domingo, 9 de octubre de 2011

FLORCITAS AJADAS

 Por Marcos Freites
El amanecer deja sus lágrimas
clavadas en la intemperie del pasto.
En un manto de niebla duerme la casa.
Para el pueblo se ha ido Don Emeterio.
A azuzar el panal se fue el hombre.
Naides ha de quitarle la dicha del alba
a ese cristiano.
Ya la mañana cuaja en los tamarindos
como una florcita fruncida.
Un resplandor aleonado se mete
por debajo de la puerta
empujando pa´fuera toda la oscuridá.
Toda la santa noche ha toriado el choquito,
como un endemoniao a toriado el choquito.
Se ve que pa`l pueblo el hombre se arrancó.
Alborotado por el vino acertó la senda.
La senda que a uno lo lleva derechito.
Derechito pa´la casa del compadre, Pinganilla.
No sé si jué el vino o jué el mandinga
el que le susurró la idea a Don Emeterio.
¡La chinita está sola en la casa!
¡La chinita está sola en la casa!
Hasta que la quinchada no se vacíe
el compadre Pinganilla no vuelve.
El hombre dejó las botas bajo el alero
y descalzo se ganó pa`las casas.
La chinita desde el catre oyó los pasos,
después vio las manos sucias, pegajosas
que le sostenían con fuerza los brazos.
Las mismas manos que amansaron el tobiano
que la lleva a la escuela, esas que una tarde de verano
le cortaron unos duraznos maduritos, hechos agüita,
que le prepararon tortas al rescoldo.
En esa época la chinita se distraía
correteando las sombras de las nubes.
Extendía los brazos y como un trompo
giraba y giraba de cara al cielo,
mientras una brisa suave le mecía las trenzas oscuras.
Ahora ya estás en edad de merecer.
Merecer el cariño de un hombre, alhajita.
Más vale que sepas hacer caso.
Sino a guascazos te vuá a enseñar.
Al buey viejo pasto tierno,
hubiesen murmurado las viejas
mientras pelaban cebollas.
Gotea suave el sereno al dar el alba.
Relinchan los caballos sacando la cabeza entre el maizal.
Tranquilizate, chinita, que con el claror del día vas a gozar mejor.
Lo primero que tenés que hacer, alhajita, es acariciarle la cabecita.
Eso sí con mucha delicadeza. Mira que como lo tratas se porta.
Clarea que da gusto en la ventanita que da a las sierras.
El albor se va tragando los cuerpos. Se los va masticando.
A esa hora Don Emeterio de las trenzas sujeta la chinita.
Le hace decir alabanzas a la mocita.
Sus gritos se oyen de todos lados.
Hasta doña Narcisa los escuchó y lo primero que hizo
fue persignarse y decir: ¡ Ave María!
Y el choquito chorreado se desbocaba toriando.
Su torido finito se oía de todos lados.

¡ Abran paso! ¡Abran cancha!
Cinturón en mano y a toda boca,
gritaba Don Emeterio.
Bufaba ese cristiano, relinchaba de gozo,
mientras la chinita picarona encima suyo
ga-lo-pa-ba, ca-bal-ga-ba.
Me vas a dejar sin aliento, cabra arisca.
Pensar que un día casi te liquido.
Desnudita en el pajonal, te hallé.
Y la vida te perdoné.
Estabas demasia´o tiernita.
Quería agarrarte bien crecidita.
Las tetitas duritas. La carne rosadita.
De guachita ya te picaba el chorito
y yo no soy de esquivar el guascazo.
¿Qué querís que haga?
Aura te vuá a hurgar hasta el alma.
Vayas donde vayas, mocita,
algo mío vas a llevar.
Eso te pasa por corajuda.
¿Quién te manda a quedarte solita ?
Si hubiese estao tu taita
también lo pasó a llevar.
Me has llenao de gozo el cuerpo.
¿No vas a parar? ¿Vas a galopiar hasta dar con el día?
La luz no viene de ajuera, señor.
La luz viene de adentro. ¿ Vió?
Todos llevamos dentro una llamita.
¿Se da cuenta? Quédese quieto.
Deje que yo haga todo.
Te vuá a hacer unas marquitas
pa´ que sepan que sos mía, alhajita,
después te las zurcis con hilo y aguja.
¡Pará chinita! ¡Me vas a hacer
salir el corazón por el guargüero.
Me ha encandilao el día.
Estoy tirando chunzazos a lo loco
y no corto a naides.
Una lucecita titila entre los espinillos.
Cantando suben las torcazas al monte.
Como un puño oscuro se cierran las ventanas
furiosas con el claror del día.
Dele hasta donde tope, dele nomás, sin temor.
Dicen que alguien en medio del gozo
como el agua dormido quedó.
Dicen que dicen que hurgando en la noche
se ha quedado para siempre un paisano
sin poder hallar jamás el día.



miércoles, 21 de septiembre de 2011

SILENCIO SIDERAL

"No one knows what it`s like
to be the bad man
to be the sad man"
(The Who. Behind blue eyes)


Reina el azar de
distancias en una
implosión de recuerdos.
En una cercanía de
cruces desplomadas.
Entonces la desesperación
entre risas mudas
y el viento estático,
entre las ruinas de 
un cortometraje cansado
yo,
la quietud,
el televisor,
los párpados,
el bife frío.
el televisor,
tu espalda,
las miradas vacías,
el televisor,
la noche.
Formamos una tan
perfecta convulsión
de silencios, en
la soberanía de audacias,
entre las mofas
subterraneas que danzan
en tu iris. Y las veo.
Y te veo. Y me veo.
Tengo un cadáver
atravezando mis mil caras
en la metamorfosis
de mis insomnios.
Escribo poemas en El Ombú,
para no quebrar las tablas del
pálido ataúd que se mudó a nuestra cama,
para no nacer palabras
que abortamos hace algún tiempo
en un bar oscuro, frente a un
vino caliente, cuando pactamos
ya no hablar.
Y caímos nuevamente en
un refugio de amnesia matutina...
con un caos de ausencia
robando toda inquietud
en ruinas. En desalojo
improvisando errores
y líneas degolladas.
Le haremos una autopsia
a los días mudos
que se derrumban en el pasado
para encontrar
corcheas y negras 
que suenan a silencio.




