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jueves, 7 de octubre de 2010

SEMBRANDO UN CIMBREL

                                                           El cadáver aplaude como un guijarro en un vidrio
                                                                                      Benjamin Péret

Cuando la señal televisiva se extinguió emitiendo un pitido agudo y papá subió a su cuarto, quitándose su bata, abrí la caja cuidadosamente y extraje las semillas fosforescentes, las observé con la lupa, me demoré en las curiosas nervaduras, el tegumento rugoso, luego las deposité en la maceta rellena de tierra húmeda con la esperanza de que al llegar la mañana germinaran los falos. Un puñado de cipotes brotando desde el fondo de la maceta empujados por una fuerza sobrenatural. Recordé las indicaciones de Ximena, que al darme la caja me advirtió que no expusiera las simientes a los rayos catódicos.
Comenzaran a crecer unas verrugas verdosas y luego se doblaran, por favor no las acerques a la tele. Tendrás unos penes fláccidos, temerosos y no unas vergas sólidas. Unas vergas hechas de granito como sueñas.
Ximena ocultaba bajo la cama un falo robusto de venas azuladas con un glande rosado que resplandecía al verse observado. Lo cuidaba con especial devoción, antes de acostarse con un paño humedecido con vaselina le lustraba la cabeza, luego con una sopapa diminuta estimulaba los testículos que de tanto regocijo soltaban unos chillidos asmáticos.
Aquella noche transcurrió demasiado rápido, me masturbé pensando en un bosque de chotas  en flor, me dormí con un dedo adentro de la vagina, soñé con unos escarabajos mecánicos desagotando con sus tenazas cañerías atiborradas de semen solidificado.
La claridad de la mañana me despertó e impulsado por un frenesí desconocido me dirigí hasta el sitio, entre el closet y la cómoda, donde había colocado la maceta.
Un aroma cítrico, alimonado, impregnaba la habitación. Con sumo cuidado tomé la maceta, la acerqué a mis ojos y vi entre los cúmulos barrosos, asomar una pequeña cabecita color púrpura de la cual surgían unos ojitos temerosos que hacían un esfuerzo desmedido por atisbar ese mundo inédito que se abría ante ellos . Tomé la pequeña regadera y derramé unas cuantas gotas sobre el minúsculo bálano que estimulaba toda mi ternura contenida durante años.
Antes del mediodía el tamaño del falo se había triplicado, y su testa ya asomaba el borde de la maceta. Era semejante a un tallo terso, que al acariciarlo dejaba escapar un liquido con consistencia de coágulo, debido a la facilidad de solidificación que posee gracias al fosfato de espermina y otras proteínas similares al fibrinógeno. Luego de manipularlo unos instantes crecía adquiriendo de su hermosura conciencia. Una belleza perversamente infantil que no hacía otra cosa que recordar la cercanía de lo trágico.
Almorzamos con papá en la terraza mientras el sol de primavera reverberaba sobre las aguas cenagosas del río. Pensé en las porongas que crecen en invernaderos, las vi cubiertas de una baba blanca, grumosa, tal vez acosadas por enjambres de genococos.
Padre permaneció callado como si buscara develar en silencio el secreto que ocultaban mis palabras entrecortadas, confusas, palabras que parecían surgir de una nebulosa.
Cuando la empleada trajo los postres, escuche el estampido. Un estruendo volátil semejante a una emanación de gases talibanes. Abandoné la mesa y me dirigí de prisa a mi cuarto. Al abrir la puerta, vi el piso minado de tierra. La verga había eclosionado hasta adquirir un tamaño fabuloso. La observé con dolor alejarse a toda marche bajo el sol de la siesta, atravesar las aguas putrefactas como si un viento prodigioso la empujara.

