pleno vuelo.
Arte: Roy Lichtenstein

miércoles, 11 de mayo de 2011

DESPUÉS DE LOS ESPEJOS


Por Patchu Lucero

Pasa este río como una antigua estrella fugaz. Todavía espero a Laura que me prometió venir. El relativismo del tiempo no es otra cosa que la cadencia de la composición, es la figura rítmica dentro del cuatro cuartos (el mundo está divido en cuatro cuartos) Por los que los minutos esperando a Laura se me hacían eternos.
El sol crujía intentando persuadir las sombras. Laura llegó y me dio por fin el paquete. Era redondeado y del tamaño de una canica grande. Estaba envuelta en una tela medio sucia de algodón azul. Lo tomé con el cuidado que requería. Laura me miraba, deseosa de saber que era el contenido. Por su mirada tuve la certeza que había seguido al pie de la letra las instrucciones. Andá hasta el lago de brea, sin meterte. En el occidente vas a encontrar un bulto de 20 centímetros de circunferencia. Agarralo con excesivo cuidado, y lo guardás en el bolso. Es imprescindible que no lo mires, que no lo abras. Ella lo había hecho sin miramientos. Había sido de una ayuda increíble, no sé si era por ese amor laberíntico que sentía por mí, o por alguna sensación de asistencialismo. Pero para mí solo eran los fantasmas. Luego de ver El Dorado, de ver el último círculo atemporal, ya no había rio, no había tiempo, ya no había música, ni sol.
De a poco fui desenvolviendo el paquete, y ahí estaba, el ojo del tigre blanco, tan azul. Me fui consumiendo en la vorágine de los mares que se desprendían de su retina, abandonando el sol y el tiempo. Nadando hacia otra caverna.

domingo, 1 de mayo de 2011

EL MUNDO NO ES MÁS QUE ESO

Por Luciana Garamondi 
1.Si se redujera el ruido disperso a unos pocos aullidos y no tuviéramos que soportar el alboroto de los recién llegados ni el estampido de la música del trópico, podríamos dejarnos caer en la cama y por un rato hacer más llevadera esta miseria, aunque tengamos que conseguirnos plata para el almuerzo y toda tu familia empiece a mirarnos con mala cara y antiguos novios comiencen a merodear la casa en autos lujosos y mires hacia el pasado convencida de que las cosas hubieran sido muy distintas si no me hubieras conocido; y así se nos van yendo los días y sin que nos demos cuenta lo que ayer estaba en un punto hoy está en otro, todo se vuelve inalcanzable de este modo.

2. En todos lados hay marcas húmedas de tus dedos. La verdad es que no les he prestado atención hasta hace unos pocos días cuando algo de vos empezó a apoderarse de todo, hasta de las cosas que la intemperie silenciosamente había rechazado.

¿Son tus huellas señales que preceden al fin del día? ¿Intentás demarcar cuidadosamente lo que hemos dejado a medio hacer? ¿Recuerdan tus pies el camino que tuvo que atravesar el fuego para llegar hasta aquí?  ¿Cuándo falte la luz en esta habitación dispondrás de lo que queda de mí?

3. Abrías espacio entre los cúmulos de sombras para ubicar algo de vos ahí en ese punto donde yo no podía dejar de mirar y no era tu boca burlándose de la lluvia ni siquiera la tibieza de tu saliva recordándome días en que te pertenecía por completo y sin protestar me entregaba a tus caprichos.

4. Y para no escribir en vano, en el lado soleado del cuaderno de apuntes está el ojo en tinta, la prosa inconclusa, el cielo concedido antes de tiempo, el pañuelo ya poblado de adioses en mitad de una lluvia incesante.
5.
El mundo no es más que eso. Apuntes en un viejo cuaderno.
Registro de días donde no suceden grandes cosas. Apenas el recuerdo de una chica dispuesta a cumplir su insensata voluntad, un sueño recurrente. El vuelo de los patos salvajes al final de la temporada. Ropa tendida. El zumbido de los insectos rondando la fruta madura. La voz de las visitas que llegan a la hora de la siesta.
El mundo no es más que eso.
6. Nos reuníamos a orillas del gran canal en mitad de la noche. A veces, éramos tres sombras hambrientas dispuestas a beber botellas infinitas de alcoholes infernales. La vida se nos partía entre los brazos. Otras veces a la luz de una fogata nos quitábamos la ropa y todo nuestro tesoro era un trozo de piel ofrecido, cuatro gotas de vino, un rayo de luna hiriendo nuestra desnudez. Hasta que un día supimos del espanto y bajo una lluvia espesa, amarillos de horror dejamos para siempre nuestro lugar a orillas del gran canal en mitad de la noche.

