domingo, 15 de abril de 2012

LO QUE SE NIEGA A MORIR O LAS LETRINAS DEL PARAÍSO

                       Por Alberto Ferrer 

Para conocerme mejor debes acercarte, dijo Ella, y se sentó en la cama con los ojos extraviados.
 -Te conozco demasiado, respondí casi sin mirarla. 
Tras la ventana un tren con las luces encendidas se alejaba bajo la lluvia hacia el oeste. Afuera se oía el ruido ahogado de las máquinas de demolición. El soplo caliente de las dunas se arremolinaba sobre el follaje de los árboles calcinados. 
-Me conoces hasta dónde yo he dejado que me conozcas, murmuró y se acercó a la ventana y ahí permaneció dejando ver la mitad de su seno.
 La miré como se mira a una extraña, y supe que de una vez para siempre sus ojos me eran ajenos, que luego de la explosión aquella mujer habitaba un cuerpo desobediente, un cuerpo que era inmune a cualquier orden.
-Ahora que lo pienso bien, respondí, te desconozco, ya nada te puede dominar. Tal vez debería ir a buscar a mamá.
-Es inútil, no tienes equipo para atravesar la ciudad, ni siquiera una máscara antigas. Además como tú dices, mamá debe estar muerta.
-Podría tomar el coche y rodear la ciudad. Sabes que lo he hecho en otras situaciones de emergencia. 
-No seas idiota, la ciudad está cercada por las patrullas. Hasta los atajos deben estar cercados.
- Entonces debería quedarme contigo.
-Me parece bien, sólo que me preocupa algo, dijo, y alzando la voz salió de la habitación. 



Escuché el ruido de sus botas atravesar el largo pasillo, luego subir la escalera hasta la planta alta. Intenté sintonizar alguna radio que diera alguna noticia de último instante pero la mayoría estaban intervenidas, y sólo estaba al aire una radio cristiana dónde un profeta evangélico daba gritos de algarabía debido a que el fin se acercaba, y pronto su tribu se reuniría con Cristo. Uno o dos pensamientos psicóticos me atravesaron la cabeza. Apagué la radio y busqué algo de combustible, quizás incinerándonos era la única forma de salir de la cabaña pronta a desmaterializarse. En ese instante bajó Ella cubierta apenas por una toalla que dejaba al descubierto su pecho de amazona.
-Empecé a llenar la bañera, vamos a refugiarnos ahí, pronto habrá una nueva explosión. Al fin tendrás lo que siempre deseaste, susurró y volvió a subir.
 Aspiré profundo, me mordí los dientes, luego me eche en la boca un puñado de grageas estimulantes acompañadas de un sorbo de aceite especial, y subí con la mente sobreexcitada.
-Debo mostrarte algo, dijo y hurgó entre los cajones de un mueble.
-He visto demasiado, contesté, quizás ya no me interese ver nada.
-¿Y si te digo que tengo una Tunguska 1908?
- Hace mucho que no oigo esa palabra. La había olvidado por completo.
-Verás una auténtica Tunguska 1908 capaz de provocar grandes descargas electromagnéticas. Debemos ser cuidadosos, durante todos estos años estuvo viva, me aconsejaron aniquilarla, pero desde hace un tiempo me fue revelado la inminencia de está catástrofe, y decidí preservarla. 
-Me interesaría verla, debe ser una máquina demasiado compleja, más aún si ha permanecido viva tanto tiempo.
Buscó entre la ropa sucia una caja metálica, le dio tres golpes, acercó el oído y dio un grito de júbilo.
-¡Aquí está! ¡Aquí está!, exclamó, y tú te encargarás de abrirla.
Traté de recordar las antiguas Tunguskas, hubo una época en que me encargaba de desactivar estos engendros. Recordé una modelo Tesla que habían utilizado para adaptar a los estudiantes del nivel medio al ritmo fabril. Eso había sido antes de que fuera reemplazada por la Vanavara que era más versátil y menos peligrosa. Sin pensarlo abrí la caja de un modo violento, y vi la máquina encendida, vívida, con su gabinete rojo y sus antenas cromadas, lista para hacer su trabajo devastador.
-Deberíamos programarla ahora mismo, ordenó.
-Quizás si la utilizamos de forma correcta nos expulse hacia algún refugio, contesté, tratando de recordar el código común.
-Es una estupidez, repuso ella, está máquina jamás nos salvaría, para lo único que sirve es como solución final.Tenía razón fueron construidas para hacer el trabajo sucio que el hombre se negaba a hacer, y eran fieles a su función. Ingresé el código y activé su mecanismo. Pude oír el traqueteo de sus engranajes, el zumbido de sus pequeñas hélices, la cuenta regresiva dictada en una lengua muerta. Ella apagó la luz y se sentó a mi lado.
-Ahora sólo nos queda esperar, dijo acariciando suavemente mi cuello, su mecanismo es infalible.