Ivana Fucks, Merlo, San Luis

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martes, 5 de octubre de 2010

EL LAGARTAL

 Por: Marcos Freites
UNO
En los pensamientos de Fátima hay una casa , personas que pasan sin hablarle, y aquellos lagartos de piel rugosa que despiertan con el primer ardor del sol. Ha escuchado decir a su padre que los lagratos son los heraldos de ese páramo que se extiende en forma de explanada tras la cortina de álamos.
No hay nadie en la casa que no sepa de la existencia de los lagartos. Su presencia antecede a la invención de dios.
Ahora los días son largos y cuesta bastante llenarlos de pensamientos. La primera vez que vinimos a Las Lajas , las sombras eran pequeñas y obesas, sombras rastreras, dijo ella, tal vez un poco más oscuras que en estos días donde han comenzado a alargarse.
Ayer desde esta cama donde con los ojos entreabiertos flotamos, vimos una manada de caballos blancosa travesar el camino polvoriento que se  dirige al pueblo. Como en un sueño oímos el estrépito de sus cascos retemblar en la siesta infinita.
DOS
Es el comienzo de la primavera y un enjambre de insectos acosa las jarillas floridas.Fátima distingue entre los demás lagartos un eslizón bicefalo de ojos resplandecientes. Es una ño particularmente seco donde han ardido todos los campos, y en cada caminata no ha dejado de ver cadaveres de vacas calcinadas, corderos con malformaciones, fetos resecos picoteados por los jotes.
El eslizón llego al lagartal huyendo de las llamas. A diferencia de los otros lagartos tiene la piel húmeda y las escamas en la cola ostentan un rojo intenso. La espía a Fátima con ojos voraces luego inicia una leve carrera hasta el cúmulo de tierra que rodea su refugio.
Eslizón, eslizón, repite con voz entrecortada la niña. A sus espaldas un sol gigantesco cae emitiendo llamaraas blancas.
TRES
Las lágrimas del lagarto crecieron en la cabeza de Fátima que comenzaba a desnudar la muerte blanca. Un dedo primero, luego el otro con mucha paciencia y al fin los tres para rozar el borde de su abismo, para acariciar el centro de la azucena. Absorta, se quitó el sostén y sin temor se observó los pechos teñidos de un color sepia. Dentro del lagartal no quedaban chillidos. El viento de medianoche se había llevado todo. La lluvia llegó después y terminó por derrumbar el refugio. Fátima cubrió la tersura de su piel con gotas frías y al descubrir entre la penumbra la grieta emitió un alarido que por un largo rato resonó en todos los cuartos vacíos. El eslizón golpeó su ventana tratando de entrar, mientras unos ojos perversos lo observaban todo desde la grieta. Fátima supo que había llegado con el poder de lo real, el momento en que su única existencia posible concluiría en el reflejo brumoso del único lagarto que sobrevivió. Debía dormirse para alcanzar el vuelo con el primer soplo del alba.

Fotografía: Flavia Da Rin

sábado, 25 de septiembre de 2010

BIENVENIDA, CARMEN


Ha llegado Ivana a casa. Los perros le lamen sus blancas piernas, y ella suelta una risita frágil, que parece un arrullo. Sus dientecitos brillan a través de los labios entreabiertos. Viste de domingo: blanca blusa, falda negra y zapatos de tacón que se hunden en la tierra blanda. Mi hermano está feliz, la besa en las mejillas, le acaricia la melena, y le pregunta por su novio:

-Nos peleamos hace un mes, era un idiota, dice por lo bajo y los ojos de mi hermano parecen encenderse en ligeros fogonazos de felicidad.
La tarde nublada parece inmóvil tras los árboles. Una hoja cae a sus pies. Por todos lados cuelgan sabanas húmedas, jeans mojados, y el vino se agua con un trozo de limón, dentro de la jarra de plástico naranja.
-¿Ariel, quien es la mina que está viviendo al lado?, me pregunta Papá.
-Una cualquiera debe ser, contesta Ivana, para colgar las tangas a la vista de todos. Por favor.