7. Puede verte coleccionando agujas un domingo frío en las afueras de la ciudad, caminando entre los escombros ante la indiferencia de los guardias que no puede ver la tristeza de tus brazos alargándose para abrazar un manojo de niebla. Pienso en la humedad de tu habitación hundiéndose al final del día, en unas manos entumecidas por el invierno que no se cansan de escribir acerca de cosas que el viento arrancó y entonces es un alfiler atravesando el cuerpo de un gatito de paño, pájaros de plumajes extraños que se disipan junto al humo de la estufas, la claridad furiosa de la mañana, una figura que el espejo se empeña en reflejar cuando te quedas a solas e insistís en abrazarme, en darme caricias sin dejar de pensar en vos, como si este cuerpo no fuera más que la extensión de otro cuerpo, al que es necesario adorarlo para aliviar su ingravidez.
Luciana Garamondi, nació en Concarán en 1990.  Se enorgullece de no haber hecho nada digno de mencionar.
 
 

domingo, 24 de abril de 2011

MILENA. LOS PADRES DE MILENA. MILENA

Por Marcos Freites
Despierto en mitad de la noche, y la veo a Milena desnuda durmiendo a mi lado. Acaricio su frente, mientras oigo su respiración casi asmática. Pienso en las nubes que dibujamos sin levantar el lápiz, en los pájaros que vienen a disputarle el maíz a las gallinas, en la primera vez que mis dedos rozaron su sexo húmedo, en un texto sobre la lluvia de Clarice Lispector, que ya no recuerdo, salvo que en alguna parte decía que la lluvia no da jamás las gracias. Me levanto, recorro el largo pasillo hasta que desemboco en la habitación de sus padres. A través de la puerta entreabierta los veo dormir. Duermen desnudos, tomados de la mano. Imagino que han muerto en mitad de un sueño erótico donde ella lo penetraba a él y vuelvo al cuarto donde duerme Milena. Me siento al borde de la cama y observo sus pechos, pequeños, enjutos, incapaces de saciar mi desenfreno adolescente. En silencio me visto, y algo al patio alfombrado de hojas secas. Enciendo un cigarrillo, contemplo con resignación las hojas del gomero bruñidas por una luz mugrienta. Unas gotas delgadas se precipitan sobre la ciudad sumergida en un silencio insoportable. Llamo a alguien a través del muro que separa las casas y no me contesta. Sé que hay alguien ahí, entre la sombras, en la casa contigua, observándome, deseoso de hablar.
Rasgando el cielo en una andanada de relámpago una tormenta se acerca. Le digo adiós al sujeto que me espía y regreso al cuarto de los padres de Milena. Me hundo en el cuerpo delgado de su madre, adivino las venitas violetas de sus pechos, redondos, blancos; recorro los muslos , dejo que mis ojos se adentren en su sexo en reposo, y permanezco ahí junto a la puerta entreabierta esperando que junto a la lluvia todo termine, deseando que este instante en que la madre de Milena parece balbucear algo en sueños sea una puerta abierta hacia el fin de esta deriva en que me poso en cuerpos que no me reconocen.
Fotografía: Bettina Rheims

sábado, 16 de abril de 2011

UN ELOGIO DE LA FUGACIDAD O LA INCONTROLABLE IMPOSTURA DE LA BELLEZA

UN ACERCAMIENTO HACIA LA INDÓMITA FUERZA DE LO EFÍMERO A PARTIR DE DOS INSTÁNTANEAS TOMADAS DURANTE EL ÚLTIMO VERANO
Por Marcos Freites

