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jueves, 4 de agosto de 2011

LAS MANZANAS



Acercame tu boquita de betún/ tu olorcito a escritor marchito/ tus ojitos carmesí/ dame tu lengüita espiralada/ Quiero tu aserrín blanco/ de tus piernitas de gacela/ tus tetitas envueltitas/ en pelitos enrulados.
Ella era una lituana, de esas que salen en la tele, de esas que se miran entre las piernas cuando un negro las traspasa rojas, rosas, con la violencia romántica justa para la medida del que se queda en la casa acariciándose solo, imaginando que el sexo que la penetra es el suyo, que su piel blanca se oscureció, y su pecho se llenó de irregularidades. Pero no, esta lituana no estaba ahí, parecía pero no. Esta lituana era una falsa europea, tenía una ascendencia de naricitas chiquitas y ojos grandes y verdes, con esa piel color vómito de bebe, con esos cuerpecitos todos talladitos, perfectitos. Había llegado un domingo a la mañana, se había metido en mi cama y con un español de mierda me había hablado al oído mientras me sacaba la ropa y pintaba mi cuerpo con colorante para torta. Después de bañarme y sacarme toda esa sustancia pegajosa, salí y vi que ella ya había acomodado su ropa en el placard. No hablamos, como nunca hablamos a no ser que tengamos sexo, que es el único momento en que cruzamos palabras de tanto en tanto, interrumpidos por algún movimiento violento que nos hace olvidar, o recordar.
Yo a las 11 de la mañana, religiosamente todos los días, salía a buscar laburo por la cuadra de mi casa. La recorría toda, golpeando de puerta en puerta ofreciendo mis servicios de plomero, gasista, electricista, jardinero y empleado doméstico. Cuando al mediodía ya había terminado mi ronda, volvía a mi casa, cansado del sol arrollador y de las chusmas protestonas, colgaba la ropa del laburo en la percha al lado de la cocina y preparaba las macitas con picadillo, que intercalaba con el té con miel.
Ella es una mujer, creo que es una mujer, aunque a veces creo encontrar pelos que no son míos en las maquinitas de afeitar, pero no sé qué pensar, después de todo es la primera mujer que conozco. Las otras mujeres son todas mayores. De la época de la escuela no me acuerdo, no me quiero acordar, aunque algunas noches duermo al calor de mi profesor de matemáticas que desde tercer grado siento sus deditos recorrer mi recto y establecer contacto con lo que ahora son hemorroides. Por suerte ahora está la lituana que me respira en la nuca para hacerme olvidar de la escuela. La lituana se prepara un té y me mira como queriendo entender. Yo no le hago caso, siempre que he intentado entender, termino escribiendo un cuento, y eso es malo. Así que yo sigo con el cortaúñas arreglando las desviaciones que me han dejado estos tantos años en los pies. Recorto prolijamente los cayos, y si no los mantengo así después me duelen y los pies son mi herramienta de trabajo en la vuelta a la manzana de las once de la mañana. La lituana debe tener unos 20 años. Porque todavía no tiene nada caído. Ella tiene unas tetitas hermosas, paraditas, como dos enfermeras que por la noche me toman la presión y me tapan las orejas para que no tenga frío. Yo tengo 64. Todavía me caliento y más cuando traen banana con dulce de leche a la cama. Pero tener sexo con una mujer es algo muy extraño. Por empezar es un motor de microondas imperceptibles, que rebotan desde su cuerpo hasta mi corazón para que mi miembro se erecte. Luego, sin leer un solo libro de teoría sexual, sé exactamente lo que debo hacer, y es penetrarla hasta esa parte donde la piel se pone más esponjosa, y más húmeda, parece que puedo sentir un gusto más agrio pero imposible de soltar, es como comer quinotos. Me llama especialmente la atención el deseo de dejar algo en ella, de dejar ese movimiento violento impreso en los huesos posteriores de su pelvis. Esa necesidad de merquear sus entrañas, de que mi pene se curve en la punta para arrancar sus órganos, para extraerlos y devorarlos mientras ella se desangra. Pero como mi miembro sigue recto yo no paro, el movimiento de mis caderas es constante, hasta que me repugna su olor a cordero manso, listo para el matadero. Porque ella mientras tenemos sexo no pronuncia una sola palabra, al momento que subo sobre ella, mira a un costado, al rincón de la habitación y así se queda, inmutable, esperando que restablezcan los muros de Hiroshima y clasifiquen los cadáveres por estratos sociales.
Se me ha hecho tarde, son las 11 y 10 de la mañana y el hijo de la vecina está golpeando la puerta. Me pregunta si no voy a ir a su casa a juntar los corazones de manzanas que hay desparramados en su casa. Yo me acomodo los pelos y salgo apurado. La casa de la señora está hecha un total desastre, con unos trescientos centros de manzana, con sus semillas y sus vástagos y sus hojas intactas. El butanoato era extraño, olía a oriental. Acostumbrado a la importación de EE.UU. había olvidado lo exquisito del aroma de etamal tal vez iraní o chino. Comencé a recoger de a una al principio. Cada una de las amarillentas manzanas consumidas por los dientes exterminadores, conservaba el fino aliento postmortem que solo conservan las grandes pomáceas. Al final juntaba de a paladas, mirando de reojo la hora y pensando en las actividades de mi propia casa que parecían acumularse con la cantidad de minutos que me llevaba dejar limpia esa casa atestada de frutos laxantes.
Me encontré arrastrando una carretilla repleta de manzanas (comidas ya) hacia mi casa. Pensaba guardarlas en el viejo baúl de mi casa, regalo de un contorsionista que había estado en mi hogar por el año 1986. De esa forma pensaba mantener ese aroma que solo las occidentales guardan gustosas en sus sexos horizontales.
Podría resumirse al estallido de las manzanas... ahí empieza esa patología que tanto me gusta, y de ahí surge la idea de los hoteles, los whiskies y esas tonteras que solo pasan en los libros cacómanos, en las películas violetas, en la vida recordada, o en otras de las tantas formas de ficción.
Dos semanas después la lituana me abandonó y yo volví a ponerme el traje con corbata, a llenar el maletín con los libros de historia y a dar clases en el colegio Nacional. Lo absurdo, lo kafkiano se había ido con la muchacha de los susurros imperceptibles, y con ella los delirios pedófilos y todos esos sueños americanos, y yo con mis 64 años volvía a acumular años para llegar rápido a la jubilación.