Cadáver exquisito por
Anahí Gomez y Patchu Lucero. 

martes, 20 de septiembre de 2011

UN ELOGIO A LA FUGACIDAD O LA INSOPORTABLE IMPOSTURA DE LA BELLEZA

 Por Marcos Freites
Ella dice que soñó que abría los ojos en una habitación y alguien la tomaba de las manos. Entonces hace una larga pausa, toma aire y observando la imagen que le devuelve el espejo frente al que está sentada, exclama  que todo esto es muy curioso, demasiado inusual. Por lo general sueño que voy a comprar zapatos, que me duermo en el spa luego de una sesión de masajes, pero  soñar que un extraño te toma de las manos y te arrastra hacia una cama donde una pareja hace acrobacias sexuales es… (Busca una palabra. Sus manos hacen un rápido ademán en el aire.) … es tan loco. ¿Lo podés imaginar? Me pregunta y sin esperar una respuesta agrega que empezó a tener sueños extraños después que su familia se mudó a una antigua casona ubicada a orillas del río. Entonces entra su novio, un joven con aspecto de promotor de agencia de viajes estudiantiles, y pregunta donde están las mancuernas. Ella se encoge de hombros y esboza una leve sonrisa. El joven me dice mitad en serio, mitad en broma que no le debo creer demasiado. Desde que la eligieron la chica del verano en un festival no hace otra cosa que fabular, asegura y se aleja silbando. Ella niega que haya cambiado, tal vez cambió mi vida pero por dentro sigo siendo igual. ¿No te parece? Pregunta y cruza sus piernas interminables.
Carmen nació en Las Lajas, en el mismo paraje desolado donde transcurrió mi adolescencia, pero desde muy niña buscó escapar, saltar las murallas invisibles  que cercan todo pueblo y lo hizo transgrediendo todas las reglas, dejando tras de sí una estela de leyendas. En el pueblo hay un puñado de buenos muchachos  que aseguran haberla visto nadar desnuda en el río, haber presenciado un lento streap tease en torno a las hogueras primaverales. Carmen se ríe de estos comentarios y dice que algo de verdad hay. Cuando el río suena siempre trae agua. Sólo la transgresión puede arrancarnos de la monotonía de vivir en un sitio donde nunca sucede nada. Siempre tuve en claro que si una mujer sabe usar con inteligencia su  vagina puede alcanzar el cielo. El cielo es el límite para una chica linda.
La noche ha empezado a cercar la casa, y el cuerpo de Carmen a medida que oscurece en su amplio jardín se torna más sugerente, como si la oscuridad revelara otra Carmen, muy parecida a la que quiero desentrañar. Porque yo conozco a la Carmen adolescente con quien a finales de los noventa arriba de un techo escuchábamos canciones punk en un radiograbador desvencijado,  a la chica tentación que inútilmente intentaba enseñarme a bailar cumbia en los juegos florales, a la vecinita lasciva que hacía topless a orillas de una Pelopincho bajo el ardiente sol de enero; pero no a esta Carmen que en un rápido parpadeo se convirtió en un objeto deseado por media provincia desde que posó cubierta sólo por una carpeta de Hello Kitty para Altas pendejas, que desfiló para las principales tiendas de ropa de la ciudad, que fue la sensación del último carnaval, que encendió la noche de una discoteca puntana con su show de la secretaria perversa, y lo más importante de todo, que fue chica de tapa de una revista erótica muy importante.
La tapa que hice para la revista fue muy jugada. Un desnudo frontal como nunca se vio. Desde atrás unas manos me agarraban, mejor dicho me estrujaban los pechos. Fue un homenaje a Janet Jackson a quien admiro muchísimo. Desde hace tiempo quería hacer algo jugado, pero no quería saltar sin red. Necesitaba hallar protección. Viste. Todas las chicas necesitamos un cielo protector. Hasta que encontré un amigo-mujer, Tony Rodríguez Hudson, que pudo ver todo mi potencial. Enciende un Virginia Slims y agrega, que la fama dura apenas un instante, y a ese instante tenés que exprimirlo. Sacarle el jugo. La belleza es fugaz. Ahora la tenés, mañana la perdiste. Eso lo sé desde la primera vez que besé a un hombre. Empezar a amar es darse cuenta que los encantos de los que nos enorgullecemos son bastante efímeros. ¿No te parece? Me increpa y como siempre no espera mi respuesta. Las luces de los reflectores siempre están dispuestas a posarse en nuevos cuerpos. Así que mientras tengas “eso” que las otras no tienen: apro-ve-cha-lo. Deletrea la palabra y deja escapar una risita picara, como si ocultara mucho más de lo que muestra.
Antes de hacer la nota, alguien me advirtió que las chicas lindas van construyendo mecanismo de autodefensa, armaduras hechas de palabras frívolas para esconder su verdadera esencia, ese don sublime al que sólo pueden acceder unos cuantos afortunados dignos de su querer, mientras el restos de los mortales debemos conformarnos con una serie de espejismos  donde creemos vislumbrar cierta verdad. También me aconsejaron visitar, mejor dicho explorar tres lugares en la casa de una mujer fatal. Tres sitios donde se satisfacen los instintos más bajos. Entonces le pido que me muestre su heladera, su dormitorio y su baño. Carmen accede sonriente. Cree que es parte de algún juego. Al abrir la heladera, como era de esperar me encuentro con una gran cantidad de productos light. Sólo logra llamarme la atención un trozo de carne blanda que parece a punto de manar sangre. Subimos por una escalera de madera angosta hasta su cuarto donde florece una cama redonda con un colchón de agua que parece tener vida propia. Cuando uno tiene una casa, afirma Carmen, debe preocuparse por tener una buena cama. Si te pones a pensar,  la cama es el lugar donde ocurren las cosas más interesantes de la vida. Por lo general en una cama naces, te reproducís y te morís. Entonces hay que comprar una cama que este a la altura de los acontecimientos.
Me enseña con orgullo un armario repleto de zapatos y zapatillas. Se sienta en el borde de la cama y me cuenta que la primera vez que posó desnuda fue para un amigo fotógrafo. Estábamos tomando vodka con naranja, y le digo por qué no hacemos unas fotos. Entonces el pibe me dice sácate toda la ropa y yo sin dudar mi puse en bolas. La pasé genial. Sentí algo que recién varios años después volvería a sentir. Las fotos las subimos a su fotolog. Fueron un éxito total. Deberías haber visto la cara de mis compañeras de secundaria. Me trataron como si fuera un gato. Por último me muestra el baño donde surge una gran  tina de mármol donde para delicia de su novio  debe pasar largos ratos solo cubierta por espumas. Mientras ella juguetea con un pececito  de plástico  amarillo y me narra los acontecimientos que le permitieron conocer a su novio, observo el espejo que pende del techo reflejando de forma divergente nuestras figuras.
El reloj va a marcar las diez, y Carmen me pide que me vaya. Es sábado a la noche y debe animar un evento. Me tengo que empezar a preparar dos horas antes. Me gusta la puntualidad. Es agobiante andar corriendo contra el tiempo. ¿No te parece? Pregunta y como siempre ella misma se responde. Me pide que vuelva, así recordamos episodios de la infancia, pero los dos sabemos que  no habrá una próxima visita, que estas dos horas han sido suficientes, que lo que nos une son apenas un puñado de recuerdos compartidos en un pueblo, en un tiempo, que han quedado demasiado lejos, a los que no deberíamos retornar porque eso significaría que la huida no ha sido definitiva, que el pueblo ese sitio amurallado del que logramos escapar, nos ha vuelto a atrapar.
Afuera una luna redonda y obesa, cuelga del cielo, y el otoño se anuncia en el degradé del verde al amarillo de los árboles, y pienso en que dentro de unos años encontraré a Carmen en un café de alguna ciudad extraña y no nos alcanzaremos a reconocer, aunque para los dos está época será la favorita, la que sintonizamos con mayor frecuencia, en la que nos sentiremos más cómodos a la hora de revisitar el pasado.