Si pudiéramos /Detener el instante/Todo sería mucho más terrible
                                           José Emilio Pacheco. "Elogio de la fugacidad".
El profesor se detiene ante la imagen, da unos pasos, deja los libros sobre el piso recién baldeado y se hunde en la fotografía. Matías suspendido en el aire. Iniciando una caída que nunca llega. El agua puede esperar. La mirada del profesor se sitúa primero en las montañas que forman parte de un decorada falso, tan ajenas a la imagen como esas nubes que surgen amenazantes, dispuestas a profundizar aún más la agonía del verano. Luego, y tras armar delicadamente un cigarrillo, sus ojos buscan el torso desnudo de Matías, sostenido por el viento que se acaba de desatar. Entonces la música empieza a inundar los pasillos. Empujadas por una brisa artificial las melodías se agrupan en cúmulos sonoros hasta formar un archipiélago estridente que pone en movimiento las imágenes. El profesor, mientras su mirada incisiva se va hundiendo en el cuerpo de Matías, busca apartar la música de sus oídos. Sabe que esos sonidos lo alejaran del sitio donde ha hecho foco, donde se refugia el narcisismo de las pequeñas diferencias. Recordar es el mejor modo de construir un muro mental ante  la música no deseada. Es en ese instante donde se desdobla, y puede verse al borde de la pileta acariciando la sombra de Matías, fosilizada en el agua. Al rozarla con el reverso de su mano comprende que la caída de ese cuerpo nunca se producirá, tal vez lo sostiene la fuerza que irradia la música al abrirse paso entre las cosas de este mundo. Una fuerza gravitatoria que oscila entre los cuerpos buscando abarcar la extensión de todos los deseos.
Las piernas de Marina. Las piernas de Marina iluminada por el vértigo de las luces. El vaso que tambalea entre sus manos. La perfección forzosa que reposa bajo el blanco del vestido, solo intuida por su mano izquierda que se apoya ahí, como para detener un ardor repentino. Vista a cierta distancia la imagen de las piernas de Marina dejan entrever algo curioso. Como si fueran la antesala disimulada antes de hallarse inmerso en el goce más explícito. Una instancia que solo puede ser alcanzada recorriendo esas piernas, adentrándose en ese abismo apenas entrevisto. El profesor se quita las gafas, y asevera, que en este caso el meollo del asunto se reduce al encanto de una chica de clase media capaz de producir en el observador algo similar al principio de la relatividad especial, pues cada observador al fijar los ojos en ella cuenta con un tiempo local y un marco espacial diferente.
Millares de chicas exhiben sus cuerpos en las redes sociales. Es una nueva forma de implantar el yo en un tiempo donde me exhibo y luego soy, explica el profesor al llegar a la mesa donde se sirven bocadillos crocantes y ser interrogado por el tímido periodista del diario regional. Pero las piernas de Marina, agrega el docente, superan el mero exhibicionismo, puesto que la imagen no formula un discurso convencional acerca de lo que es bello más bien se parecen a esos sueños que resisten toda interpretación. El cronista escucha con atención, mientras borronea con mano temblorosa una libreta de apuntes naranja.
Marina en un paréntesis de la fiesta. Marina abandona la pista por un instante, para tomar un poco de aliento. El trago a medio tomar consume la efervescencia del tiempo mientras sus piernas nos dicen que hay otro tipo de goce, una forma de placer que no puede ser fijada, que está en permanente fuga, y solo puede ser advertido en la agitación del yo.  Un yo que observa, desde una distancia muy escasa y es capaz de sentir el deleite al posar sus ojos sobre esas piernas.
Como un relámpago que nos atraviesa de improviso en medio de la oscuridad, Marina con su belleza explosiva nos embiste, un fogonazo repentino donde solo podemos entrever atisbos de una belleza efímera. Las chicas como ella liberadas de todo intento de perpetuidad deambulan entre las imágenes que diariamente nos acosan seguras de ser propietarias de nuestros desvelos. Manos donde se cobija la tibieza de un goce apenas entrevisto, piernas que se alargan evocando una sensualidad aún por descubrir, un escote perturbador que nos invita a conocer un poco más, a franquear esa barrera que impone con su sensualidad fugitiva.
El profesor mira por última vez las fotografías, prometiéndose no volver a pensar en ellas, y las lee atravesadas por las marcas que no dejan los amores inalcanzables, aquellos donde amamos en solitario, sin otra complicidad que nuestra ensoñación. Logra percibir el equilibrio entre lo pronunciado y lo omitido, entre los sugerido y lo indecible, entonces se decide a guardar definitivamente su libreta de apuntes.
El agua puede esperar. El cuerpo de Matías permanecerá en el aire, mientras continué hablándose a sí mismo en un lenguaje que sólo es entendible dentro de la imagen. Tal vez  podremos descifrar todo lo que encierra ese vuelo, recto, rígido, que se fosiliza en la retina, cuando la belleza de Marina se haya decidido por una rápido disolución antes que por un agónico ocaso o cuando la belleza termine por exiliar toda huella de deseo.