Fotografía: Diane Arbus 

Ferrer, Alberto ( Nació en Tilisarao en 1988) 

miércoles, 4 de abril de 2012

WELCOME TO THE FALKLAND ISLANDS

por Matías Lucero

Y ahora con los hijos de los Beatles. Como un renacimiento de la locura "sesentosa" que dejó a todos con el "Culo mirando al sudeste", y todos eran ingleses, se olvidaron de las invasiones del 14 de abril de 1806, a los Beatles no les tiramos con agua hirviendo al mejor modo neanderthalesis. A ellos con las flores, con el LCD en los carritos de helado. Y después las Malvinas, un 2 de abril cargamos las Winchester del abuelo y partimos a buscar "Malvinas". Malvinas como un grito de esperanza, Malvinas y una banda en los ojos al rulo que no volvía a casa, Malvinas y otra vez poder salir de la casa a las 3 de la mañana. 
¡Los Beatles! a otra cosa, mariposón. Comprate un Falcon y escuchá a D`arienzo, ¿acaso no sos argento, carajo? leamos el Martín Fierro. ¡Vamos a Malvinas! papá por fin va a estar orgulloso. Vayamos a Malvinas y quedémonos por allá nomás. Después te vengo a buscar nena. Vamos a hacer una nueva vida. Malvinas seguramente es hermoso, y allá no se toma agua, allá la gente toma petroleo. Son personas hermosas, con cuerpo de caballos, y tienen pelajes blancos, y todos hacen el amor en las calles, porque allá vamos a ser libres nena. Vamos y son como una misma conjugación. De una volada del Pucará y hundimos todos los barcos del tiempo. 
Después (siempre hay un después) volvieron de Malvinas que resultó ser un lugar dónde vivían los Kelper, resultó que Malvinas se llamaba Falkland y que era fangoso, y que en las escuelas flameaba la bandera de los Beatles. Fue culpa de los milicos, vos no te hagas cargo negro. Andate a tu casa, perdón, no tendrías que haber ido. Mirá, ahora te doy un bono para que te quedes tranquilo en tu casita, para que te olvides de las islas che. Que no son para tanto. 
Antes escuchabamos los Beatles, leíamos a William Shakespeare y mirábamos las de Hitchcock, ahora escuchamos a Mc Caco, leemos a Coehlo y miramos las de Diego Rafecas. 



sábado, 31 de marzo de 2012

TAMBIÉN PODRÍA LLAMARME PARAÍSO


Mientras permanecí en la ciudad podía sonreír, y sin embargo, seguir estando triste.
                                                                                                                       J.J.Reynoso.