Fotografía: J.J.Reynoso

martes, 13 de septiembre de 2011

UN LLAMADO URGENTE A LA HUMANIDAD


Señora, señor.
Esta es una campaña de concientización.
Necesitamos terminar
con la plaga número uno de La Tierra.
Señora, señor.
Tome conciencia,
se está destruyendo el Ozono con su capa,
las plantas,
el tiempo,
la energía,
el sol,
los museos,
los mingitorios,
las cavernas,
los orificios,
las tramperas,
los ratones.
Señora, señor.
Dejé la estampita,
que no hay dios para este entierro,
que estamos solos,
que  necesitamos salvar al planeta,
que necesitamos que siga vivo.
Chicos, dejen esa estupidez de la escuela,
vuelvan a vivir como cavernícolas,
esa estupidez de la elección sexual.
Señora, señor.
Yo tengo la solución,
si quiere puedo tener el aspecto divino,
puedo montar las nubes,
puedo liberar al monstruo de las siete cabezas.
Este es un llamado a la humanidad,
necesitamos que cada uno de ustedes se suicide.
No interesa como,
pero la verdad es que somos una plaga,
necesitamos que el ser humano se extinga,
para que el Mundo pueda seguir vivo.
Para que las ballenas vuelvan a reproducirse,
para que los osos polares sientan del sexo el placer,
para que Ozono cuide de su capa súper héroe.
Necesitamos que se clave un puñal, que mate a su madre, que se ahorque de un paraíso, que se inmole, que se incinere, que se ahogue, que se haga el harakiri, que se olvide de respirar, que se corte las venas, que consuma las pastillas de su tía, que se le pare el corazón de sobredosis, que ayude a su vecina con un tiro en la cabeza, que terminemos con las barrenderas de las seis de la mañana, que asesinemos a los poetas, a los músicos, que se reviente la cabeza, que nade por las cataras, que se lo trague una ballena, que lo pique una viuda negra, que bese a la víbora de Rusell, que se atragante con un hueso de pollo...
Judas fue el primero, el que entendió que somos una plaga, que el Mundo necesita espacio para respirar.
Cualquier consulta, llamar a esas ONG que se ponen la camiseta de los animales en extinción para poder fornicar mientras fuman marihuana y discuten qué fue del obsoleto manifiesto.



Por Matías Lucero

domingo, 4 de septiembre de 2011

POSTALES DE UN SÁBADO CON CENA BAILE

                                              
RODRIGO HEREDIA TRAZA UN ESBOZO DE UNA PEÑA DONDE UN PUÑADO DE DESCONOCIDOS LOGRAN IMPREVISTAMENTE UN ESTADO DE COMUNIÓN  AL COREAR EL ESTRIBILLO DE UNA TONADA.
Sábado. Callejón sin salida. Atrapado en el pueblo. ¿Cómo llegué hasta aquí? Una visita repentina a mis padres. La posibilidad de encontrar a mi hermano. Parientes que se dejan caer cuando se empieza a asar el cordero. Luego lo de siempre: mujeres. La esposa de mi primo que se encuentra con la novia de mi hermano y arremeten contra la hija mayor de mi padrino. Andanadas de insultos. Cosas que se estrellan. Hombres intentando separar o esparciendo chispas en la nafta derramada. Mamá en un rincón llorando. La fiesta termina antes de doce. Todos se van a dormir. No hay muchas opciones. Salgo a caminar por las calles desoladas, saco a pasear mi ansiedad hasta que escucho una guitarra. Gran peña en el Club Social. Cena-baile. Hombres eufóricos que se encaprichan en pedir una y otra vez la misma canción. Mujeres lateadas que echan una mirada buscando encontrar una cara conocida. Niños que juegan en el patio y se arrojan hojas secas. Ahora en el escenario improvisado están tocando unos hermanos. Uno delgado, otro regordete. Como debe ser. Tonadas. La guitarra tiembla en un lamento donde se le canta al amor ausente. El dolor brota del pecho, se estrella contra las paredes descascaradas. Un dolor que ha sido cuidadosamente maquillado. Se lo ha preparado para que se cante con la garganta embebida de alcohol. Alguien desde el fondo suelta un alarido que se esparce por todo el salón. Los dos hermanos se despiden haciendo reverencias. Nadie pide que vuelvan a subir. Todos están esperando el número principal. Un cantor obeso de larga barba que con voz de trueno entona Triste paloma enamorada. Deja de llorar paloma/que el llanto no es para vos. Mata tormentos de aquel que se va/si así lo prefieres andate nomás/está en evidencia que no sabes amar. El público enloquece y los vasos se llenan para volverse a vaciar. Por un instante flota en el aire la sensación de una perfecta comunión entre desconocidos, la extraña percepción de que todas esas gargantas que corean el estribillo de la canción se reconocen en un reclamo hacia el maldito amor, tan frágil, tan huidizo, como el vuelo de esa paloma que en busca de la libertad ha escapado. 