Fotografía: Cecilia Rizzo


sábado, 9 de abril de 2011

MAURO CUELLO-POEMAS-NIÑA CON PELO DE MUÑECA VIEJA

NIÑA CON PELO DE MUÑECA VIEJA

 
Camina.
Mira al cielo
Ríe.
Mira al cielo.
Tropieza
Con la mezquindad,
Que la obliga a tocar la tierra.
La saborea.
Le llama la atención.
Sus muñecas se pierden,
En juegos de cementerio.
El violeta de la piel,
Se expresa en sonrisas sin dientes,
Con ojos profundamente blancos.
Cada noche crucifica un poco más,
El ritual de tomar el té.
Acompañada de amigos de mil mundos,
Comparten pastelillos
Del más asqueroso plástico.
Abandonada en su diario
Que se escribe en la piel,
Levanta la mirada.
El cielo es sólo eso.
Cielo.
Suspira.
Toma la puerta.
Lentamente se arma
¿Hola cómo estás?
Le dice la ironía.
Son cincuenta,
Paga con cambio,
Contesta una niña
Con pelo de muñeca vieja.

EL SILENCIO, UN GRILLO Y LA NADA

En la silenciosa noche lo oscuro se ilumina
Por miedo a preguntas sin respuestas.
El grillo lo sabe y canta sin importarle.
Arriesga lo poco que ha vivido en la oscura noche.
La caverna platónica es un bar de placeres,
Que se empeña en no ser reales.
Todos se ríen en el vació de la noche.
No se distinguen.
Se conocen,
No se tocan,
Se escupen.
Y las dicotomías de la oscura luz son aceptadas
El grillo ya no canta
Se lo tragó la alimaña.
De la cual sólo se habla a la mañana,
Donde la luz es más oscura aún.

 
LA PUERTA DE SANCHO
Nunca deje la puerta abierta,
El reflejo de lo no alcanzado pudo llegar a salir.
Y mientras estaba tratando de vivir en la ceguera de lo cotidiano
Me pude llegar a preguntar.
¿Por qué?
Caí  en la cuenta de que había caído.
La puerta de casa no quiso abrir.
Y errante sin sancho mi espada se oxidó,
Adhiriéndose a esa piel que no tiene recuerdos.
Los molinos de viento se desasieron,
Fueron la ilusión de un presunto invento.
La dulcinea se reía,
Mientras su podrida carne se perdía en los abismos del mentiroso bienestar.
Y en el afán de regresar, recorté armaduras,
Enfrentando a un viejo ventilador grité por encontrar la llave.

Mauro Cuello




martes, 5 de abril de 2011

LA MIRADA DE LA CRISÁLIDA

Con palabras que levitan, Achervi busca traspasar con sus ojos de rayos X una realidad distante que algunos llaman mundo. Así, como un telar, mezcla los hilos poéticos en su proximo libro "La Mirada de la Crisálida" que será editado por Magma ediciones. 

OBERTURA 
De aquella muerte hablada
en conocimiento natural
de hojas que pasan derribadas
entre subterfugios dignos
de llamarse tiempo:
si la corteza misma
cromatiza el espectro
como halos bucólicos
de mantos legítimos,
si más aún
el ambiente constituye
pelambres de la mirada,
y aquélla
una vida felina
que zarpa
y omite
las gemas
de hiervas cristalizadas;
por un instante
del claroscuro,
por plenitudes que horadan
la poética
conversada
en aires;
por el nacimiento
que se dispersa
en hojas de crisálidas
detenidas
en secuencias…


Luciano Achervi. 


Pintura: Edward Hooper

jueves, 17 de marzo de 2011

MARAVILLAS DEL SUBURBIO

Gabriella Coleman 

Anoche sucedió otra vez, él entró descalzo a mi habitación y se sentó sobre mi cama. Sus ojos estaban fríos, y su voz era débil. Un susurro que parecía venir desde el principio de los tiempos. Me quedé en silencio escuchándolo, dejándome llevar por su voz. Me proponía una salida, una vía de evacuación, una chance antes que se abra la caja de pandora. Ambos sabemos, que la reacción irrumpirá en cualquier momento, arrasando con todo. Los católicos son implacables, no dudan en ejecutar con crueldad su sentencia. Hace mucho tiempo que aguardó por ellos, tal vez sostenida por una vana esperanza, me figuró en las noches  que tengo la valentía de enfrentarlos. Él extiendió las manos en torno a mi cuerpo, y me suplicó que mantenga la calma, aún queda tiempo.

