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jueves, 8 de diciembre de 2011

SALA DE URGENCIAS I

                            Por Ezequiel Garone
I. ITINERARIOS
           Cada vez que viajo me acosa un exceso un confianza, y llegó a convencerme que si el colectivo colisionara de frente con un camión sería el único sobreviviente. En eso pensaba mientras esperaba El Rápido Ascendente y apaciguaba el calor sofocante con una cerveza negra. Era octubre y el verano parecía a punto de estallar. En la televisión se emitían las imágenes de unas chicas haciendo pilates. Este año se va a adelantar la temporada de culos, pensé, y me puse a mirar un grupo de mujeres que en una mesa cercana tomaban coca-cola y consultaban con cierto interés un mapa carretero. Me llamó la atención la rubia con rostro de chica escort, sus ojos irradiaban una extraña y diabólica fuerza que te hacía sentir que si te acercabas a ella no tendrías la menor posibilidad. Acabarías mordiendo el polvo. Entre sus pechos puntiagudos que asomaban tras el escote generoso de su blusa resplandecía un crucifijo. La observé durante un rato, convencido que no la volvería a ver nunca más, y volví a mi lectura de un libro de poemas de Robert Browning.
Cuando la tarde empezaba a agonizar llegó, con tres horas de retraso, el colectivo. Me acomodé al lado de un anciano que leía con indiferencia una revista de aeromodelismo. Me recordó al abuelo de un amigo que hace años construyó a escala un Sea Harrier con un motor Glow- plug, funcionaba con una mezcla de aceite, metanol y acetato. Era todo un acontecimiento en el pueblo verlo volar en círculos sobre el arroyo. En el asiento de atrás un tipo le preguntaba a otro si había probado la leche materna. Un tercero los interrumpió y les dijo que se parecía a la leche en polvo, pero más aguada.
El camino entre la ciudad y Las Cruces, resultó bastante monótono. Cuando alcanzamos el llano había oscurecido por completo, y sólo se veían palpitar las lucecitas tenues de alguna casa en medio del campo. Durante todo el viaje no dejé de pensar en un poema de Browning que habla acerca de un “anciano decrepito, con ojos maliciosos”, y pensé en que la descripción se ajustaba a ese viejo que viajaba sentado a mi lado. Se había cansado de mirar la revista, y de vez en cuando me echaba una mirada implorándome que iniciáramos una conversación.
Antes de las diez, ya estaba en la plaza de Las Cruces esperando a Matías. Durante la espera releí algunos de los poemas que leeríamos en el Encuentro de Poesía Joven de Las Lajas, y me parecieron horribles. ¿Cómo demonios pude escribir esta idiotez? La calma brillaba/en su interior/pero no podía encontrarla. Sólo un idiota podría escribir eso. Traté de corregir algunos versos pero un acceso de desencanto me invadió y los arrugué con violencia. Encendí un cigarrillo, contemplé el bollo de papel y lo arrojé a un charco de agua mugriento. Jamás voy a escribir algo de lo que me sienta orgullosa, es pura mierda lo que escribo, pensé y no sé porqué me acordé de un profesor de educación física del secundario que repetía todo el tiempo la cita de Leopold Von Ranke, que dice algo así como que en cada instante podemos empezar algo nuevo, que nada existe en virtud de lo demás. Ninguna cosa, alumnos, se disuelve en la realidad de otra, En eso pensaba cuando llegó Matías con dos chicas. Una morena, con los labios carnosos, unas tetas pequeñitas que apenas se notaban bajo la remera, y un largo y oscuro  pelo ensortijado. Se parecía a la prostituta dominicana que llevé a almorzar a casa el fin de semana pasado. La otra era pálida y delgada, y a lo largo de su cuerpo llevaba un sinfín de adefesios. Anillos, colgantes, pulseras, camafeos, prendedores, aros, piercings. Cuando se movía