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domingo, 4 de septiembre de 2011

POSTALES DE UN SÁBADO CON CENA BAILE

                                              
RODRIGO HEREDIA TRAZA UN ESBOZO DE UNA PEÑA DONDE UN PUÑADO DE DESCONOCIDOS LOGRAN IMPREVISTAMENTE UN ESTADO DE COMUNIÓN  AL COREAR EL ESTRIBILLO DE UNA TONADA.
Sábado. Callejón sin salida. Atrapado en el pueblo. ¿Cómo llegué hasta aquí? Una visita repentina a mis padres. La posibilidad de encontrar a mi hermano. Parientes que se dejan caer cuando se empieza a asar el cordero. Luego lo de siempre: mujeres. La esposa de mi primo que se encuentra con la novia de mi hermano y arremeten contra la hija mayor de mi padrino. Andanadas de insultos. Cosas que se estrellan. Hombres intentando separar o esparciendo chispas en la nafta derramada. Mamá en un rincón llorando. La fiesta termina antes de doce. Todos se van a dormir. No hay muchas opciones. Salgo a caminar por las calles desoladas, saco a pasear mi ansiedad hasta que escucho una guitarra. Gran peña en el Club Social. Cena-baile. Hombres eufóricos que se encaprichan en pedir una y otra vez la misma canción. Mujeres lateadas que echan una mirada buscando encontrar una cara conocida. Niños que juegan en el patio y se arrojan hojas secas. Ahora en el escenario improvisado están tocando unos hermanos. Uno delgado, otro regordete. Como debe ser. Tonadas. La guitarra tiembla en un lamento donde se le canta al amor ausente. El dolor brota del pecho, se estrella contra las paredes descascaradas. Un dolor que ha sido cuidadosamente maquillado. Se lo ha preparado para que se cante con la garganta embebida de alcohol. Alguien desde el fondo suelta un alarido que se esparce por todo el salón. Los dos hermanos se despiden haciendo reverencias. Nadie pide que vuelvan a subir. Todos están esperando el número principal. Un cantor obeso de larga barba que con voz de trueno entona Triste paloma enamorada. Deja de llorar paloma/que el llanto no es para vos. Mata tormentos de aquel que se va/si así lo prefieres andate nomás/está en evidencia que no sabes amar. El público enloquece y los vasos se llenan para volverse a vaciar. Por un instante flota en el aire la sensación de una perfecta comunión entre desconocidos, la extraña percepción de que todas esas gargantas que corean el estribillo de la canción se reconocen en un reclamo hacia el maldito amor, tan frágil, tan huidizo, como el vuelo de esa paloma que en busca de la libertad ha escapado. 