lunes, 29 de agosto de 2011

EL LLAMADO DEL DESEO

Por Ivana Fucks

No eran las pastillas ni las píldoras disueltas en el café. No eran tampoco las hojas que se amontonaban en el patio. Ni siquiera la montaña de ropa sucia sobre el sillón. Era algo más, no sabía muy bien al principio que era, eso recién iba a advertirlo sobre el final cuando todo comenzara a enrarecerse. Lo cierto era que peligrosamente un día había empezado a parecerse a otro. Era como si la ciudad hubiese agotado su escaso repertorio de sorpresas.
Al principio con Mariana, una amiga del instituto, íbamos a bailar, nos subíamos con desconocidos en autos veloces y regresábamos con los labios chorreados de lúpulo, enceguecidas por el sol de la mañana. Una noche nos emborrachamos demasiado, y terminamos tirando con el mismo tipo en un departamento derruido, donde había una gran cantidad de televisores rotos. Aquello fue la aventura tope, y por un tiempo dejamos de llamarnos, salíamos por separado, tal vez por temor, tal vez por pudor. Ambas sabíamos que éramos un dúo explosivo, siempre a punto de estallar.
Tras varias semanas sin noticias de Mariana,  recibí una llamada donde me contó que estaba en pareja. A los gritos me contó que salía con un tipo, unos cuantos años mayor. Un abogado cuarentón. Estoy perdida por ese hombre. Cuando vengas a verme  lo conocerás, afirmó eufórica. Vas a ver que es un tipo sensacional. No me había sucedió nunca esto de estar en las nubes. ¿No estaré yendo demasiado rápido?  Además le encanta salir a bailar. Mientras me recitaba las innumerables virtudes de su hombre, le sugerí que no me contara todo, de lo contrario no va a provocarme ninguna emoción conocerlo.
Sin planes interesantes, aquel fin de semana, la única salida que me quedaba era enviarle un mensaje a Mariana. Debo confesar que la nueva situación sentimental de Mariana me provocaba sorpresa, luego poco a poco se fue convirtiendo en una cierta envidia que iba acompañada de una vasta porción de curiosidad. Sin duda, si se había fijado en Mariana, no debía ser un tipo apuesto. Los hombres feos tenían cierta inclinación hacia ella, sin dudas los tipos la veían como el premio consuelo cuando la noche se va apagando y los trofeos mayores empiezan a esfumarse, y el temor a volver solos crece.