Una noche a principio de los dos mil, veo a Belén Fanton tomando un cortado en la calle. Le pido que me acompañe a elegir un libro en una librería que acaban de abrir. Luego de muchas vacilaciones, decidimos comprar un disco: Dummy de Portishead. La invitó a casa a tomar unos gin tonic. No dejamos de escuchar “Sour time” y “Glory box”. Nos besamos sobre el sillón mullido. Su saliva tiene sabor a chicle de uva, le digo. Luego salimos  a caminar por la ciudad, casi desolada y acabamos en un teatrucho donde una tipa con ínfulas de actriz canta casi en bolas “Like a virgin”, mientras el reducido público fuma. Después aparecen un par de enanos con el pecho velludo, hacen unas cuantas piruetas y antes que las luces se enciendan del todo  sacan unos penes erectos y deformes, se los acarician mutuamente y lanzan a dúo chorros de orina hacia nosotros.

Ellos protegidos por la noche, llegarán provisto con armas filosas, y con saña las blandirán en la fragilidad de mi carne. En ese momento, él, mi Judas personal, me invitará  a cerrar los ojos con suavidad. Concéntrate en tu respiración, aspira cinco veces, niña, profundamente, relajándote, inspirando por la nariz y exhalando por la boca. Seguiré sus instrucciones y con cada exhalación, expulsaré los dolores, la tensión acumulada en el cuerpo.  A través de los vidrios mojados por la lluvia veré el mundo cambiado. Al mirarlo poblado de sangre todo en él será mío.
Sucedió más de una vez, sucederá muchas veces…

Fotografía: Irina Ionesco

martes, 8 de marzo de 2011

LA SOMBRA DEL VENADO

Por Luciana Garamondi
1
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las brillantes criaturas están llenas de mentiras.
Anne Sexton La Balada de la masturbadora solitaria
A esa hora la mayoría de las chicas se hallaban en los brazos de los hombres que  habían bajado de la sierra con las últimas sombras de la tarde. Almada cruzó bajo la parra, esquivó los perros que se encontraban dormitando y entró al dormitorio de Jimena. Estaba oscuro. Solo se oía una radio sintonizada en una estación evángelica.
- Jimena… ¿ Jimena ?
Ella lo oyó sentarse al borde de la cama. Se lo imaginó mojado, con los zapatos llenos de fango, agotado de tanta fiesta. Almada en la oscuridad buscó a tientas la cabellera de Jimena y la tocó. Ella no dijo nada. Luego se echó encima de su cuerpo cubierto por una sábana blanca. Ella emitió un chillido que en parte era placer y en parte puro fastidio, y encendió la luz. Entonces lo vio encaramado sobre su cuerpo. Flaco, flácido, con los dedos teñidos de nicotina, reducido a un temblor que le impedía hablar, como si la humedad le hubiese ido  carcomiendo lentamente los huesos.
-Ya no estás para subir árboles desnudos.
-Es la lluvia. Cada vez la humedad cala más honda. Es la lluvia…
- Bajo esta misma lluvia, las lluvias del diluvio.
- La lluvia es una cosa que cae en el pasado.
- Vení, acostate que falta mucho para que llegué Alberto.
Afuera la lluvia pareció arreciar con más violencia acallando la música, los gritos que provenían de la fiesta. Una vez que Almada se acostó, ella no pudo dejar de tocarlo, como si ese cuerpo estuviese a punto de desaparecer. Lo acarició como se acaricia el resplandor de una visión. Un relámpago se filtró por la ventana, contrastando con la luz opaca de la ampolleta. Almada con el reverso de la mano rozó sus pezones. Ella pareció susurrar algo, pero en el momento en que lo hacía, un trueno interrumpió remeciendo la pieza. Sus pechos blandos, blancos, temblaron, como sustraídos por un oleaje invisible.
-Alberto debería desaparecer junto a la tormenta.
-Sabes que no me gusta que pronuncies su nombre, en esta su cama.
Apenas ella calló, la sombra del venado atravesó la ventana. Entonces él comprendió que aquella noche algunas cosas ya no volverían a ser lo que eran, lo supo al mirar los ojos duros de Jimena. Unos ojos que nunca habían derramado una lágrima. Esos ojos han atravesado el horror sin cerrarse un solo instante, pensó  y supo que su destino dependía de esa mirada que ya no le pertenecía. En la dureza de esos ojos debía encontrar algo que le permitiera continuar despierto lo que restaba de la noche. Cuando empezara a clarear debía partir. Después de todo no era más que un fugitivo dando vueltas en torno a la sombra del venado, huyendo de un fantasma inventado por sí mismo.
Almada había tenido un sueño casi al final de la noche, cuando las esperanzas de tener sexo eran remotas y había que conformarse con una chupada grandiosa que condujera a la agnición. En el sueño vio un crucifijo teñido de sangre caer a sus pies mientras una horda de mujeres con el rostro cubierto por vísceras clamaba por su cabeza, entonces decidió evitar toda interpretación de los sueños. La superstición no trae otra cosa que mala suerte.
Se quedó en silencio al lado del cuerpo de Jimena. Te has reducido a ser solo un cuerpo, pensó, y retiró su mano de los pechos, como quien aparta para siempre un órgano enfermo de los demás. La lluvia siguió cayendo pesadamente sepultando los últimos estertores de la fiesta. Jimena se restregó los ojos, preguntándose por qué aún pensaba en Alberto cuando otro hombre se introducía en su cama. Antes podía olvidar los rostros con facilidad, borrar los rostros, amar por un instante a todos. No será fácil volver a querer a alguien, pensó, y acarició la espalda helada, huesuda, de Almada que a través de las grietas de la pared abandonaba los pensamientos que le impedían relajarse. Cuando la lluvia y la noche comenzaban a borrarse, ella con delicadeza lo masturbó, mientras lo hacía se figuró a un grupo de hombres desnudos atravesando un río, armados con unas lanzas primitivas. Los vio venir hacia donde ella y las diosas del amor tomaban sol. Cuando apartó de su memoria esas imágenes, Almada eyaculó. Ella limpió con la sábana el miembro que continuó erguido por un largo rato y se dio vuelta hacia la pared, dispuesta a encontrarse con el sueño.