martes, 8 de marzo de 2011

LA SOMBRA DEL VENADO

Por Luciana Garamondi
1
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las brillantes criaturas están llenas de mentiras.
Anne Sexton La Balada de la masturbadora solitaria
A esa hora la mayoría de las chicas se hallaban en los brazos de los hombres que  habían bajado de la sierra con las últimas sombras de la tarde. Almada cruzó bajo la parra, esquivó los perros que se encontraban dormitando y entró al dormitorio de Jimena. Estaba oscuro. Solo se oía una radio sintonizada en una estación evángelica.
- Jimena… ¿ Jimena ?
Ella lo oyó sentarse al borde de la cama. Se lo imaginó mojado, con los zapatos llenos de fango, agotado de tanta fiesta. Almada en la oscuridad buscó a tientas la cabellera de Jimena y la tocó. Ella no dijo nada. Luego se echó encima de su cuerpo cubierto por una sábana blanca. Ella emitió un chillido que en parte era placer y en parte puro fastidio, y encendió la luz. Entonces lo vio encaramado sobre su cuerpo. Flaco, flácido, con los dedos teñidos de nicotina, reducido a un temblor que le impedía hablar, como si la humedad le hubiese ido  carcomiendo lentamente los huesos.
-Ya no estás para subir árboles desnudos.
-Es la lluvia. Cada vez la humedad cala más honda. Es la lluvia…
- Bajo esta misma lluvia, las lluvias del diluvio.
- La lluvia es una cosa que cae en el pasado.
- Vení, acostate que falta mucho para que llegué Alberto.
Afuera la lluvia pareció arreciar con más violencia acallando la música, los gritos que provenían de la fiesta. Una vez que Almada se acostó, ella no pudo dejar de tocarlo, como si ese cuerpo estuviese a punto de desaparecer. Lo acarició como se acaricia el resplandor de una visión. Un relámpago se filtró por la ventana, contrastando con la luz opaca de la ampolleta. Almada con el reverso de la mano rozó sus pezones. Ella pareció susurrar algo, pero en el momento en que lo hacía, un trueno interrumpió remeciendo la pieza. Sus pechos blandos, blancos, temblaron, como sustraídos por un oleaje invisible.
-Alberto debería desaparecer junto a la tormenta.
-Sabes que no me gusta que pronuncies su nombre, en esta su cama.
Apenas ella calló, la sombra del venado atravesó la ventana. Entonces él comprendió que aquella noche algunas cosas ya no volverían a ser lo que eran, lo supo al mirar los ojos duros de Jimena. Unos ojos que nunca habían derramado una lágrima. Esos ojos han atravesado el horror sin cerrarse un solo instante, pensó  y supo que su destino dependía de esa mirada que ya no le pertenecía. En la dureza de esos ojos debía encontrar algo que le permitiera continuar despierto lo que restaba de la noche. Cuando empezara a clarear debía partir. Después de todo no era más que un fugitivo dando vueltas en torno a la sombra del venado, huyendo de un fantasma inventado por sí mismo.
Almada había tenido un sueño casi al final de la noche, cuando las esperanzas de tener sexo eran remotas y había que conformarse con una chupada grandiosa que condujera a la agnición. En el sueño vio un crucifijo teñido de sangre caer a sus pies mientras una horda de mujeres con el rostro cubierto por vísceras clamaba por su cabeza, entonces decidió evitar toda interpretación de los sueños. La superstición no trae otra cosa que mala suerte.
Se quedó en silencio al lado del cuerpo de Jimena. Te has reducido a ser solo un cuerpo, pensó, y retiró su mano de los pechos, como quien aparta para siempre un órgano enfermo de los demás. La lluvia siguió cayendo pesadamente sepultando los últimos estertores de la fiesta. Jimena se restregó los ojos, preguntándose por qué aún pensaba en Alberto cuando otro hombre se introducía en su cama. Antes podía olvidar los rostros con facilidad, borrar los rostros, amar por un instante a todos. No será fácil volver a querer a alguien, pensó, y acarició la espalda helada, huesuda, de Almada que a través de las grietas de la pared abandonaba los pensamientos que le impedían relajarse. Cuando la lluvia y la noche comenzaban a borrarse, ella con delicadeza lo masturbó, mientras lo hacía se figuró a un grupo de hombres desnudos atravesando un río, armados con unas lanzas primitivas. Los vio venir hacia donde ella y las diosas del amor tomaban sol. Cuando apartó de su memoria esas imágenes, Almada eyaculó. Ella limpió con la sábana el miembro que continuó erguido por un largo rato y se dio vuelta hacia la pared, dispuesta a encontrarse con el sueño.