crujían todos los ornamentos. Ellas van a dormir, van a dormir con nosotros, dijo Matías, y buscó en el bolso una botella de ginebra. Caminamos por las calles del pueblo de la mano de las chicas, casi sin hablar, pensando en cualquier cosa, menos en ellas. Cuando nos detuvimos junto a un estanque donde la luna se reflejaba sobre el agua putrefacta, y croaban como poseídos una horda de sapos, la chica pinta de puta dominicana tomó mi mano, la observó de cerca con un gesto de admiración y me aclaró que sólo dormiríamos. No te pases rollos con otras cosas, ando con el período dijo y apretó con fuerza mi brazo. Me sonreí, tomé un trago de ginebra y cuando iba a decir algo, me interrumpió. ¡Eres muy flaquito! La miré con un gesto de repugnancia, y le conté acerca de una casa de putas donde apenas entrabas te recibía el olor a sexo. Un lugar siniestro, donde por las noches se podía conseguir cualquier cosa. Desde drogas hasta rifles automáticos. Cuando cumplí quince mis tíos me llevaron para que me quitara la virginidad, me hicieron beber una gran cantidad de cerveza, y llamaron a una chica centroamericana, se parecía a vos, le dijeron que me tratara bien, que me iniciara con todo el cariño del mundo, y cuando pasamos a la pieza y empezó a desnudarse, me dio tanta pena ver sus tetitas pequeñitas, casi inexistentes, que tuve que luchar mucho para tener una erección. Creo que Marlon Brando decía que una mujer sin tetas para él era una paralítica. Estás inventado eso, eres un hijo de puta mentiroso dijo y se apartó de mí. Matías trataba de convencer a la otra chica que se arrojaran desnudos al estanque. Vamos a salir comidos por las sanguijuelas, es una locura tirarse ahí. Vamos a quedar pegados en el fango. Cuando era chica venía a nadar con mis hermanos, pero estaba un poco más limpio. Estás equivocada, es demasiado profundo como para tocar el fondo. La chica sonrió y se acercó al borde. Lanzó una piedra, que al caer pareció ser devorada por las aguas. Ves, no hay más que lodo y sanguijuelas ahí. Durante un rato discutieron acerca de la idea de saltar, sin ponerse de acuerdo. La chica pinta de puta dominicana indiferente a la  conversación fumaba un cigarrillo, y yo pensaba en que era errar el disparo pasar la noche junto a estas chicas. Deberíamos haber ido a algún bodegón y emborracharnos.  En eso aparecieron tres tipos de uniformes verdes, armados con unos palos y a los gritos nos echaron. En medio de una lluvia de insultos corrimos hacia la calle donde unos niños intentaban hacer estallar un petardo dentro de una botella vacía.
Tuve la sensación mientras caminábamos a la deriva que esta noche sería más larga de lo habitual, y que sería una verdadera lucha atravesarla. No bien amaneciera deberíamos estar en la ruta para hacer dedo. Teníamos que confiar en que algún viajante nos diera un aventón. La ruta entre Las Cruces y Las Lajas, es un verdadero desierto, y hay que confiar mucho en la suerte para que alguien te levante.
Las chicas cuando se hicieron las doce, decidieron cambiar de plan, y fueron a un club donde tocaba una banda de cumbia. Era un lugar pequeño, donde la gente se apretujaba, y daba gritos eufóricos. La banda los arengaba, pidiéndoles que no se detuvieran, que bailaran hasta quedar muertos. Nos acomodamos con Matías en la barra a tomar un fernet, mientras las chicas buscaban un compañero de baile. Al lado nuestro un muchacho totalmente ebrio intentaba hablar por celular con su novia, y convencerla que viniera, que esto era una verdadera fiesta. Al cabo de un rato, nos aburrimos, y viendo que las chicas habían encontrado compañía, nos fuimos a buscar un lugar donde acomodar las carpas. Una luna obesa colgaba del cielo, y su luz opaca, macilenta, hacía mucho más miserable al pueblo.