Decidimos quedar a última hora de la tarde para tomar algo y cenar en su casa. Esa noche llovía con violencia. El taxi que me llevo a su hogar quedó atascado en medio de un remolino de barro, hojas y agua. Llegué a casa de Mariana en medio del temporal, cuando la oscuridad empezaba a hacerse más profunda.
Todo habría resultado más o menos normal, de no haber sido por la lluvia, y porque Daniel parecía doblar la edad de mi amiga, y por lo tanto, también la mía. Una especie de satisfacción y desahogo corrió por mis venas al considerar que Mariana, como siempre, no había ganado ningún premio mayor.
Aunque Daniel no estaba del todo mal. Mi primera reacción fue verlo como a un padre, o tal vez como alguien que podría tener hacia mí una actitud de superioridad por su experiencia, pero poco a poco, al ir avanzando la noche, esta percepción fue cambiando, sobre todo cuando empezó a narrar la odisea que sufrió en su último viaje al sur. En medio de una tormenta de nieve se había quedado aislado en un refugio sin ninguna provisión. Tras aguardar dos días por ayuda, decidió salir  a buscarla. Mientras narraba con precisión la infinidad de obstáculos que debió sortear para llegar a un pequeño paraje la forma de ver a Daniel mutó, pasando de respeto a admiración por la impecable manera que tenía de narrar. Un narrador serial, nato.
Luego de la cena la lluvia amainó, Daniel propuso que fuéramos a un boliche. Conocía al dueño y hubo ronda gratis de trago para los tres. Con unos mojitos encima la admiración  por Daniel creció aceleradamente. Sentí un poco de culpa al principio, luego cuando nos despedíamos en medio de largas risotadas supe que no podría arrancarme fácilmente la fascinación que sentía por aquel hombre. Tanto es así que sentí necesidad de volver a verlos al día siguiente, y acepté la invitación de Daniel, de acompañarlos a una exposición tecnológica, a pesar de la mirada de desaprobación de mi amiga que deseaba estar a solas con su nuevo novio.
El sábado  volvimos a reunirnos los tres. Tras una noche de poco sueño y mucho movimiento de cabeza, comencé a sentir una curiosidad irreprimible por Daniel y aunque una parte de mí lo negaba, el resto de mi cuerpo reflejaba una fuerte atracción.
Durante el recorrido por la feria busqué la forma de poder quedar a solas con él. Algo complicado, ya que Mariana estaba continuamente pegada a él. Por ello, y aprovechando la profesión de Daniel, comencé a hacerle preguntas y a pedirle que me aclarara dudas acerca de la  situación laboral en la empresa en la que trabajaba, bajo la excusa que podrían despedirme en cualquier momento, y necesitaba conocer sus derechos. Aunque aquella no era su especialidad el hombre me ofreció su ayuda.
Durante los días siguientes, intenté arrimarme a Daniel, presentándome en casa de mi amiga sin avisar, algo que sin duda, extrañó a Mariana. Si hasta hacía poco tiempo, casi tenía que suplicarme para reunirme conmigo un día de semana, ahora era yo la que se anotaba en cualquier actividad que realizaban.
A la segunda semana de conocer a Daniel, mi obsesión hacia él se volvió tan fuerte que al enterarme que Mariana tendría que viajar de urgencia por la enfermedad del padre lo llamé con la excusa de enseñarle mi contrato de trabajo. Él aceptó y propuso reunirnos en su casa a la tarde siguiente.
No sonó muy creíble el motivo para presentarme en casa de Daniel, pero aún así, sirvió para poder verlo. Inicié los preparativos. A primera hora fui a la peluquería y a depilarme. Después me preparé  para ir a su improvisada reunión.
Veinte minutos antes de la hora prevista, me presenté en casa de Daniel. Me saludó con dos besos en la mejilla, luego me indicó que me sentara en el sofá y me sirvió un vaso de coca-cola. Estaba acalorada, tanto por la temperatura exterior como por los nervios para conseguir mi objetivo.
Le enseñé mi contrato laboral, y la respuesta fue que no había nada extraño en él. Mientras me encontraba sentada junto a él, bajaba frecuentemente mi cabeza para que pudiera contemplar el inicio de mis pechos, que aunque no son muy grandes, se mostraban firmes.
Me di cuenta que era dueña de la situación. Daniel me miraba con el rabillo del ojo, aunque se sonrojaba cuando veía que me daba cuenta. Lo que no sabía él es que yo lo  observaba hasta cuando no miraba mi cara.
A medida que crecía la noche, empujada por una fuerza que hasta entonces desconocía me iba arrimando más, asegurándome que mis pechos rozaran el brazo desnudo del abogado, mientras me enseñaba las partes de su contrato. Estaba en la línea que debía traspasar si quería que el encuentro fuese algo más que un consejo laboral.
Nunca se me había resistido ningún tipo. No me hubiera importado que eso pasara si no fuera porque era el novio de mi amiga, y ello podría traerme graves consecuencias. Aún así, me decidí y  le di un beso en la mejilla.
-¿Qué bueno sos, Daniel?
- ¿Por qué? No he hecho nada. No me cuesta trabajo asesorarte y aconsejarte.
- Aún así. Sos un gran hombre. Mariana es una afortunada. La envidio.
Volví a besarlo en la mejilla. Fueron dos veces seguidas acercándome cada vez más a sus labios. El tercer beso fue en ellos. Daniel quedó sorprendido, pero no hizo nada. Sentí una mueca de temor en sus ojos, pero no podía detenerme.
Ante la barrera que ponía su pasividad, lo tomé del cuello y le comí la boca. Él respondió con un leve mordisco. Lo he conseguido, pensé. Tengo a Daniel  donde ansiaba.
De un salto me senté sobre sus largas piernas  subiéndome la falda hasta casi la cintura, dejando la pequeña tanga al descubierto. Agarré su cabeza, y la llevé con furia hacia mis pechos. Las manos de Daniel se dirigieron desde los pechos hacia mí culo, y su boca de los labios a mis pezones, besándolos por encima de la remera. En ese instante el viento arreció con fuerza, arremetiendo contra la casa. Se escucharon unos gritos lejanos y desgarradores.
Como si alguien se hubiese visto sorprendido por el mal tiempo de repente.
Daniel, tembloroso,  con sus manos sudorosas, recorrió lentamente mi cuerpo. Mis piernas permanecían abiertas. Eran una invitación a que soltara su instinto animal. Más temprano que tarde empezó a jugar con mi tanga, pasando sus dedos por delante, marcando el surco que dejaba mi sexo húmedo.
Nuestros cuerpos se apretaron y se unieron con fuerza. Desde la calle llegaron los gritos de unos niños, luego el chillido uniforme de máquinas pesadas. Acaricié el pelo ondulado de Daniel y comencé a desabotonar su camisa.Con ternura él accedió a pellizcarme los pezones, humedeciéndolos con la punta de los dedos. De ahí pasó a jugar con la tanga, ya no sólo pasando sus dedos por encima, sino hundiendo levemente su mano por dentro. Fue en ese momento cuando se escucharon con insistencia unos golpes en la puerta. Como si alguien quisiera echarla abajo. Daniel sin inmutarse, prosiguió en su tarea agarrando con  fuerza el triángulo delantero de la tanga y lo estiró violentamente. La tela de la prenda íntima  quedó enganchada en mi sexo, y los movimientos hicieron que mi clítoris se moviera junto a la tanga. Momentos después, me hallaba empapada. Los golpes en la puerta, esta vez fueron más leves, luego se escucharon unos pasos pesados que se fueron apagando por el ruido del viento. Daniel esbozó una sonrisa, y su rostro se pareció al de un niño crecido que se halla en medio de una travesura.
Después de unos minutos de juegos eróticos en el living, Daniel hizo el ademán de incorporarse, agarrándome por la cintura y levantándome, para de la mano, llevarme a la habitación principal de la casa.
-¿Aquí es donde cogés con Mariana?
No obtuve respuesta a la que Daniel consideró una pregunta fuera de lugar. Fui yo quien primero se arrodilló. Antes de hacerlo lo ayudé a bajar su jeans. Nuestras lenguas volvieron a juntarse, pero otra vez fui yo quien se anticipó metiendo la mano por debajo del boxer de Daniel. Su erección era considerable. Con delicadeza masajeé acaricié su glande. Puse todo mi empeño en hacerlo disfrutar. Sin duda, por sus gemidos lo estaba conseguiendo. Mi cabello largo, desmelenándose, rozaba sus testículos, lo que le producía, sin duda, una mayor sensación de placer. Mi mano sujetaba fuertemente su miembro, el cual, con mi boca golosa lamía.
Era el momento en que debía demostrar que era la mejor. Aunque no iba a competir directamente con mi amiga ausente quería hacer que el encuentro fuera más intenso que todos los que Daniel hubiera tenido con Mariana, y no sólo con ella, sino con cualquier mujer. Cerré mis labios e introduje el pene en mi boca totalmente desenfundado. Empecé a subir y a bajar.  Pocos instantes después Daniel estalló, llenándome de semen la cara. En medio del frenesí, gritó que era una perra. Aún con la mano sosteniéndole el miembro, lo observé con una mirada inquisidora y le pedí que me repitiera lo que había dicho. Me miró y dijo, todo esto está mal.
Volvieron a golpear la puerta. Unos golpes arrítmicos, nerviosos, parecidos a los de alguien que busca salvación en medio de la noche. Nos miramos, esta vez Daniel estaba nervioso, y volvió a repetir que todo estaba mal. Sentí que sus ojos giraban y los dejaba caer sobre mis manos. Eran unas pequeñas bolas frías, incapaces de mirar una mujer. El ambiente en la casa se había vuelto húmedo. Se notaba en su rostro. Una gota pegajosa y transparente  descendía por su cuello.
Ahí comprendí que nos hallábamos en peligro, aunque me pareció algo brusco preguntar si corríamos algún riesgo. Los golpes cesaron. Esta vez no se oyeron pasos. Tuve la sensación de que alguien seguía parado tras la puerta, en pleno acecho, esperando que movidos por la curiosidad nos atreviéramos a abrirla. Comenzamos a vestirnos. Daniel parecía aterrorizado. Su cuerpo se estremecía, como si hubiese despertado de un sueño encantador para adentrarse en una pesadilla. La luz se corto, provocando un estallido en el fluorescente. El viento hizo crujir la ventana y un resplandor luminoso invadió por unos segundos la habitación, para luego difuminarse, como si fuera absorbido por el amplio espejo que se hallaba frente a la cama. Me vi tentada a dar un grito, pero resultó imposible. Pensé que si daba un grito, alguien comprobaría nuestra presencia en la casa  y entonces sí, echaría abajo la puerta. Entonces sentimos que la puerta se abría lentamente, y Daniel poseído por una pulsión extraña me empujo hacia el piso, abrazándome con fuerzas. Ahí permanecimos un largo rato, como si esperáramos el impacto de algo que terminaría por disolvernos.