jueves, 30 de diciembre de 2010

HISTORIA DE PITANGA/ LO TRÁGICO Y SUS VOLUNTADES II

Por M.G.Freites
EPISODIO DOS
HISTORIA DE PITANGA
El desierto está en todas partes
                                                    Joseph Brodsky 
El círculo máximo es el camino más corto entre dos puntos en una esfera. Los pilotos de los aviones lo utilizan para ahorrar combustible, para reducir horas de vuelo. Esto no lo aprendí en la fuerza aérea, sino mirando televisión, antes de convertirme en un rural.
Desde niño me fascinaron los aviones, el primero que vi fue un Lancastrian Star Dust que tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en la vieja ruta que se dirige hacia los bosques del norte. Estábamos con mi hermano cazando lagartijas cuando lo vimos, esa siesta, hacer carambolas entre las lomas, hasta que lo perdimos de vista tras la cortina de álamos. Como poseídos por una fuerza irracional corrimos hacia donde había aterrizado, envueltos en una fascinación que recién varios años después volveríamos a experimentar.
Ahora que todos los ojos parecen estar puestos en nosotros nos comunicamos en secreto con mi hermano, nos guiamos por los horarios en que pasan los aviones. Usted debe saber que este pueblo es una importante ruta aérea por su escasez de tormentas. Además recuerde que estamos a apenas de veinte kilómetros de la vieja pista de maniobras que utilizaba en secreto el ejército.
                                                         *****
Decidí trabajar en esta estancia, cuando me enteré que sucedían cosa extrañas. Estaba tras los pasos de una mujer, con la cual en cierto modo nos habíamos amado. Una hija del goce, contaminada por los pinchazos de la locura, fatalmente hermosa. La primera vez nos amamos en el piso de un calabozo. Ambos fuimos encarcelados por iniciar la resistencia. Sus ojos me provocaban a veces placer, otras, mucha rabia. No era la mirada, lo que me irritaba, sino esos ojos que parecían muertos. Unos ojos fríos que conspiraban contra el paso del tiempo. Aquella tarde habían estado esos ojos, todo el tiempo observándome. Eso lo advertí después cuando me acerqué al mesón, y pedí otro vaso de vino. Entonces la vi parada allí junto a la pecera, donde un bagrecito gris flotaba a la deriva. Quise sonreírle pero los músculos de la cara se me habían endurecido. Quite mis ojos de sus ojos, maldiciéndolos, jurando que la próxima vez que los tuviera al alcance no dudaría en arrancárselos. Pensé en el camino que me había traído al mesón, en la cara de los hombres que iniciaban el éxodo a los bosques del norte, en la infinidad de ojos dispersos en la oscuridad pegajosa, y un pensamiento entre todos los pensamientos me irritó. Mire hacia donde estaba ella, temiendo que se hubiese esfumado, que con su desaparición me condenara a vivir eternamente en la incertidumbre de haber estado ante una aparición, como aquella vez junto al espigón cuando su presencia me dejó aturdido.
Ella seguía parada en el mismo lugar. Decidí acercarme. Ella permaneció con los ojos fijos en un punto, como si solo pudiera existir en la inmovilidad. Mire sus piernas tensas, clavadas al piso donde las manchas de licor derramado, comenzaban a volverse grotescas bajo la luz opaca, macilenta. Una lumbre helada que congelaba los huesos. Recorrí su cuerpo con mis ojos, me detuve en el cinturón luminoso, en la chapa metálica que pendía de su chaqueta oscura. Busque en mi memoria algo que me permitiera hurgar en su interior sin ser visto, pero solo hallé la imagen de un talismán en una osamenta calcinada por el sol.

*****
Observé en los ojos del gato la hora y salí a caminar sólo para sentir la tierra bajo mis pies. El camino que había elegido, era una huella zigzagueante que atravesaba el monte bajo, arranchado, hasta dar con un jagüel donde unos caballos famélicos buscaban agua desesperados escarbando en la arena caliente. La lluvia, los carros de combate y el viento habían cuarteado la tierra formando curiosas ondulaciones como si un sismo repentino hubiese serruchado el suelo. Los puestos, que varios años antes habían visto resplandecer Las Lajas, tras el éxodo, estaban en ruinas. Los peregrinos habían buscado una ruta alternativa casi a la altura de Siempre Viva, donde se extiende como un oasis la estancia El Silencio. Buscando una conexión con los días  extraviados decidí ir  hacia allá.
La huella descendía hasta perderse en un vado profundo, desde el que fluían unas manchas líquidas oscuras. Al atravesarlo vi las torres de exploración, los vestigios de la estación donde el rápido descendiente solía detenerse a cargar víveres en sus excursiones a Los Tapiales. Bajo el chaperío agujereado por los aguijones oxidados de la última lluvia ácida me eché a descansar, traté de desdoblarme como en otras épocas donde aprovechaba mis sueños para explorar el terreno. Cerré los ojos, y al hacerlo me fije en la cabeza la imagen de un vasto campo de espejos, restallando bajo el sol. Esta visión funcionó como portal, y me figuré avanzando por un sendero angosto, áspero, en compañía de un perro. Una muchacha joven que aguardaba sentada en la cima sin decir una palabra me besó en la boca, y con una voz lejana me preguntó, si tenía un alma para obsequiarle. Le arranqué el colgante y la abracé con fuerza, besándole los pechos. Unos pechos colosales que hacían sombra. Una fuerza que se parecía al deseo me invadió, y apreté su cuerpo contra el mío. Ella sin la protección del amuleto, comenzó a llorar, temiendo  todo lo que la rodeaba. Traté de tranquilizarla, examinando con  delicadeza sus manos gastadas, agrietadas por la intemperie.