Fotografía: Lucas Samaras

martes, 20 de septiembre de 2011

UN ELOGIO A LA FUGACIDAD O LA INSOPORTABLE IMPOSTURA DE LA BELLEZA

 Por Marcos Freites
Ella dice que soñó que abría los ojos en una habitación y alguien la tomaba de las manos. Entonces hace una larga pausa, toma aire y observando la imagen que le devuelve el espejo frente al que está sentada, exclama  que todo esto es muy curioso, demasiado inusual. Por lo general sueño que voy a comprar zapatos, que me duermo en el spa luego de una sesión de masajes, pero  soñar que un extraño te toma de las manos y te arrastra hacia una cama donde una pareja hace acrobacias sexuales es… (Busca una palabra. Sus manos hacen un rápido ademán en el aire.) … es tan loco. ¿Lo podés imaginar? Me pregunta y sin esperar una respuesta agrega que empezó a tener sueños extraños después que su familia se mudó a una antigua casona ubicada a orillas del río. Entonces entra su novio, un joven con aspecto de promotor de agencia de viajes estudiantiles, y pregunta donde están las mancuernas. Ella se encoge de hombros y esboza una leve sonrisa. El joven me dice mitad en serio, mitad en broma que no le debo creer demasiado. Desde que la eligieron la chica del verano en un festival no hace otra cosa que fabular, asegura y se aleja silbando. Ella niega que haya cambiado, tal vez cambió mi vida pero por dentro sigo siendo igual. ¿No te parece? Pregunta y cruza sus piernas interminables.
Carmen nació en Las Lajas, en el mismo paraje desolado donde transcurrió mi adolescencia, pero desde muy niña buscó escapar, saltar las murallas invisibles  que cercan todo pueblo y lo hizo transgrediendo todas las reglas, dejando tras de sí una estela de leyendas. En el pueblo hay un puñado de buenos muchachos  que aseguran haberla visto nadar desnuda en el río, haber presenciado un lento streap tease en torno a las hogueras primaverales. Carmen se ríe de estos comentarios y dice que algo de verdad hay. Cuando el río suena siempre trae agua. Sólo la transgresión puede arrancarnos de la monotonía de vivir en un sitio donde nunca sucede nada. Siempre tuve en claro que si una mujer sabe usar con inteligencia su  vagina puede alcanzar el cielo. El cielo es el límite para una chica linda.
La noche ha empezado a cercar la casa, y el cuerpo de Carmen a medida que oscurece en su amplio jardín se torna más sugerente, como si la oscuridad revelara otra Carmen, muy parecida a la que quiero desentrañar. Porque yo conozco a la Carmen adolescente con quien a finales de los noventa arriba de un techo escuchábamos canciones punk en un radiograbador desvencijado,  a la chica tentación que inútilmente intentaba enseñarme a bailar cumbia en los juegos florales, a la vecinita lasciva que hacía topless a orillas de una Pelopincho bajo el ardiente sol de enero; pero no a esta Carmen que en un rápido parpadeo se convirtió en un objeto deseado por media provincia desde que posó cubierta sólo por una carpeta de Hello Kitty para Altas pendejas, que desfiló para las principales tiendas de ropa de la ciudad, que fue la sensación del último carnaval, que encendió la noche de una discoteca puntana con su show de la secretaria perversa, y lo más importante de todo, que fue chica de tapa de una revista erótica muy importante.
La tapa que hice para la revista fue muy jugada. Un desnudo frontal como nunca se vio. Desde atrás unas manos me agarraban, mejor dicho me estrujaban los pechos. Fue un homenaje a Janet Jackson a quien admiro muchísimo. Desde hace tiempo quería hacer algo jugado, pero no quería saltar sin red. Necesitaba hallar protección. Viste. Todas las chicas necesitamos un cielo protector. Hasta que encontré un amigo-mujer, Tony Rodríguez Hudson, que pudo ver todo mi potencial. Enciende un Virginia Slims y agrega, que la fama dura apenas un instante, y a ese instante tenés que exprimirlo. Sacarle el jugo. La belleza es fugaz. Ahora la tenés, mañana la perdiste. Eso lo sé desde la primera vez que besé a un hombre. Empezar a amar es darse cuenta que los encantos de los que nos enorgullecemos son bastante efímeros. ¿No te parece? Me increpa y como siempre no espera mi respuesta. Las luces de los reflectores siempre están dispuestas a posarse en nuevos cuerpos. Así que mientras tengas “eso” que las otras no tienen: apro-ve-cha-lo. Deletrea la palabra y deja escapar una risita picara, como si ocultara mucho más de lo que muestra.