Relato: Patchu Lucero
Foto: Agostina Caglieris

sábado, 29 de enero de 2011

CUERPOS DESOBEDIENTES

Por  Luciana Garamondi
¿Cómo comenzar entonces/a escupir las colillas de mis costumbres y mis días?
 Thomas S.Eliot
Los días habían empezado a alargarse peligrosamente en torno a la casa. En el aire flotaban partículas de calor, y bastaba el deseo, el sobresalto del amor, para echarse a andar entre los bosques, arrebatado por el vértigo de una sospechosa posesión que nos arrastraba hacia sitios inexplorados.
El hechizo del río, la perspectiva nebulosa de todo aquel universo que incitaba a desobedecer, me distraía procurándome una dicha hasta entonces desconocida. Había descubierto el placer de nadar desnuda bajo la atenta mirada de Jimena. Atravesando el bosque había un lugar lo suficientemente solitario para quitarse la ropa, y pasar horas desnuda tirada en la arena, observando las hojas temblar en lo alto de los árboles. Jimena me arrastró hasta ese sitio, cuando el verano agonizaba, no lo hizo antes por temor a que me negara a ir. Nunca me hubiese repuesto de una negativa tuya, me dijo aquella siesta y rozó con la yema de sus dedos mi boca. Por ese entonces, ambas, solo veníamos de visita a Siempre Viva. Al año siguiente tras un encadenamiento de eventos trágicos, nos mudaríamos definitivamente. Pero lo que quiero contarles es de aquel año, donde éramos las extrañas para la gente del pueblo. Una época que estuvo llena de descubrimientos, de acontecimientos imposibles de olvidar. Me crecieron terriblemente las tetas, y los hombres de la casa comenzaron a mirarme de otro modo, una mezcla de temor y fascinación. Para martirio de mi padre empecé a llegar a casa totalmente ebria, a quedarme en otras casas, a refutar cada una de sus teorías fascistas.
Con Jimena, nos conocimos en silencio, caminado por los angostos caminos vecinales, casi arrastrándonos por la droga y el alcohol, diciéndole adiós a todos nuestros buenos modales, a la pútrida educación católica, a la dicha que llega, nos besa, nos coge y se va, adiós al camino fácil, a cierta esperanza de ver el mundo renovado de crueldad, entonces en tal desolación, acudimos una a la otra, como si nos hubiésemos estado buscando desde hace años, a tientas, en una oscuridad ajena a cualquier imagen que se pueda tener de la adolescencia. Ella me hizo tomar otro vaso de vodka-naranja para que me quitara el temor y yo bebiéndolo vorazmente derramé unas gotas en mis pechos junto a la cabeza de Jimena. Susurramos al unísono, con las gargantas ásperas, convencidas que hacia adelante, otra vez no había nada. Después nos invadió la oscuridad, la niebla confusa del desamparo. Teníamos los ojos cerrados y las manos sumergidas en nuestros sexos hambrientos y la espalda transpirada y todo el cuerpo en plena rebelión, rogándole a dios que nos haga olvidar todo, para que cada encuentro fuese siempre inédito.
Me acuerdo de esto, mientras camino por el pasillo de una casa que no conozco, me detengo en sus ojos agigantados por la turbia voluptuosidad, sin saber cómo continuar en esta existencia llena de horas que marchan hacia atrás, instantes donde solo el espanto de haberlo perdido en una apuesta todo, y así avanzo en círculos hasta dar con esa dorada visión que reaparece y es poesía lo que me empuja, pienso, mientras apago recuerdo dando manotazos al aire, esquivando las puertas que se abren hacia la intemperie como el agujero de un vestido desgarrado por la tempestad.