¿Tie-ne-mie-do señor?, susurró ella, y se arrodillo ante mí, puso con delicadeza su boca en la punta del miembro, y soltó un sonido que en parte era de placer y en parte puro fastidio. Pensé en lo que me había dicho un rato antes mientras el sol reverberaba sobre el pedregal. Todo nuestro conocimiento nos acerca a la ignorancia, dijo sin apartar los ojos del suelo cubierto de musgo. Me quedé en silencio mientras ella hacía con mucha dedicación su labor tratando de entender lo que me había querido decir. La cercanía de la muerte no nos acerca a Dios, dijo y subió con cuidado el cierre de mi pantalón.
Atardeció con rapidez. El perro al caer las primeras sombras desapareció tras un rebaño de cabras. La chica pidió que le devolviera el amuleto, su voz me pareció ajena, una vez que lo hice se sentó con las piernas cruzadas a meditar. El color es un poderoso medio capaz de ejercer influencia directa en el alma, musitó antes de despedirme.
Abrí los ojos, y vi unos pájaros grises mirarme con indolencia desde el copioso follaje de los aromos. Entonces recordé nombres que ya no existían, recordé a personas que solo había visto en sueños, y tuve la sensación de que alguien me miraba. Entonces tres tipos se acercaron, amenazantes. Uno de ellos me rodeó con sus brazos, y me arrastró hasta donde tenían sus caballos. Sin que pusiera resistencia alguna, me amarraron las manos y comenzaron a golpearme con rudeza. Sus golpes eran débiles, luego del primer asalto mi cuerpo era inmune al dolor, además en última instancia podía desdoblarme. Se cansaron de golpearme, quedaron agotados, yo me quedé con el rostro sangrando, cantando los viejos himnos de libertad. Estaba por oscurecer cuando usted me encontró, y me trajo hasta aquí.
Ahora estoy listo, para seguir con la búsqueda, lo supe cuando volví a dormir y no tuve sueños. Fue un alivio, camarada, al final estaba libre para soñar sueños ajenos.