Antes de hacer la nota, alguien me advirtió que las chicas lindas van construyendo mecanismo de autodefensa, armaduras hechas de palabras frívolas para esconder su verdadera esencia, ese don sublime al que sólo pueden acceder unos cuantos afortunados dignos de su querer, mientras el restos de los mortales debemos conformarnos con una serie de espejismos  donde creemos vislumbrar cierta verdad. También me aconsejaron visitar, mejor dicho explorar tres lugares en la casa de una mujer fatal. Tres sitios donde se satisfacen los instintos más bajos. Entonces le pido que me muestre su heladera, su dormitorio y su baño. Carmen accede sonriente. Cree que es parte de algún juego. Al abrir la heladera, como era de esperar me encuentro con una gran cantidad de productos light. Sólo logra llamarme la atención un trozo de carne blanda que parece a punto de manar sangre. Subimos por una escalera de madera angosta hasta su cuarto donde florece una cama redonda con un colchón de agua que parece tener vida propia. Cuando uno tiene una casa, afirma Carmen, debe preocuparse por tener una buena cama. Si te pones a pensar,  la cama es el lugar donde ocurren las cosas más interesantes de la vida. Por lo general en una cama naces, te reproducís y te morís. Entonces hay que comprar una cama que este a la altura de los acontecimientos.
Me enseña con orgullo un armario repleto de zapatos y zapatillas. Se sienta en el borde de la cama y me cuenta que la primera vez que posó desnuda fue para un amigo fotógrafo. Estábamos tomando vodka con naranja, y le digo por qué no hacemos unas fotos. Entonces el pibe me dice sácate toda la ropa y yo sin dudar mi puse en bolas. La pasé genial. Sentí algo que recién varios años después volvería a sentir. Las fotos las subimos a su fotolog. Fueron un éxito total. Deberías haber visto la cara de mis compañeras de secundaria. Me trataron como si fuera un gato. Por último me muestra el baño donde surge una gran  tina de mármol donde para delicia de su novio  debe pasar largos ratos solo cubierta por espumas. Mientras ella juguetea con un pececito  de plástico  amarillo y me narra los acontecimientos que le permitieron conocer a su novio, observo el espejo que pende del techo reflejando de forma divergente nuestras figuras.
El reloj va a marcar las diez, y Carmen me pide que me vaya. Es sábado a la noche y debe animar un evento. Me tengo que empezar a preparar dos horas antes. Me gusta la puntualidad. Es agobiante andar corriendo contra el tiempo. ¿No te parece? Pregunta y como siempre ella misma se responde. Me pide que vuelva, así recordamos episodios de la infancia, pero los dos sabemos que  no habrá una próxima visita, que estas dos horas han sido suficientes, que lo que nos une son apenas un puñado de recuerdos compartidos en un pueblo, en un tiempo, que han quedado demasiado lejos, a los que no deberíamos retornar porque eso significaría que la huida no ha sido definitiva, que el pueblo ese sitio amurallado del que logramos escapar, nos ha vuelto a atrapar.
Afuera una luna redonda y obesa, cuelga del cielo, y el otoño se anuncia en el degradé del verde al amarillo de los árboles, y pienso en que dentro de unos años encontraré a Carmen en un café de alguna ciudad extraña y no nos alcanzaremos a reconocer, aunque para los dos está época será la favorita, la que sintonizamos con mayor frecuencia, en la que nos sentiremos más cómodos a la hora de revisitar el pasado.