Callamos. El verano es un girasol marchito, sin pétalos ni aroma. La radio transmite un partido entre River y Unión de Santa Fé. Darío Cabrol, el número diez de los santafecinos casi hace un gol olímpico. Desde el living el deseo se anticipa en la mesa prolijamente servida. Una botella de Coca-cola roja y plateada, resplandece sobre el mantel cuadriculado, Carozzi.
No habíamos tenido noticias de Ivana, desde el verano pasado cuando fui de vacaciones con mis tíos a la costa. Acabábamos de cumplir quince años. Íbamos de un deseo a otro abriendo ventanas, cuerpos que nadie se preocupa en cerrar. La música no dejaba de sonar por todos lados. Boys and Girls de Blur. Ordinary World, de Duran Duran. Ese era nuestro palo. También Los Redonditos. En la disco ponían a Los Ratones. Recuerdo la noche en que salimos a bailar y regresamos borrachos en taxi al hotel. Ivana me miraba fijo, y chasqueaba su lengua bífida. Llovía. En su cartera llevaba una pistola de agua, un porro y un absurdo consolador. El taxista mascaba un chicle bazooka y echaba una miraba por el mirror retrovisor, preguntándose por el nonsense de la situación. Dos pendejos con una calentura bárbara, metiéndose mano. Después terminamos tirando en mi habitación. Pusimos el colchón en el piso para no despertar a mi hermano con quien compartía el cuarto. Días después mi hermano me confesó que había visto todo, y que bajo las sabanas se pajeó hasta morir, mientras nosotros la poníamos. A la mañana siguiente vino el novio de Ivana, un rugbier y se la llevo en su moto a otro balneario.
Ahora papá me pide que acompañe a Ivana al cuarto de huéspedes, y le ayude a subir las valijas .Nuestras miradas se cruzan, rabiosas de deseo perro. Un mechón rubio cae por su frente impura, y se mece con la brisa. Cuando se pone a desempacar le miro el culo. Es un culo en pleno crecimiento, pícaro, sugerente. Pienso sin dejar de mirarla, que quiero poseer ese culo, disciplinarlo, moldearlo. Mientras miro su culo voy minando mi mente de perversiones. Y así empieza a girar la rueda-simbolo de mis perversiones- la rueda que atasca mis buenos pensamientos, bajo un cielo raso que gotea cristales de sudor.
 El reloj se adormece ya sin horas desde el patio llega la voz de mamá llamándonos a comer.
Por un momento reina la confusión de una edad muerta a palos, dónde todos los hechos se aventuran a desmentir nuestras teorías.
El ruido que emiten las aletas del ventilador se parecen a un aleteo moribundo, digo y ella se da vuelta, regalándome una sonrisa.
Nos sentamos a la mesa. Hugo cuenta por decima vez, la historia de su hermano Ramón que el verano pasado se fue de viaje a Miami. El año que viene vamos a ir con mi mujer y los niños, dice Hugo. Ivana dice que Disneyworld es una mierda. Cuando cumplió quince fue con unas amigas y se aburrió enormemente. Hugo afirma que los dibujos animados de Disney son totalmente inofensivos, por qué no hay violencia, ni referencias políticas. Ya no se hacen dibujitos de ese estilo, dice Carmen la mujer de Hugo. Ivana me roza con su zapato la pierna, y me pide que la saque, que la lleve lejos de estos viejos absurdos y aburridos.


Vamos a mi cuarto a mirar videos en MTV. Están pasando uno de Red Hot Chili Pepper. Ella tararea la canción mientras acaricia con la yema de sus dedos mis piernas. Por primera vez, en mucho tiempo al sentir sus caricias me siento en paz conmigo mismo. Pienso en mi destino, en que después de todo, sea algo sencillo como acostarme con Ivana, penetrarla sin haberla amado nunca. Sujeto sus manos, las acaricio suavemente, ella responde con un beso. Recorre con la punta de su lengua la comisura de mis labios. Me mordisquea traviesamente mientras me acaricia el vientre hasta rozar con sus largas uñas mi cuello. Respondo estrujando sus pezones a través de la remera, y ella suspira, se entrega, balbucea cosas incoherentes. Busco algún recuerdo en mi memoria electrizada, y no encuentro nada, no encuentro nada en mí. Oigo los latidos de su corazón, a través de sus pechos que se agrandan, y se agrandan, hasta convertirse en tetas colosales que desbordan de placer. Sigo los latidos como quien persigue el son de un tambor en la arena caliente. Ella me clava los dientes en el cuello, y tira con fuerza. Siento un chispazo de dolor en mi cerebro, los oídos parecen sangrar. Ella ríe enloquecida, con los labios llenos de sangre. Le estoy dando por atrás, con fuerza, con rabia, domando ese culo que me ha quitado el sueño, arañando su espalda. Ivana, gime con la boca torcida, mientras vocifera un rosario de insultos.
Cuando el sol de la tarde, se pone en la ventana, reflejándose en el cristal, reúno todas mis fuerzas, invoco mis demonios, y eyaculo sacando el miembro, derramando el semen espeso en sus nalgas. De su boca afloran bocanadas de vapor que titilan, y yo dejo de embestir contra su cuerpo, falto de aire, falto de pudor.
Alguien desde la cocina , nos llama a tomar el té. Ella me mira con una sonrisa cómplice, y tras vestirse con rapidez sale arreglando su pelo. Yo me quedo en silencio, observando con la vista perdida, el hueco por el que las sombras con imprudencia empiezan a entrar a mi cuarto. 
M.G.Freites
Pintura: Vladimir Kush