Ivana Fucks. Nació en 1986. Actualmente vive en Merlo donde estudia Hotelería.

lunes, 15 de agosto de 2011

COMO SI TODO EL MUNDO NO FUERA MÁS QUE DESEO

Por Marcos Freites
1. TIRANO, EL DESEO.
Soñé con un niño que mira por primera vez el rostro de su madre en el espejo y se duerme llorando, con los dedos en la boca.  Soñé con un  niño que se duerme llorando, mientras afuera diluvia el cielo entero.
Entonces busqué el rostro de mi madre entre todos los rostros y hablé como nunca lo había hecho.
“Madre, yo acaricié tu desnudez cuando dabas a luz y te hice la más bella entre todas las madres. Tan bella te hice, madre, que tu cuerpo alumbraba el día. Madre, este es el mismo niño que jugó su inocencia  en un solitario tobogán, el mismo niño que guardó en sus manos  los  despojos  sucios del amor. Toda mi aventura fue mirarte desnuda  como si nunca hubiera visto el rugido de tu sexo enjaulado.”
Una mujer acaricia un niño, la luna  se aleja cantando, y su claridad infinita hace correr los ríos. El deseo asciende sobre todo aquello que lo niega, y estalla justo ahí, en el medio del pecho.
“Corté todos los hilos y me hice a la intemperie y guardé la sombra de mi madre para siempre en la vergüenza de los espejos. “
Soy el niño que se tiende al sol esperando que vuelva junto a las sombras su inocencia y no ve más que cuerpos desnudos, irradiando deseo, y no sueña más que cuerpos alargándose, uno tras otro, como si todo el mundo no fuera más que deseo.
……………..
2. SUEÑO Y ESPLENDOR
Yo soñaba, yo mascaba, yo advertía, yo despertaba, yo preguntaba y entonces me era preciso cerrar los ojos y confiar en una mano ajena que me prometía ver en mi ceguera y a lo lejos oía una voz que clamaba piedad y yo volvía a soñar como quién se echa a navegar en la corriente sin esperanza de alcanzar tierra firme.
Yo soñaba y era el sueño el que me llevaba, en sus arenas me arrastraba muy lejos  como si nadara entre espejos, en el sueño veía cien mil reflejos, yo soñaba en una columna de cipreses, a veces yo soñaba que volaban peces de mi cama al cielo,  por mis ojos veía un paisaje de ensueño, en mis ojos caía y de lo que veía al despertar escribía.
Yo soñaba con los senos de una niña aporreados por el cariño los senos de la niña lloraban muy serenos sin que nadie pudiera robarles una sola lágrima. ¿Siempre se ha de llorar lo que remedio en esta cama nunca tiene? ¿Nunca lo que en esta cama remedio tiene se ha de cantar? 
Yo me preguntaba sobre los males que me perseguían con piernas reales,  por baldíos,  por paisajes, sin aire retrocedía perseguido por grandes piernas que me alcanzaban en un solo movimiento. Quería huir hacia irrealidades irreales, quería escapar sin mirar hacia adentro y la verdad previsible era que corría sin pies, con temor corría y corría a través de una habitación que se movía.
Caballos escualos magnéticas mariposas tropezaba soñaba con tantas cosas.
Soñaba como si realmente soñara. Miraba con devoción como si mirara con unos ojos que me eran ajenos. Pero eran los cazadores apuntando a  mi cabeza. Pero eran los conejos escabulléndose entre las sábanas. Pero eran las pastillas, todos los venenos disueltos.
Soñaba con una cama de hospital, cosía con agujas en mi carne el mal  y con la fiebre veía desnuda a María y yo su sexo santo lamía y sólo eso veía y no pensaba en nada mientras su mano helada acariciaba con pudor mi pene erguido y María era una imagen que de repente bajo la asfixia de las luces me arrancaba su dolor y luego veía unos peces dientudos de un color casi indefinible cercano al verde, unos peces dientudos que surgían de los senos santos de María.
Yo soñaba en las lindes del precipicio con  una lámpara encendida en la sombras, con una gran tormenta que se avecinaba, con un paraguas roto, y a ciegas nadaba entre olas oscuras, mientras ella se acostaba desnuda y mojada en la cama y me pedía que no detuviera mi sueño, porque los sueños, decía al borde del paroxismo, no necesitan sentir el peso de los sueños, cuando, exhausto el hombre sueña que sueña que sus ojos son de la noche.
Yo soñaba con todo lo que juntan las hechiceras, con los despojos que escupe el vendaval y eran fetos fatos falopas feacios batracios reacios futuras felaciones fetas infestas maricas políticas basuras fugas precipitadas escaramuzas hélices.
Yo soñaba y preguntaba ¿Cómo se escapa de este encierro? Yo soñaba y gritaba a los vientos, un favor exigía, salir de este sueño antes que termine el día.
……
3. PORQUE ME LLEVA POCO TIEMPO
Me soñé a tu lado, llorando, llorando, tan solo en la cama, sin poder levantarme  para quererte como te quise en sueños.
Los años se amontonan en cada despertar, se sueñan hiedra en el vértigo de los calendarios y yo me pinto los labios para besar la boca oscura del tiempo.
Me creí el cuento, soñando, soñando, tan solo en la noche con mis fantasías, empapado en el sopor de las pastillas, sin nada a que aferrarme, con los ojos cerrados corrí hasta abrazar la noche.
Sólo dios sabe que fue del lugar que un día fijamos como punto de encuentro. En la oscuridad aprendí a callar, me comí el dolor y supe que las sombras no saben ocultar el llanto de un hombre.
Olvide tu nombre, y emprendí vuelo como un fantasma que se despide de su pasado y comprendí que desde las alturas la soledad no es más que viento.
Hoy caí, y te soñé, te soñé llorando, fue tan real y no pude llamarte, pues de tu nombre hace tiempo me libré.
Entonces fuí.
……….

Rodrigo Heredia (Concarán, 1993) Actualmente estudia Hotelería y prepara su primer libro de poemas.