Las Lajas, 1999




miércoles, 15 de diciembre de 2010

LO TRÁGICO Y SUS VOLUNTADES I

Por M.G.Freites

EPISODIO UNO
A la noche el aire es más liviano. Se levanta una brisa del norte y trae el olor a guano de los corrales, el perfume de los pastos humedecidos por el sereno, las voces de los caminantes que andan al acecho rapiñando.
Nos sentamos en la ramada a tomar unos vinos apenas se oscurece. Las palabras gotean, y uno poco a poco las saborea. Después de uno o dos tragos las palabras parecen sonar con otra música, y una tras otra algo van contando.
                                                         ******
El Pitanga se la pasa mirando para arriba. Anota en el suelo los horarios en que pasan los aviones. Va retrasado el de las siete, no pasó el de las ocho y cuarto, dice y se queda mirando quien sabe qué, como si descifrara señales en el pestañeo de las estrellas.
A las diez de la noche pasan dos aviones seguidos. Uno va bien alto. Apenas se ve.  Cuando va a hacer frío deja un chorro blanco en el cielo. Esos aviones dice el Pitanga que van a Dinamarca. A Estocolmo, señor. Mire aquí en el bolsillo tengo una foto que encontré en una revista. ¿No le parece lindo? Mire esa plaza congelada, los chicos patinando. Debe ser una hermosura ver esa ciudad cubierta de nieve.
A las once y veinte pasa el último avión. Va hacia el sur. Cuando uno los ve pasar a los aviones en la noche son apenas unas lucecitas parpadeando. Siempre avanzan en diagonal, cortando al sesgo el cielo. Primero se ven las luces, después se escucha el zumbido como si saliera de debajo de la tierra.
                                                                ******
Cuando empezó el desmonte estábamos ciegos. No veíamos nada de lo que pasaba a nuestro alrededor. A medida que fue pasando el tiempo nos quitamos la venda, y entonces vimos. Cuando uno ve es todo un acontecimiento. Siente rabia, por haber atravesado los días sin darse cuenta de nada. Pero ya es tarde, no queda otra salida que hacer una marca y arrancar de nuevo. Con más cuidado eso sí.
También está el silencio. Uno no sabe cómo lidiar con él. Es peor que la soledad, peor que el frío. Para la soledad, para el frío existen consuelos. Están las manos, los guantes, los recuerdos de una mujer desnuda. Pero para el silencio no hay abrigo.
Aquí el silencio es ruidoso. Tiene la forma de un chillido mudo. Como una rabia ahogada en la garganta.
Cuando se hace de noche el silencio se echa encima del monte, de las camas, encima de todos. Nos quita la poca felicidad que tenemos, que no es otra cosa que la capacidad de olvidar.
Hay noches en las que me despierto y me pregunto si es que toda la vida no he estado en silencio.
*****
La Sarita solía ser de pocas palabras. Hablaba con los ojos. Esos ojos que se enredaban con tanta tristeza. De chica había sido sufrida. Cuando hacía mucho frío la apretaba contra mí como si fuera una gatita enferma. Le estrujaba las tetitas pequeñitas incapaces de amamantar, y de su boca brotaba un olor cítrico, alimonado que me obligaba a ahogarla.
Nunca le pude dar lo que merecía. Tampoco me pude ir al todo del pueblo. Los pueblos tienen tapias invisibles. Imposibles de saltar. Ella se aburrió, se cansó de esperar. Las mujeres no tienen paciencia, se desesperan con facilidad. De todos modos tienen razón, la belleza no les dura mucha, y tienen que aprovecharla. Qué van a hacer, pobrecitas. La casa a la que la llevé no tenía baño. El piso era de tierra, y estaba plagada de mosquitos.  Un día me desperté, encontré una notita en la mesa, escrita con faltas de ortografía. Me avisaba que se iba a trabajar con el hijo del Doctor Ansaldi, que la disculpara, pero la paciencia se le había agotado.
Los hombres que acarreamos una tristeza profunda nos delatamos cuando estamos solos. Dejamos ver todo. Es una pena mostrar demasiado. Siempre hay gente atenta por descubrir tus debilidades, y a dónde ve un hueso flojo ahí te acomodan la pedrada. Así uno empieza a caer, hasta que viene uno de los grandes y te asienta el piedrazo final en el medio de la cabeza.
******