Fotografía: J.J.Reynoso

miércoles, 26 de mayo de 2010

CRÓNICA DE UN VIAJE A LA NADA

    En el mediodía, la ciudad, los pájaros, la gente son una cercanía que va dejando el invierno al irse. Algunas veces San Luis se parece a una estepa miserable, donde sólo puede crecer la desidia.  Pienso esto, mientras nos sentamos en el colectivo. Matías abre una caja, y saca su nueva edición adquisición: la edición en vinilo de Grasa de las Capitales de Seru Girán. La caratula que imita la portada de una revista de chimentos surge impactante, como un caleidoscopio kitsch. Me hace recordar a la primera vez que tuve Revolver de Los Beatles. Lo compré, y no tenía dónde escucharlo, pero lo llevaba siempre conmigo. Me daba miedo dejarlo solo en casa. Píndaro pensaría que le estoy dando demasiada importancia a algo que no merece. 
Dando sacudones arranca el colectivo, Matías sigue hipnotizado recorriendo con sus dedos la textura oscura del disco. Esa piel melodiosa.

El sol hace resplandecer la autopista. Con tristeza veo evaporarse los caseríos suburbanos, las fábricas grises como gigantes varados, las casas prostibularias con sus cartelitos coloridos. Píndaro permanece indiferente con los auriculares puestos escuchando a Strauss.
 He conocido personas extrañas, seres con fobias, manías, pero ninguna como Píndaro. La primera vez que hablamos me explicó una extraña forma de afinar arpas, luego me preguntó qué era un bajo. Seguramente crecimos en la misma casa, sólo que él salió con elegancia por la puerta grande, mientras yo me emborrachaba en el fondo ahogando la ansiedad con tinto barato.
El campo aparece monótono a ambos lados, repleto de árboles raquíticos e islotes de quebrachos, sólo alterado por uno puestos miserables dónde lo único que relumbra es alguna represa de agua verdosa. Vemos una bandada de pájaros oscuros volar en formación perfecta junto al tendido eléctrico, un coche ardiendo sobre la banquina, vacas pastando, un perro huérfano tirado bajo el sol, y con Matías recordamos el poema de Rubén Almada, Aquí vamos eternidad, dónde describe en forma de polaroids un viaje alucinado en el que cada verso va generando un nuevo escenario. Poesía espacial.
Balde nos recibe con su aliento a desamparo. La estación de trenes habitada por una sombra de locomotoras a la deriva, cobija nuestra fatiga. El sol clavado en el medio del cielo esparce su ardor. Las vías del tren se extienden como un esqueleto de serpiente, amparadas por el pasto reseco y quebradizo. Matías se quita las zapatillas y sentado en posición de loto enciende un cigarrette. Unas chicas empujan una carretilla y le echan unas miradas a Píndaro, que dispara su cámara contra los muros derruidos de un viejo almacén. Los observo, y tengo la sensación que instantáneamente sus cuerpos han adoptado el ritmo del pueblo, cadencioso, lánguido, sólo perturbado por los coches lujosos y veloces que visitan las termas. Como decía el poeta chileno, Jorge Teillier, los pueblos tienen su ritmo, y el de Balde está sujeto al principio de quietud, como si un órgano de iglesia somnoliento resonara en el comienzo de la tarde.
Primitivamente, Balde, fue una estancia, un lugar poblado de vacas y peones, cuyo único acontecimiento era el paso del tren. Bajo la sombra de los tamarindos Fray Marcelino, repasaba sus lecciones de teología y soñaba con una vida de santo, mientras la cruz de Caravaca resplandecía en sus sueños.
Al lado de la comisaría, hay una glorieta que lo recuerda, como hijo pródigo del pueblo.
Nos sentamos en la plaza para planear algún recorrido posible. Moscas zumbonas vuelan de un lado a otro, bajo el sol pegajoso de primavera. Unos niños cantan. Decidimos caminar hacia las vías para hacer unas fotos. Matías trepa hasta lo alto de una torre, y desde lo alto me saluda haciéndome cuernitos. Píndaro se obsesiona con los vagones abandonados, y sugiere el argumento de un cuento, en el que la protagonista es nuestra redactora estrella, Ivana. Matías propone que vamos a Merlo a visitarla, alguna noche, y le llevemos de regalo algún libro de Poe. Tal vez después de leer algunos cuentos, podemos idear alguna linda orgía.
En busca de saciar la sed entramos a un bar. Al cruzar el umbral tropiezo con alguien. Es un sujeto, oscuro, grandote, con bigote. Me echa una mirada inquisidora, y con una botella envuelta en papel de diario, se aleja. En la rockola suena una canción de Creedence. Un gordo sin dientes que rumia un armado se nos acerca, y nos pregunta de dónde somos. Somos de La Ponderosa, responde Matías. El gordo piensa un momento, amaga una respuesta, se detiene y nos dice, espero que les hayan dado permiso.
Nos sentamos en una mesa coja de madera, que tiene grabada una rosa y una serpiente de manera burda, y pedimos dos ginebras y una paso de los toros. El cantinero, un sujeto flaco, chupado, con marcas de la viruela nos sirve en unos vasos de vidrio marrón, y nos pregunta si no sabemos quién son esos gringos que cantan, Molina, Molina. A todos les gusta esa canción cuando están borrachos, agrega, y sin esperar la respuesta se va, dando una especie de zancadas.
Desde un rincón unas sombras nos saludan. Píndaro devuelve el saludo con aprensión. Matías le dice que no se preocupe, que la gente en los pueblo es pacífica. Alguien de otra mesa se acerca con un vaso de vino, nos pregunta si se puede sentar con nosotros. Nos cuenta que viene del norte, que tiene un auto veloz capaz de ir a cualquier lugar, y durante un rato se queda mirando su vaso, ajeno a todo.