En Siempre Viva, el sol a esta hora debe estar hundiéndose tras un manto de polvo, y la chica que besé unos minutos antes de largarme, estará desnuda frente al espejo, multiplicando las cicatrices que el verano ha amontando o embolsando juguetes de niños sin rostro, y mientras me figuro esto, la noche termina por cerrarse sobre la ciudad, cubriendo de humo todo lo que ansía visibilidad.
No sé porqué atajo he llegado hasta aquí, tras atravesar tu recuerdo, Jimena, luego de exhalar ante el último retorcimiento del cuchillo, mancillando el tieso sudario de mis calamidades, hasta este extraño sitio  he caminado, y es posible que al acunar alguna de las sombras las oiga gemir.
Porque no sé esperar, porque no espero volver, debo seguir hasta desahogarme, hasta que el espejo ya no me refleje, hasta que otra vez no haya nada, pero para eso debo estar a salvo de mis pensamientos que me empujan a incinerarme. Entonces, cuando la mecha anhela el fuego, veo la casa abandonada a orillas del río, que descubrimos aquel verano, y no tardamos en habitarla. En ella tuvieron lugar las primeras incursiones al espanto, cuando empezábamos a tener un poco de confianza en nuestros cuerpos. Nos internábamos en nuestro horror, hasta que toda luz se volvía negra, para luego salir al patio pensando que el murmullo del río nos devolvería la inocencia perdida, pero no había retorno, era nuestro fatal destino quemarnos en la liturgia de nuestras caricias, cerrar los ojos y quedar muertas en un torbellino de dedos profanadores, cómplices de nuestra desobediencia. Después muy tarde, oíamos pasos invisibles, y  el demonio con una estúpida máscara nos decía que debíamos volver a casa, que él se encargaría de acompañarnos, pero antes debíamos arrodillarnos y complacerlo. Si nos lo hubiese pedido amigablemente, con cierto gozo habríamos tomado su pequeño miembro en nuestras manos, y como si se tratara de una flauta enternecida lo hubiésemos adorado, pero el tono con que pedía satisfacción nos disgustaba, y pese a que veces, del cabello nos arrastraba a través de caminos llameantes, no accedíamos a sus peticiones. Solo debía conformarse con observarnos desde la oscuridad, cuando jugábamos a adivinarnos, a descubrirnos en una desnudez desenfrenada.
Ahora que mis palabras crujen, se hacen astillas, diciendo otra vez lo mismo, no sé si todo lo que les cuento ocurrió, pero lo he visto a menudo, en sueños, envuelto en una bruma asfixiante y brillando débilmente al fondo de un lago borroso. Si existió, seguirá estando ahí, entre lo trágico y sus voluntades, en una lejanía amasada con fango, donde somos jóvenes para siempre, y no necesitamos pedir algo que justifique nuestra herejía, y burladas por la violencia de un estampido que acaso no sirva, seguimos caminando aterradas de no amar la castidad de las flores ni la elegancia de una mariposa, avanzando hasta que el alba nos derrote, nos deshaga en la tristeza salada de nuestros besos, hasta que tomemos coraje de reiniciar el camino.