 A Raymundo Godoy, tras la confusa garúa del tiempo.
      Por Marcos Freites
Raymundo Godoy. También conocido como El Calcuta. 33 años, como Jesús al ser crucificado.
Venía de algún pueblo, supongo, por la pinta. Al principio era muy tímido. Entraba con miedo, y le resultaba difícil elegir alguna de las chicas. La primera vez que vino estuvo media hora para decidirse. Le servimos un vasito de vino para que la cabeza se le despejara. Tenía los zapatos embarrados. Sacó del bolsillo de la chaqueta un pedazo de diario, y con prolijidad limpió la suela.
***
Siempre había una chica atractiva en la puerta. Señorita Anzuelo, la apodaban los dueños. Ella se encargaba de acompañar a los hombres hasta la sala de espera. En esa época, me parece, que se subía por una escalera en forma de espiral, adornada con motivos navideños. Cuando salían los clientes se resbalaban, y el hombre que nos cuidaba los ayudaba a llegar a la calle o llamaba una ambulancia cuando el golpe era de gravedad. También recuerdo el dibujo de un tigre a punto a dar un zarpazo en una de las habitaciones, y los espejos que siempre estaban sucios.
***
En alguna parte de su diario, mi compañera había anotado las medidas de Raymundo Godoy. Descomunales. Truculentas. 22 x 5. Eso sí, le costaba endurecerla. Había que poner énfasis en el juego previo. Lento, desgarrador, particularmente extraño como si un leve ardor surgiera al empezar la fricción para luego devenir en resplandor.
***
Pajaritos eran todos los que se dejaban caer cuando el sol estaba por entrarse. Subían con temor hasta la planta alta, y ahí se quedaban temerosos, dejando escapar cada tanto alguna sonrisa nerviosa, hasta que aparecía detrás de las cortinas Mariana, y con una ternura maternal les preguntaba con cuánto dinero contaban. En caso de que la suma valiera la pena los hacía sentar en unos sillones rojos mullidos, y una por una les presentaba las chicas como si por primera vez asistieran a aquella casa de citas.
****
Qué quiso decir aquella noche con la miraba turbia por el alcohol arriba y un poco más abajo, desplazándose hacia las sombras, quebrado por la carga excesiva, respirando con dificultad, hasta ver entre esas piernas la desaparición total del deseo, con un oído puesto en la inmensidad, tratando de esclarecer entre esas nalgas temblorosas esa antigua duda.
***
Apoyó sus recuerdos en la silla vacía, y dejó que el reloj tictaqueara en cámara lenta. Le dio cierto trabajo quitarse los botones de la camisa a rayas. Balbuceó algo mientras apagaba el cigarrillo. Media hora. Ciento veinte pesos. Ella a medio desvestir salió con el dinero. Un billete de cien y otro de cincuenta. A la salida le dan el vuelto, señor, le dijo al volver. Para ese entonces él ya se había sacado toda la ropa. En un santiamén me empeloté. En la bolsita de tela blanca ella buscó el preservativo. ¿Qué otras cosas habrá dentro de la bolsita? Un desodorante de ambiente. Gel lubricante. Espermicida. Pañuelos descartables. En otros sitios más decadentes recuerdo rollos de papel de cocina. ¿Por dónde te parece que empecemos? Hay tanto por hacer que esta media hora va a resultar escasa.
****
Aquel  verano fue desalentador. Cualquier intento por mantenerse en pie pareció costar el doble de esfuerzo sólo por el efecto de las altas temperaturas. Cuarenta grados a la sombra. La transpiración inundando el corpiño, cubriendo las tetas de gotas salitrosas. Las moscas azuladas revoloteando, zumbando, despeinando la muñeca en cinta. Así era imposible moverse, cubrir los espacios en blanco, fugarse en el vacío entre unos brazos que te asfixian y unos muslos que te disuelven, viendo desmoronarse todo sin ruido.
****
Ah, era cierto lo que se murmuraba. ¡Raymundo Godoy! ¡Veinticinco centímetros de placer! Raymundo Godoy, El Calcuta para las putas, perdón para las chicas. Nunca vi un buen pedazo como este, y eso que está medio muerta. Cuesta empinarla. Al principio todo se hace cuesta arriba. Un glande bastante poroso. Sos de los que una vez que empiezan no pueden parar. Me vas a dinamitar la concha. Una implosión vaginal. Calcuta, yo digo tu nombre en gotas como si rezara el rosario. ¿Cómo vas a querer acabar? Vos te fijas, durante esta media hora te voy a conceder todos tus deseos. Si es en la boca sube la tarifa. Mira que me estoy arriesgando. Cuando estés por acabar me haces una seña, una palmadita en la cola. Yo te saco el condón y entonces, Raymundo Godoy, cumplís tu sueño.
Me llamo cielo. También podría llamarme paraíso.
***
No hay música más maravillosa que el ruido de tu boca succionando y succionando. Veo que va a correr mucha sangre. Entre los calcetines llevo una navaja. Con ella solía pelar cerdos. Van a bastar un par de tajos para que se desate la sinfonía. Tu cuerpo es un árbol degollado. En torno a tu vientre crecen alambres de púas. Unos hombres de chaquetas verdes nos apuntan con sus linternas como si quisieran neutralizarlo todo.
Oral americana. Oral americana.
Ilustración: Balthus.