El sujeto que durante un rato se había quedado inmóvil mirando el vaso, de pronto levanta la vista, y empieza a hablar. Tengo un auto que nos podría llevar a cualquier parte, sólo me tendrían que ayudar a empujarlo. Una vez que arranca, no se detiene más. Matías le dice que podríamos ir hacia El Divisadero, tal vez animado por las palabras de Almada, quien nos aseguró que desde ese paraje se ven los mejores ocasos.


El Falcón se pone en marcha con facilidad. El ruido del motor parece atropellar la brisa helada que suelta la tarde. Píndaro se fija en un mapa gastado y le ordena al conductor dirigirse rápido hacia el norte. A medida que avanzamos el campo parece más ardido, como si una gran bola de fuego hubiese arrasado con todo síntoma de verdor. Filas de álamos delatan la presencia de una estancia perdida en el silencio. Con suavidad la noche se echa encima de nosotros. El hombre que conduce el auto, nos dice que nos va a llevar a dónde empieza la noche. La noche empieza en el cuerpo de una mujer, afirma Almada en su poema El fabricante de cisnes.

Vamos recorriendo kilómetros y kilómetros. Un rancho a punto de derrumbarse, un camión volcado en la banquina, un cartel que indica un desvío. El paisaje parece arrasado por una manada de felinos prehistóricos que han devorado toda forma de vida. El reloj no se detiene. La oscuridad se arroja sobre nosotros, y así casi a ciegas llegamos a un punto en el que dos caminos angostos se abren al infinito. Al lado derecho se ve un campo de maíz, recién segado, una casa pequeña que suelta bocanadas espesas de humo. En el cruce hay una flecha de madera en la que se lee “Macho muerto”. Realmente poco importa lo que significa, nuestra marcha ha concluido, el círculo se ha cerrado, tal vez continuemos viajando pero en este punto, todo ha terminado, y eso lo sabemos todos, excepto el conductor que bebe de una botella de plástico y nos invita a un prostíbulo dónde asegura que hay unas brasileñas que por veinte pesos te la chupan. Tras decir estas palabras suelta una carcajada como un graznido.
Sobre las líneas de alta tensión vemos volar unos pájaros oscuros sin rumbo, callamos, y sin fijarnos en la distancia que resta para volver a nuestras casa, empezamos los tres a caminar en silencio.
M.G.Freites


De izq. a Der. Píndaro, Patchu Lucero & Marcos Freites, en Balde.Septiembre,2009.


viernes, 4 de septiembre de 2009

PARANOIA Y DESPUÉS


Patchu Lucero inicia un viaje alucinado y paranoico por una Arizona desolada que agoniza en sueños. Es solo el principio de una cabalgata errante por el lado oscuro de San Luís.
Ella 
Capítulo I
       