jueves, 16 de septiembre de 2010

PLAN PRIMAVERA

                                          a J. en estos días donde la ausencia se vuelve una molesta compañía.    
   
He vuelto y los aromos en torno del camino se encienden en un amarillo infinito, sus hojas bruñidas por el rocío matinal resplandecen, y en un rápido parpadeo me rencuentro con el pueblo que creí haber dejado una tarde junto al silbido de un tren, al trote cansado de un caballo, al paso lento de un carro borrado por  el ocaso, mientras las manos de una chiquilla, sin pañuelo, se alzaban para despedirme.   
    Que podría haberle dado yo, después de quedar sin palabras, con el llanto en la flor de la lengua, con un beso agrio que me sabía a punto final.
   La noche se encargó de asfixiar mi llanto, y toda mi dicha fue oírla hablar en sueños con los astros que solo ella oye respirar, luego el periplo amargo de los calendarios astilló la memoria, y sin pena amontoné las flores que me recordaban su rostro, los girasoles que alumbraron la tarde, y ese beso fugitivo como último estertor de lo que es, de lo pudo no ser y nunca fue.
 He vuelto junto a la lluvia que cae en cámara lenta, con la cruz de los años en la espalda, en busca del vellocino que oculta tu viento. Cuando vine por vez primera retozaba travieso entre la hierba , y era un soplo adamascado, el que empujaba a los guijarros a brincar entre tus calles de tierra, mientras los cabros encumbraban ilusiones con los colores patrios, y usted, mi niña, aguardaba en la oscuridad mi llegaba, le imploraba a la estrella ciega del destino que  equivocara mis pasos, con los ojos abiertos al alba.
Ahora  ese fulgor parece resucitar en este reloj que le da marcha atrás al tiempo, para que vuelvan a volar las mariposas ancladas,  y como un flechazo, entre los perros que ladran a tu vestido que cuelga, un aguijón punza mi memoria disparando recuerdos aquemarropa.  Demasiado tarde para iniciar una carrera hasta la cantina “El Obrero”, y beberme de un sorbo una cerveza, mirando de reojo reojo la foto de la selección del 82 pegada en la pared mientras se fritan las sopaipillas , y un aroma a merken flota en la asfixia de la pieza, y tus hermanos trepados al belloto, sueñan que vuelan en un vértigo de columpio, mientras la orquesta municipal frente al cine vuelve a tocar la melodía de “Lili Marlén”, y ya sin lumbre, en el estertor de las bocas, en el óxido de los postigos que le hacen reverencias a la tarde, en el réquiem imprevisto de las copas que se vacían vuelvo a abrazar la sombra que abandoné, pueblo mío, para pedirte que me devuelvas un manojo de recuerdos, ahora que se llenan de humo las almohadas , y los espinos cubiertos de polvo se recuestan en el camino que me lleva otra vez a La Playita, y una luz surge del último esplendor del día, para iluminar todo, en un sueños de trenes, almita mía,  justo cuando todas las ventanas se cierran, y la lluvia bajo mis pies descalzos sigue cayendo con la melancolía de la última locomotora.
M.G.Freites