Entonces figúrese, mi amigo, a cada paso que daba me enterraba más. Las cosas estaban podridas y uno no le tomaba el tufo. Es que acá cuando llegas lo único que parece que pasa es el tiempo. Todo fingía ser así, hasta que apareció ella. Venía huyendo quién sabe de qué. Joven, hermosa, con un aro en el ombligo.
Lo que más me gusta de ella, es su cabello. Cae sobre su espalda como una cascada. Me gusta verla caminar en las tardes, era como si el sol fijara todos sus rayos en su cuerpo. Cuando la vimos llegar pensamos que se trataba de una aparición.
Con ella llegó el demonio. Todas las maldiciones se conjuraron cuando abrió la maleta. Empezó entre nosotros una competencia vil por agradarle, por regalonearla. Para colmo ella retribuía con creces la gratitud brindada.
Una noche casi me mata. Apareció a medianoche en la pieza, se acercó despacito, como tanteado la oscuridad y se metió en mi cama. Yo temblaba, señor, era como si mis huesos se fueran a desgranar. Una baba pegajosa me brotaba a borbotones del guargüero. Como si quisiera matarme a aquemarropa, abrió su blusa y como se saca de la jaula un pichón con su mano me puso en la boca una tetita. Sosteniéndola me pidió que la amara de la misma forma que ella las ama. Como si me hubiesen echado sal en una lastimadura, me eché encima de ella y le mordí los pezones. Estaba sediento, un ardor demencial me acosaba. Ella trató de calmarme. Pero yo no podía. Temblaba. Estaba a punto de arrancarle toda la ropa cuando recapacite. Entonces me invadió un odio que jamás había sentido por nadie, y le sujete las manos. Busqué una soga y se las ate para atrás. Me quede mirándola con rabia. La juventud ajena es perversa, solo viene a hurgarnos la imaginación. Usted no va a creer, pero al verse atada, no soltó ni un grito. Me miraba calladita, con esos ojos donde parecía siempre vivir la calma. Más rabio me dio. Tuve ganas de ir a buscar la escopeta al aserradero y pegarle un tiro en la cabeza. Esos ojos me enfermaban. Todo el tiempo me incitaban a desnudarla, a arrancarle la juventud de una sola embestida.
Nos quedamos mirando un rato, en silencio. Hasta que me calmé y la desaté. La desaté y la besa. La besé con torpeza como si fuera un adolescente. Ella abrió su boca y me tragó la lengua. La arrastró hasta sus entrañas. Yo estaba poseído, le apretaba con fuerza los pechos, la saliva me salía a borbotones. Tuve que parar.
Me empezó a dar miedo esa fuerza que controlaba mis impulsos. Era otro, hasta yo mismo me desconocía. Cuando me aparté, ella soltó una risita entrecortada, acomodó su ropa y salió de mi pieza, como si no hubiese pasado nada.
Esa noche no pude dormir. Me pasé la noche entera dando vueltas en la cama. No queda otra salida que embarcarla mañana con Don Adolfo. Está corrompiendo todo con su juventud. Reynoso anda peor que yo. Unos días antes lo había atracado junto al silo y jura que le pegó una chupada soberana. Lo dejó inválido. Le sacó todo el quesillo. Tiene una lengua traviesa, inquieta, que arrasa con todo. Todavía ninguno la ha puesto. Nos da julepe. Usted me dirá que soy cagón, pero cuando tenés al alcance una pollita tan tierna, el temor te acosa y le  aseguro que no es un temor cualquiera.
Para todos será mejor que se vaya. Tiene que encontrar un muchacho de su edad que la quiera. Un hombre con muchas páginas en blanco. Uno a esta edad es un cuaderno rayado, ya no tiene cosas nuevas que escribir. Salvó unas notas al margen.
Aquí todos somos náufragos. Tipos que en su juventud se embarcaron en un crucero de lujo y terminaron en un barco fantasma hundiéndose. Decepción tras decepción. Eso ha sido nuestra vida. Al principio duele el fracaso, después uno se acostumbra a convivir con él, y a veces es hasta un buen amigo. Mire lo que digo, pero cuando junte unos cuantos año se va a acordar de lo que le digo. Después de todo, como dice alguien, somos frutos del tiempo perdido. Nadie como nosotros ha cuidado tanto sus propios defectos, hasta hemos llegado a ennoblecerlos. Sino cómo se explica que le hayamos perdonado la vida a la niña.
Pida otra botella, amigo, aún tenemos unos minutos para que me cuente de usted. No sé si usted ha estado demasiado tiempo callado o yo no lo he dejado hablar.



Las Lajas, 1999.

sábado, 25 de septiembre de 2010

BIENVENIDA, CARMEN


Ha llegado Ivana a casa. Los perros le lamen sus blancas piernas, y ella suelta una risita frágil, que parece un arrullo. Sus dientecitos brillan a través de los labios entreabiertos. Viste de domingo: blanca blusa, falda negra y zapatos de tacón que se hunden en la tierra blanda. Mi hermano está feliz, la besa en las mejillas, le acaricia la melena, y le pregunta por su novio:

-Nos peleamos hace un mes, era un idiota, dice por lo bajo y los ojos de mi hermano parecen encenderse en ligeros fogonazos de felicidad.
La tarde nublada parece inmóvil tras los árboles. Una hoja cae a sus pies. Por todos lados cuelgan sabanas húmedas, jeans mojados, y el vino se agua con un trozo de limón, dentro de la jarra de plástico naranja.
-¿Ariel, quien es la mina que está viviendo al lado?, me pregunta Papá.
-Una cualquiera debe ser, contesta Ivana, para colgar las tangas a la vista de todos. Por favor.