jueves, 4 de agosto de 2011

LAS MANZANAS



Acercame tu boquita de betún/ tu olorcito a escritor marchito/ tus ojitos carmesí/ dame tu lengüita espiralada/ Quiero tu aserrín blanco/ de tus piernitas de gacela/ tus tetitas envueltitas/ en pelitos enrulados.
Ella era una lituana, de esas que salen en la tele, de esas que se miran entre las piernas cuando un negro las traspasa rojas, rosas, con la violencia romántica justa para la medida del que se queda en la casa acariciándose solo, imaginando que el sexo que la penetra es el suyo, que su piel blanca se oscureció, y su pecho se llenó de irregularidades. Pero no, esta lituana no estaba ahí, parecía pero no. Esta lituana era una falsa europea, tenía una ascendencia de naricitas chiquitas y ojos grandes y verdes, con esa piel color vómito de bebe, con esos cuerpecitos todos talladitos, perfectitos. Había llegado un domingo a la mañana, se había metido en mi cama y con un español de mierda me había hablado al oído mientras me sacaba la ropa y pintaba mi cuerpo con colorante para torta. Después de bañarme y sacarme toda esa sustancia pegajosa, salí y vi que ella ya había acomodado su ropa en el placard. No hablamos, como nunca hablamos a no ser que tengamos sexo, que es el único momento en que cruzamos palabras de tanto en tanto, interrumpidos por algún movimiento violento que nos hace olvidar, o recordar.
Yo a las 11 de la mañana, religiosamente todos los días, salía a buscar laburo por la cuadra de mi casa. La recorría toda, golpeando de puerta en puerta ofreciendo mis servicios de plomero, gasista, electricista, jardinero y empleado doméstico. Cuando al mediodía ya había terminado mi ronda, volvía a mi casa, cansado del sol arrollador y de las chusmas protestonas, colgaba la ropa del laburo en la percha al lado de la cocina y preparaba las macitas con picadillo, que intercalaba con el té con miel.
Ella es una mujer, creo que es una mujer, aunque a veces creo encontrar pelos que no son míos en las maquinitas de afeitar, pero no sé qué pensar, después de todo es la primera mujer que conozco. Las otras mujeres son todas mayores. De la época de la escuela no me acuerdo, no me quiero acordar, aunque algunas noches duermo al calor de mi profesor de matemáticas que desde tercer grado siento sus deditos recorrer mi recto y establecer contacto con lo que ahora son hemorroides. Por suerte ahora está la lituana que me respira en la nuca para hacerme olvidar de la escuela. La lituana se prepara un té y me mira como queriendo entender. Yo no le hago caso, siempre que he intentado entender, termino escribiendo un cuento, y eso es malo. Así que yo sigo con el cortaúñas arreglando las desviaciones que me han dejado estos tantos años en los pies. Recorto prolijamente los cayos, y si no los mantengo así después me duelen y los pies son mi herramienta de trabajo en la vuelta a la manzana de las once de la mañana. La lituana debe tener unos 20 años. Porque todavía no tiene nada caído. Ella tiene unas tetitas hermosas, paraditas, como dos enfermeras que por la noche me toman la presión y me tapan las orejas para que no tenga frío. Yo tengo 64. Todavía me caliento y más cuando traen banana con dulce de leche a la cama. Pero tener sexo con una mujer es algo muy extraño. Por empezar es un motor de microondas imperceptibles, que rebotan desde su cuerpo hasta mi corazón para que mi miembro se erecte. Luego, sin leer un solo libro de teoría sexual, sé exactamente lo que debo hacer, y es penetrarla hasta esa parte donde la piel se pone más esponjosa, y más húmeda, parece que puedo sentir un gusto más agrio pero imposible de soltar, es como comer quinotos. Me llama especialmente la atención el deseo de dejar algo en ella, de dejar ese movimiento violento impreso en los huesos posteriores de su pelvis. Esa necesidad de merquear sus entrañas, de que mi pene se curve en la punta para arrancar sus órganos, para extraerlos y devorarlos mientras ella se desangra. Pero como mi miembro sigue recto yo no paro, el movimiento de mis caderas es constante, hasta que me repugna su olor a cordero manso, listo para el matadero. Porque ella mientras tenemos sexo no pronuncia una sola palabra, al momento que subo sobre ella, mira a un costado, al rincón de la habitación y así se queda, inmutable, esperando que restablezcan los muros de Hiroshima y clasifiquen los cadáveres por estratos sociales.
Se me ha hecho tarde, son las 11 y 10 de la mañana y el hijo de la vecina está golpeando la puerta. Me pregunta si no voy a ir a su casa a juntar los corazones de manzanas que hay desparramados en su casa. Yo me acomodo los pelos y salgo apurado. La casa de la señora está hecha un total desastre, con unos trescientos centros de manzana, con sus semillas y sus vástagos y sus hojas intactas. El butanoato era extraño, olía a oriental. Acostumbrado a la importación de EE.UU. había olvidado lo exquisito del aroma de etamal tal vez iraní o chino. Comencé a recoger de a una al principio. Cada una de las amarillentas manzanas consumidas por los dientes exterminadores, conservaba el fino aliento postmortem que solo conservan las grandes pomáceas. Al final juntaba de a paladas, mirando de reojo la hora y pensando en las actividades de mi propia casa que parecían acumularse con la cantidad de minutos que me llevaba dejar limpia esa casa atestada de frutos laxantes.
Me encontré arrastrando una carretilla repleta de manzanas (comidas ya) hacia mi casa. Pensaba guardarlas en el viejo baúl de mi casa, regalo de un contorsionista que había estado en mi hogar por el año 1986. De esa forma pensaba mantener ese aroma que solo las occidentales guardan gustosas en sus sexos horizontales.
Podría resumirse al estallido de las manzanas... ahí empieza esa patología que tanto me gusta, y de ahí surge la idea de los hoteles, los whiskies y esas tonteras que solo pasan en los libros cacómanos, en las películas violetas, en la vida recordada, o en otras de las tantas formas de ficción.
Dos semanas después la lituana me abandonó y yo volví a ponerme el traje con corbata, a llenar el maletín con los libros de historia y a dar clases en el colegio Nacional. Lo absurdo, lo kafkiano se había ido con la muchacha de los susurros imperceptibles, y con ella los delirios pedófilos y todos esos sueños americanos, y yo con mis 64 años volvía a acumular años para llegar rápido a la jubilación.