               Cinco de la tarde, fragilidad de un alma desnuda, el iris ha dejado de luchar por con la ansiada nitidez. Desesperar, dejar de esperar, abandonarse a ese apuro humano y anidar a oscuras esta triste fatalidad moribunda. Respirar sin dudas aceleraría el proceso, pienso, luego siento esa frescura que abandonó la gravedad, y la muerte es dulce, tan dulce como este agua que todo lo puebla. Mis manos están vacías, mi cuerpo desnudo para el preludio despojador. ¿Cómo algo tan vital te puede matar? La última palada terminó con toda esperanza de una agitada pesadilla, la gris lápida rezaba Rosario, un montón de jeroglíficos querían ser parte del horror de un espíritu en viaje. Mi alma agobiada por un eterno adiós, y el torrente salado surcando mis desgastadas facciones. 
    Una plegaria enlutada encarcelada entre los barrotes de mis dientes, mientras los kilómetros pasaban nublados de lágrimas, la ruta 148, la que veía a Buena Esperanza de pasada, me observaba con triste llanura en sus ojos. Pasó el cartel de “Bienvenidos a Arizona”, tan rápido y sin sentido como pasa una alegría en esta vida, y mis largos pelos se arremolinaron en la desolada terminal. 
    Un viaje fugaz huyendo de este tiempo, con mochila liviana y zapatilla desatada. Rincón olvidado por Dios, viento que domina la llanura interminable. Pasaban los días en el pueblo nostálgico de trenes que lo poblaban con artificios de ruidos. Miradas amantes de otros tiempos. El sol se iba despacito, y entre los castaños rulos mezclados con el humo del cigarro, mis ojos despedían los dedos rosados que caían sin estrepito alguno. Caminé por las desérticas calles con alguna triste canción encarnada en mis neuronas. Parece que el viento nunca abandona, pensé levantando el cuello de la liviana campera que espera el calor primaveral. Llegué a la plaza y unas notas de lentos compases susurraron en mis oídos, caminé distante buscando el origen, y ahí, apoyada a ese joven caldén estaba ella. Su acordeón dibujaba arrugas melódicas, su cara desencajaba con el lugar común. 
        Al mirar sus ojos sentí como si nunca hubiese conocido ese color, una miel, imponente matiz del mejor de los sueño; labios finos y el rosado no se escapó de los delicados trazos con que fue pintada; su nariz puntiaguda, apuntando al que baña los cielos con sus muchos amarillos; su tez era tan blanca que llegaba a encandilar hasta a un ciego; Dios se enamoró antes de tiempo; estaba salpicada de estrellas marrones, tan chiquitas que parecían pecas; y la vida es corta y efímera; sus ojos tallados en blanda madera de importación estaban surcados por una sombra que delineaban naturalmente; y gotas de belleza la bañaron el día en que las ninfas envejecieron. Sus delgados brazos, vestidos por esa desgatada campera de corderoy, vacilaban al compás de una triste canción circense. Sus lacios pelos pintados de marrón, surcaban dibujando sus jóvenes pechos. No se percató de mi presencia, yo la miré absorto en una desgarradora melancolía. Tres años después que mi chica murió, yo estaba allí entre sus brazos. 
     Hacía unas semanas la había visto por primera vez, y ya conocía sus palabras lejanas mientras tarareaba un blues de B. B. King. ¿Alguna vez viste nevar?, preguntó mientras sus ojos desnudaban mi rigidez.
Si, contesté.  
       La frialdad todo lo envuelve y ahuyenta los sonidos. Pero no es otra cosa que una historia de amor, una simple y triste historia de amor, siguió con su voz nasal. Aspiré el humo del cigarro a fondo, tosieron mis pulmones; ella tenía una gran capacidad para escarbar la vieja herida que nunca dejó de supurar. La miré para que continuara, su desnudez estaba bañada por las sombras del cuarto, era perfecta, me acerqué y la besé; dejé que sus pechos me rozaran y sus manos recorrieran mi espalda. Toqué sus talladas caderas, y en cada prologado beso el dolor se hacía paso como una afilada cuchilla que se relame con la húmeda carne viva, de a poco, absorbiendo cada gemido de dolor. La transpiración caía lentamente por nuestros cuerpos, me iba haciendo adicto al dolor espiritual de su sexo, y su expresión absorta quedaba elevada en el altar de la phisis. 
          El amor entre un árbol y la luna, parecía que nunca olvidaba, que nada olvidaba, que se relamía con cada gota de mí sufrir. El árbol con sus brazos estirados clamando por la lejana luna, y en esa noche oscura, cuando todos duermen, ella llora mil lágrimas blancas. Con una silenciosa desesperación, el guarda los fríos copos que se derriten con el viento. El enojo me consumía, me levanté violento, y comencé a vestirme, parecía que se alimentaba de cada gota de dolor que rodaba lastimosamente por mi pecho, la sien latía al ritmo de la explosión y la furia era ese vaso que anida en el piso, roto en mil pedacitos cortantes y expectantes de sangre que se demarra. No dijo nada, podía sentirla sonriendo a mis espaldas. Salí atropellado a la calle, a la fría calle; la noche estaba en su mayor esplendor. Caminé, caminar, ese era mi destino, caminar dejando mil proyectos hechos añicos, rotos, destrozados, inexistentes ya, transformados en un polvo gris que anida en la nada y más allá. Ella quedó en la cama, sola con su desnudez, sola, tan sola como siempre, tan sola como yo.
 
Patchu Lucero, Nació en Rio IV en 1991