Callamos. El verano es un girasol marchito, sin pétalos ni aroma. La radio transmite un partido entre River y Unión de Santa Fé. Darío Cabrol, el número diez de los santafecinos casi hace un gol olímpico. Desde el living el deseo se anticipa en la mesa prolijamente servida. Una botella de Coca-cola roja y plateada, resplandece sobre el mantel cuadriculado, Carozzi.
No habíamos tenido noticias de Ivana, desde el verano pasado cuando fui de vacaciones con mis tíos a la costa. Acabábamos de cumplir quince años. Íbamos de un deseo a otro abriendo ventanas, cuerpos que nadie se preocupa en cerrar. La música no dejaba de sonar por todos lados. Boys and Girls de Blur. Ordinary World, de Duran Duran. Ese era nuestro palo. También Los Redonditos. En la disco ponían a Los Ratones. Recuerdo la noche en que salimos a bailar y regresamos borrachos en taxi al hotel. Ivana me miraba fijo, y chasqueaba su lengua bífida. Llovía. En su cartera llevaba una pistola de agua, un porro y un absurdo consolador. El taxista mascaba un chicle bazooka y echaba una miraba por el mirror retrovisor, preguntándose por el nonsense de la situación. Dos pendejos con una calentura bárbara, metiéndose mano. Después terminamos tirando en mi habitación. Pusimos el colchón en el piso para no despertar a mi hermano con quien compartía el cuarto. Días después mi hermano me confesó que había visto todo, y que bajo las sabanas se pajeó hasta morir, mientras nosotros la poníamos. A la mañana siguiente vino el novio de Ivana, un rugbier y se la llevo en su moto a otro balneario.
Ahora papá me pide que acompañe a Ivana al cuarto de huéspedes, y le ayude a subir las valijas .Nuestras miradas se cruzan, rabiosas de deseo perro. Un mechón rubio cae por su frente impura, y se mece con la brisa. Cuando se pone a desempacar le miro el culo. Es un culo en pleno crecimiento, pícaro, sugerente. Pienso sin dejar de mirarla, que quiero poseer ese culo, disciplinarlo, moldearlo. Mientras miro su culo voy minando mi mente de perversiones. Y así empieza a girar la rueda-simbolo de mis perversiones- la rueda que atasca mis buenos pensamientos, bajo un cielo raso que gotea cristales de sudor.
 El reloj se adormece ya sin horas desde el patio llega la voz de mamá llamándonos a comer.
Por un momento reina la confusión de una edad muerta a palos, dónde todos los hechos se aventuran a desmentir nuestras teorías.
El ruido que emiten las aletas del ventilador se parecen a un aleteo moribundo, digo y ella se da vuelta, regalándome una sonrisa.
Nos sentamos a la mesa. Hugo cuenta por decima vez, la historia de su hermano Ramón que el verano pasado se fue de viaje a Miami. El año que viene vamos a ir con mi mujer y los niños, dice Hugo. Ivana dice que Disneyworld es una mierda. Cuando cumplió quince fue con unas amigas y se aburrió enormemente. Hugo afirma que los dibujos animados de Disney son totalmente inofensivos, por qué no hay violencia, ni referencias políticas. Ya no se hacen dibujitos de ese estilo, dice Carmen la mujer de Hugo. Ivana me roza con su zapato la pierna, y me pide que la saque, que la lleve lejos de estos viejos absurdos y aburridos.


Vamos a mi cuarto a mirar videos en MTV. Están pasando uno de Red Hot Chili Pepper. Ella tararea la canción mientras acaricia con la yema de sus dedos mis piernas. Por primera vez, en mucho tiempo al sentir sus caricias me siento en paz conmigo mismo. Pienso en mi destino, en que después de todo, sea algo sencillo como acostarme con Ivana, penetrarla sin haberla amado nunca. Sujeto sus manos, las acaricio suavemente, ella responde con un beso. Recorre con la punta de su lengua la comisura de mis labios. Me mordisquea traviesamente mientras me acaricia el vientre hasta rozar con sus largas uñas mi cuello. Respondo estrujando sus pezones a través de la remera, y ella suspira, se entrega, balbucea cosas incoherentes. Busco algún recuerdo en mi memoria electrizada, y no encuentro nada, no encuentro nada en mí. Oigo los latidos de su corazón, a través de sus pechos que se agrandan, y se agrandan, hasta convertirse en tetas colosales que desbordan de placer. Sigo los latidos como quien persigue el son de un tambor en la arena caliente. Ella me clava los dientes en el cuello, y tira con fuerza. Siento un chispazo de dolor en mi cerebro, los oídos parecen sangrar. Ella ríe enloquecida, con los labios llenos de sangre. Le estoy dando por atrás, con fuerza, con rabia, domando ese culo que me ha quitado el sueño, arañando su espalda. Ivana, gime con la boca torcida, mientras vocifera un rosario de insultos.
Cuando el sol de la tarde, se pone en la ventana, reflejándose en el cristal, reúno todas mis fuerzas, invoco mis demonios, y eyaculo sacando el miembro, derramando el semen espeso en sus nalgas. De su boca afloran bocanadas de vapor que titilan, y yo dejo de embestir contra su cuerpo, falto de aire, falto de pudor.
Alguien desde la cocina , nos llama a tomar el té. Ella me mira con una sonrisa cómplice, y tras vestirse con rapidez sale arreglando su pelo. Yo me quedo en silencio, observando con la vista perdida, el hueco por el que las sombras con imprudencia empiezan a entrar a mi cuarto. 
M.G.Freites
Pintura: Vladimir Kush