jueves, 22 de marzo de 2012

EL SUEÑO DE LA CASA PROPIA

 Por: Freites
siempre construíamos casas
                    desde que éramos niños hacíamos casitas
en los pastizales que se prendían fuego
             en los agujeros que dejaban las palas excavadoras
siempre levantábamos casas
               lejos de la vista de los adultos
y convencíamos a nuestras hermanas
                                             -pobres ellas, tan virginales, tan inocentes-
las convencíamos de que vinieran a jugar
y éramos el melena, mi hermana, yo y la hermana del melena
y a veces venía el puto del barrio
               que se encargaba de decorar las casitas
donde latía el pavor de una infancia en fuga
donde se vertían deseos en forma de puntales
            y había muñecas y algunas veces té frío
y cuando fuimos un poco más grandes una petaca
y cigarrillos
allí nacía nuestra pequeña perversión
y la hermana del melena era muy linda
-de un día para el otro le habían crecido las tetas-
y mi hermana era muy fea
pero no sabía decir nunca que no

                         y la pasábamos muy bien
construyendo casas lejos de la vista de los adultos
y nos tocábamos con los dientes/con las muelas
                               algo nos sujetaba
        impidiendo que el viento nos llevara
algo que venía desde muy adentro/sin hacer ruido
a veces hacíamos camas con hojas secas
           y dormíamos los cuatro
sin pensar en cuanto faltaba para que terminara la infancia
                                               para que terminara la escuela
                                               para que nos fuéramos del barrio
para que vinieran los mateluna
            los vecinos pobres
y quisieran jugar con nosotros
eran dos varones y cuatro niñas
fue entonces cuando el melena y yo
   abandonamos la monogamia
                    y se nos antojo tener un harén
entonces invitamos a las hijas de garcés y a las sobrinas de arce
y a las primas de contreras y a las nietas de romano
pero el poema había terminado mucho antes
cuando éramos el melena y su hermana, mi hermana y yo
                    después tuvimos otras casas
también tuvimos otras mujeres
pero el poema había terminado mucho antes
y lo único que restaba
era este deambular por pensiones
                        recordando una infancia
                                que enterramos de repente