Relato: Patchu Lucero
Foto: Agostina Caglieris

lunes, 1 de agosto de 2011

TÍA REGINA


Por Marcos Freites
 Es posible que esta ciudad no sea más que una zanja hedionda donde se van acumulando los muertos. Eso lo pienso mientras leo tus cartas y fumo un cigarrillo tras otro, para espantar el miedo. Afuera se confunden los ladridos de los perros con el aullido de las sirenas de las ambulancias. El viento hace crujir el techo de zinc. Trato de sostenerme en la fragilidad de algún recuerdo, y trastabillando, avanzo por un angosto pasillo hasta dar con tu habitación. Se me viene a la memoria la imagen de un invierno lluvioso en que te marchaste de casa. Atravesamos con mamá toda la ciudad para verte. Estabas amarrada a una camilla, con esa sonrisa que ninguna enfermedad fue capaz de borrarte. Había unas cortinas blancas que flotaban, cáscaras de maní en el piso y una jarra inmensa, llena de agua. Tuve ganas de invitarte a que fuéramos a buscar monstruos entre los tilos que crecían en el fondo, pero no pude, por esos días  había enmudecido.
Esa tarde tuve la certeza de que algo iba a cambiar para siempre. Entonces decidí escribirlo todo. Cubrí una infinidad de hojas cuadriculadas con tu nombre. Era mi manera de adorarte, de susurrarte que debías volver, que sin vos la casa no acumularía otra cosa que penumbras. Pasaron días, semanas, meses, hasta que recibí tu primera carta. La escribías desde una ciudad lejana, en la que unos cocheros vestidos de negro empujaban un carro fúnebre, en la que unos niños con cicatrices en las rodillas le cavaban la tumba a un perro atropellado. Y yo te escribía desde un San Luis con carnaval, con chicas delgadas que empezaban a mirarme con indiferencia, con maniquíes desnudos a las nueve de la mañana. Y vos, te reías, me pedías que viera el mundo a través de un caleidoscopio, que fijara la vista en las cosas que ocurren silenciosamente. Y era primavera en San Luis. Besaba tus cartas, lamía las ondulaciones de tu letra. Bandadas de pájaros revoloteaban en la plaza. La adolescencia a golpes de desamor y ansiolíticos, se me iba. Mariel se moría por descubrir quién era la mujer misteriosa a la que cada viernes le enviaba una carta. Y yo me negaba a pronunciar tu nombre, como si al hacerlo fuera a romper un conjuro.
Ahora que no consigo unir lo imaginario con lo real, que me dejo caer como si hubiese sido atropellado por una tristeza repentina, siento que te he perdido definitivamente, que entre el viento ya no vendrá a soplarme tus mensajes, y si continuo así, seré alguien que se aferra a un puñado de cosas muertas.
He crecido, estoy cerca de convertirme en un hombre, pero jamás he dejado de pensar en tus cartas, tía. Ahora me imagino que San Luis es un laberinto, y me extravío para aparecer en una calle donde se alza el esqueleto monstruoso de una fábrica abandonada, donde tu fantasmas deambula desnudo, tratando de contemplar el desastre que dejaste el día, en que decidiste alejarte para siempre.



domingo, 24 de julio de 2011

DOS POEMAS OLONGASTAS-AYELEN PILMAYKEN

Ayelen Pilmayken, es una joven poeta, descendiente del pueblo Olongasta. Actualmente vive en Siempre Viva. Su intención “es aprehender un tiempo lejano del que no quedan registros, así como combinar la franqueza y poder emotivo de una chispa que es a veces sutil fuego, a veces cruel espina”.  Aclara que concibe la literatura como un medio para conocer la realidad que la rodea. “Pero una realidad ajena a mi intimidad. A tal punto que en mis poemas teorizo sobre lo que se me escapa. Quiero separar las obras de lo que soy.”
POEMAS
QUIRONA-MADRE EN FLOR
Madre en flor sueña que está sobre los huesos del alba. Murmura soplos de algarrobo.
Allá, sobre el sopor del musgo, Madre en flor, aguarda el despertar de la piedra.
Subirán las aguas. Con ellas vendrán los nimbos a posar sus alas en el cieno, y de las llamas munirán albancejos.
Madre en flor expande su sueño como si fuera humo. Ahuyenta serpientes fértiles que cuelgan del techo.
Expectación en los ojos desinhibidos.
Lo que se aleja debe regresar, dicen los ancianos. Todos quieren ver los árboles caminar en el alumbramiento de madre en flor.
¡ Astiquea muñe los esperpejos libados !  
El deseo se antoja maleza abierta reverdeciendo en el aire seco. Erizado de afiladas espinas, ásperos líbelos que ansían tus sépalos, madre en flor.
Arañas prematuras son las tersuras del delio emplacerado. Madre en flor rasga su vientre y alumbra. Relumbra en su morada. En este tiempo. Piras fangosas en la mirada de las muchachas que vuelven de amamantar los hijos de las cabras. En lo alto de la sierra. En esta noche. Cazadores insomnes retornan con las sombras a la isla desnuda. La cama crepita, recrudece en azuladas chispas. Solo nos debemos a esta luz  menguada fuera de todos los raudales, en un estrépito de pedernales.
¡ Asesta la torpe va y esta, quirona! Madre en flor, viaja en la brisa dibujando rayos en la tierra. Del otro palmo la lluvia crece del aire. Él trae sobre sus hombros la leña que cocinará el maíz. Ella abre la puerta, con pichanas barre el suelo que pisa, aspira el frescor de las jarillas y se aferra a lo que fue su sombra. Él sueña que le obsequia, azahares, husillos, albaricoques sanguinarios, frutos de la pasión en destajo, sopor de bocas que labran el desconsuelo. Astillas. Astillas.
Madre en flor, ya es luz, ya es luz, es de luz su carne oscura. Ahora como un espectro espera la luna pequeña para retornar donde arde el espino. Él abraza la muchacha, besa su mano extendida y en ese instante es la noche.
SAPO VENTRUDO
Monté una vez en un sapo. Acaricié sus ojos. Miré en ellos el universo. Sin lágrimas lloré la escama de su piel. En ella mudé hermanos, hijos, arreboles y coronas de atamisqui. Por las mañanas anudé pestañas y pregunté, dónde están las noches ahogadas de los batracios.
Entonces alcé plegarias, cenizas. Dije piedra y sangré asbestos. En el sopor aferré arfintos mengos. Repetí nimbeos que aplastan urfobios. Al deleznar crimbaba su cervo sobre efluvios argados. Como quien engendra en las lindes del cansancio. Como quien acalla sus pechos al amamantar sombras de huérfanos.
 ¿Quién ha visto por aquí, al sapo ventrudo en el que cabalgué hasta dar con el alba? La respuesta se mojó en la charca antes de revelarse, desnuda con un manojo de carqueja.
Quise poseerte hembra, así habló, y yo añoré. Estrellitas puse en el rescoldo a dorar, y oí el universo chasquear su pulso magnético. 
Desconocí las luces que querían alumbrar la vertiente y alcancé a sonreír. Leves chispazos. Gajitos de Hernandarias. Efebo sibarítico . Lumitas esporádicas. Así creí oír lo que vertían las galaxias que en la arena húmeda me dibujabas con una ramita de loconte.
Entonces sapo, sapo zarpo mi sueño en sus hombros y fuimos como un sol que en mitad de la noche se empeña en dar en el agua.
Ayelen Pilmayken ( El divisadero, 1992)  Actualmente vive con sus padres a quienes ayuda en el pastoreo de las cabras, así como tambien en la manufactura de lácteos. Su sueño es poder leer toda la obra de Marcel Proust. No le interesa demasiado el futuro.

Fotografía: Fox Harvard