martes, 1 de marzo de 2011

LA ÚLTIMA TARDE DE LOS PÁJAROS

 Por Marcos Freites
hacen falta manos para aplaudir milagros
I
mirando los coches hundirse en el cieno con un coro de ranas como música de bajo fondo con los árboles gimiendo en la oscuridad con nuestros padres ante el televisor sin advertir nuestra ausencia pensando en la distancia inabarcable-por la mirada-que recorre el alambrado sin rozar los pastizales humedecidos hasta despedazarse en un horizonte quebrado sobre silencio
gotas grises música lejana que pulsa el caserío sumergido hasta que una mano sedienta se permita abrir el grifo mientras tanto vivimos del engaño-en el engaño- sin otra fuerza viva que la alucinación que las rayas muertas trazadas por un puño que fuerza en secreto lo real como si dibujara  en la efervescencia de unos senos las aguas que han de acudir
II
la necesidad de que algo surja/suceda en la linde del sueño/sin dormir esparza su voz aunque para llegar a tiempo deba interrumpir otros gritos de hombres ciegos que vigilan el paso de las sombras atravesando los muros antiguos ritos extintos celebrados por aquellos que duerme sin cerrar los ojos admirando un quitasol marroquí abandonado en la vigilia entre lo que se mueve alrededor del sueño-cercándolo- lejos es siempre no hay más luego de atravesar el río-sin brazos-y haber llorado sin observar las piedras-por pudor-sin cavilar sin presagios acerca de nuestro absurdo final siempre respirando con una boca que nos es ajena con peces muertes enredados en las piernas la extrañeza besa lo fugaz lo efímero ansía que las cosas caigan para que surja algo
III
algo por aquí no levantes el tubo quiero todo tus restos no tener que esperar errar entre lo que no nos admite para admirar lo que fuimos durante el arduo aprendizaje cuando cansando buscaba levantarme de la cama para tocarte-distante- deseoso de encontrarme en el último espejo donde ya no puedes protegerme entre un día pasado y otro por venir las cosas pasan crecen en el fríos los huesos ladran los perros se acerca una mujer sin dejar que vea sus ojos suelta respuestas y me asombra que me atreva a creer en lo que veo mientras la chatarra se ahoga se pudre y el último pájaro de la tarde se balancea en el tendido eléctrico me asombra que todo lo sucedido no conduzca a ningún gozo solo mirar con ojos turbios bandadas de palomas muertas

Anabel Wolff