Foto: Bethina Rheims

martes, 11 de enero de 2011

PAPÁ SE FUE DE VIAJE DE NEGOCIOS

Por Rodrigo Heredia

To be lost in the forest forest/To be cut a drift/you´ve been tryng to reach me/you bought me a book/To be lost in the forest.
                            Bloc Party This modern Love
 Con la furia de siempre el sol ha vuelto al jardín, entre el césped recién cortado hay trozos de vidrio verde. Mi prima, Mariana, recostada en la hamaca, haciendo gala de su bikini turquesa no deja de fumar y maldecir este verano inmundo. Todo el mundo anda transpirado, Rodrigo. El calor no te deja respirar. Todo esto sucede, mientras sigo esperando la llegada de Papá. Papá está de viaje de negocios. Falta poco para que regrese. Cuando su sombra se extienda en el patio,ya no habrá momentos de pena. Su risa alegrará cada rincón de la casa, y yo dejaré por un rato de pensar en Javier.
Con Javier nos conocimos en la piscina del club, tal vez pegamos onda porque los dos vivíamos a pocas cuadras del centro, y éramos fánaticos de Jackass. Apenas empezamos a hablar supimos que entre los dos se abría un abismo. Papá dice que a los abismos hay que atravesarlos con los ojos bien abiertos. A la semana me fui a quedar a su casa. Sus padres estaban de vacaciones en el sur. Empezamos a probarnos la ropa de su hermana, y terminamos tirando en la cama de sus viejos.
En el equipo suena  “This modern love" de Bloc Party. Me gusta oír música a todo volumen mientras ordeno mis pensamientos. Siempre pienso en vertical, tal vez se deba a que me gusta danzar al borde de la cornisa, hacer equilibrio ante el precipicio.
 En estos días de ansiedad no he dejado de leer “El inconveniente de haber nacido “ de Emil Ciorán. Me lo pasó, un amigo de Papá. Es mucho mejor que los libros sobre vampiros que lee Javier. Me quedaron dando vuelta un montón de frases, especialmente una  que asevera que aquel que tiene inclinaciones hacia la lujuria es compasivo y misericordioso, mientras que los que tienen inclinación a la pureza no lo son.
En la casa de al lado vive un anciano que a la siesta se cruza de piernas y apoya sus codos sobre su pantalón grasiento. Me distrae mirar como sus manos juguetean con un mendrugo de pan en pleno itinerario a su boca. Ahora su vista esta clavada en el cuerpo voluptuoso de mi prima, rememorando, quizás, sus antiguas hazañas sexuales. Casi sin querer, de su boca desdentada que mastica sin fuerza, brotan las palabras: "Hermosa, dame un beso”.
El tiempo de Aníbal, mi vecino fue un tiempo sin esperanza y desolador. Hubo frío, guerras, ruinas, moribundos, lamentos, maquinales cantos de pájaro, y árboles desamparados. Aníbal  busca o quizás añora el regreso a su origen oscuro- luminoso, bestial o angelical de hombre ligado a la tierra.  Apenas me ve, exclama,Rodrigo, tus estrellas, son  un cerco de nefastos presagios, y enciende el décimo cigarrillo del día.
Para Aníbal, las ciudades son invenciones que exaltan el poderío del hombre sobre la naturaleza. Las ciudades son como estrellas, condecoraciones, triunfos del progreso, leí en algún libro. Pero las estrellas también son guillotinas, que decapitan todo lo que es un obstáculo para el progreso. Guirnaldas cuelgan sobre la tierra. Eso lo dijo mi padre un día que fuimos a pescar.
Mi prima cree que la naturaleza, la luz, todos los colores, sonidos y olores son tan puramente cristalinos naturales y brillantes, que hieren todos nuestros sentidos, y nos cargan de una infinita alegría o tristeza, bondad o maldad da igual. Me abraza, y me dice: “Rodrigo, tus estrellas son un racimo de brillantes presagios” Luego me dice: “En la mirada está escondido el placer, somos lo que nos dicen nuestros ojos.” "Lo más alto, está en lo más bajo, lo más complicado y enmarañado esta en lo más sencillo: Ver.” Seguro  que lo leyó en uno de esos estúpidos libros de autoayuda.
Mientras todo esto sucede no puedo olvidarme de Javier, con quien arreglamos dejar de vernos unos días para alejar cualquier sospecha.
Mañana debería regresar Papá, tal vez vamos a la costa unos días. Mientras tanto entre mis cosas, entre mi ropa interior oculto de la mejor manera lo que hicimos hace una noche atrás con Javier.

Rodrigo Heredia nació en Naschel,San Luis, en 1992.

Fotografía: Erwin Prum