miércoles, 26 de agosto de 2009

MAQUETAS LITERARIAS

UN ACERCAMIENTO A ESE GRAN AGUJERO NEGRO QUE ES LA LITERATURA DE J.J REYNOSO.
Por Jimena Pascutti
El escritor imagina historias inconclusas, relatos inesperados, narraciones fallidas, fragmentos que se distinguen de otros por leves variaciones, formas liberadas de la obligación de significar. Imagina todo esto durante los días de encierro en el viejo Hotel de Las Lajas, luego los escribe en hojas sueltas que va acumulando en una bolsa de supermercado. El escritor es Juan José Reynoso, autor de ¿Qué?, una obra difícil de catalogar, editada a fines de los ochenta en medio del tsunami de la hiperinflación. En ella se propone narrar escenas, hacer esbozos de maquetas literarias, mínimas narraciones que tratan de articular palabras sostenidas por el caos.
En ¿Qué?, Reynoso se vale de cierta visualidad abstracta asociada a lo bucólico para retratar un mundo efímero, condenado a desaparecer desde su nacimiento. Un apego secular a la tierra, subyace en una serie de sucesiones fugaces, algo oníricas, donde ciertos elementos como cuchillos, clavos, picaportes, relojes imponen su presencia. Esto le permite convertir su literatura en una fuente de experiencia sensible, y a la vez hacer recapitulaciones reflexivas de sus obsesiones como la introducción del espacio ilustrativo en sus textos.
Reynoso nos habla de una irrealidad donde confluyen escenas mínimas repletas de color a las cuales es necesario acercarse para ver y sentir eso que refulge, estalla, provocando incomodidad, tratando de hacer cómplice al lector de sus planteos espaciales, narrativos que eluden al orden visual restando importancia al sentimiento poético en una apuesta que lo acerca a los imaginistas.
Es acertada la propuesta de Rubén Rogelio Almada, en el prólogo de la primera edición, de concebir estos textos como islas subversivas la autodestrucción, el deseo, la asfixia, en una cosmogonía donde en primer lugar se lo apresa al lector y luego se lo invita a desentrañar y comprender ese sistema. Lo que no deja de ser un juego perverso, pues no hay puerta de salida o al menos no está en el sitio que se supone.
La literatura de Reynoso desde su primer libro, Óxido, lucha contra el prejuicio de que esta debe ser pura, la idea del escritor inspirado por las musas siempre le pareció molesta, siempre prefirió la del hombre que se hunde en el fango, para rescatar de la inminente descomposición a un cadáver, al cual se debe practicar una autopsia con urgencia.
La obra de Reynoso está hecha a partir de flujos de información que son capturados, y en un momento dado tras ser manipulados, cuidadosamente analizados son puestos en movimiento en ese dispositivo llamado libro. ¿Qué?, es un buen ejemplo de esto, y se evidencia desde las primeras líneas donde el lector presiente estar por ingresar a un universo de simultaneidad, del zapping, puesto que a veces las oraciones se asemejan a una lluvia ácida que corroe todo, y en otras establecen puntos de singularidad donde las soluciones que se proponen, dos párrafos después se desconstruyen obligándonos a volver al principio, a esa primera línea deudora de Eliot y Girri ( No habrá tiempo para oír lo que insinúa la lluvia gota a gota rama a rama desnudando lo oscuro.),que contradice a aquellos que intentan hallar en ese punto el embrión de ese mundo, pues este existía desde antes, en las lecturas previas, ya que para adentrarnos en ¿Qué? , debemos obviar el modelo tiempo-espacio como un continuo, y pensarlo en términos de átomos.
J.J.Reynoso en la suite de un hotel centríco.