                                                   Octubre/noviembre 2005
Fotografía: Mario Giacomelli

miércoles, 14 de marzo de 2012

UNA FORMA DE QUERER MIRAR LAS CONSTELACIONES

por Matías Lucero


Las nostalgias se cuentan de a docenas, decía el cartel que pendía de la puerta de su habitación. Eran tardes largas, donde nos poníamos tras el manual de constelaciones para descubrir Sirio entrada la noche. Ella se paraba de espaldas a mí porque decía que yo nunca iba a poder entender lo que significaba mirar sin querer ponerle un nombre a todo, así que yo prendía un cigarrillo mientras ella escudriñaba el puñado de foquitos en el cielo, intentando ver la noche sin querer entenderla. 
Las horas se fueron consumiendo con cada ráfaga de olvido. Intentando no pensar en el futuro para que no nos encontrara besándonos en cualquier rincón oscuro. Subíamos a todos los autos sin llave para imaginar que viajábamos a otros puertos más alejados, donde hablaran otro idioma, donde nadie pudiera vernos los rostros que se nos dibujaban con sonrisas perennes. 
Ahora que está la muchacha con un chaleco de fuerzas, pienso que tal vez el valium no es buen resultado para las cabezas que no pueden parar. Y me imagino a un dios como un gran relojero envuelto en un chaleco de celofán. La chica deja que sus ojos se pierdan hacia atrás, pienso que le temo a la blancura, entonces tomo un crayón de su mesa de luz y le dibujo dos pupilas para que pueda mirar. La eutanasia es una gran respuesta cuando ya no queremos la quietud, me dice una enfermera que me deja solo con el cadáver. Entiendo que tenía que suceder, que los sueños lúcidos me estaban alejando de la sucia habitación donde todavía descansaba un libro de Alan Pauls sobre la mesa de luz. La realidad me resulta un ensueño mal barajado, y las cartas sobre la mesa no prometen una buena partida. 
Tomo un vaso de vino caliente, cada parpadeo me trae su silueta dando pasos pequeños sobre el jardín. Entiendo que me gustaría ponerle un cuerpo, pero no es más que una sombra en esta oscuridad. La calle debería estar mojada para que la poética del texto no se corte, en cambio el sol no para de azotar su sadomasoquismo contra los incorruptibles que salen a las tres de larde a ver la ciudad. 
Ahora que ya es tarde para saber adónde queda Sirio, hago garabatos sobre un papel en blanco. Dibujo una casita rodeada de escarabajos gigantes multicolores. Ya no espero nada, porque no hay nada que esperar. Me sostiene la idea que dentro de unos meses las constelaciones vuelvan a aparecer en el mismo lugar, creo que es una estúpida forma de recordar su voz. 


lunes, 12 de marzo de 2012

PIJAS PATRIAS


 Por: Marcos Freites
 
No es lo suficientemente buena, dijo la mujer más vieja, le falta mucho para ser buena.
Tampoco es demasiado femenina, agregó el tipo que estaba a su lado, la veo y me resulta demasiado masculina. Observa esos movimientos. Son demasiado viriles.
Ya está, paren con todo eso, gritó una mujer rubia que se paseaba con los senos al aire, y con una seña les ordenó al resto de las mujeres que salieran. Un hombre pequeño y minusválido se retiró con dificultad del cuerpo de una adolescente pelirroja que yacía desnuda, empapada de sudor, y buscó en torno a la cama, una escopeta. La chica se puso de pie, miro con asombro el arma, tomó una toalla, se limpió el sexo con delicadeza y se encaminó hacia las duchas.
Ni siquiera parece humana, dijo una chica morena que yacía arrodillada dibujando unos círculos multicolores. Debieron darse cuenta cuando se quitó la ropa, pensó la rubia con los senos al aire.
Deberíamos hablar con Adolfo, sugirió el tipo que estaba con la adolescente, después de todo es el único que estuvo con ella.
A ese todas le parecen maravillosas, replico la rubia y se cubrió los pechos con una materia gelatinosa de color fucsia.
En años nadie ha requerido de sus servicios, aseveró la morena, mientras esparcía la témpera sobre la hoja. Pronto la llevaran al congelador, pensó otra chica que yacía sentada con las piernas abiertas fumando un interminable cigarrillo.
Liria podría enseñarle algo a esta, propuso la rubia y mandó a la chica morena que fuera a buscarla a las duchas.
La chica aludida había permanecido en silencio en un rincón. Estaba acostada de espaldas en una camilla, con la mirada perdida en las grietas fosforescentes del techo. Tenía una cabellera abundante de un tono cercano al marrón, y en sus brazos se podían distinguir unas largas cicatrices, como si alguien hubiese intentado aserrarle el brazo con un serrucho sin afilar.
…….
Parpadearon los reflectores. Un leve apagón que hizo gemir los tubos refrigeradores. Luego, entró con un guardapolvo gris el Padre Freddy.
Diana, dijo dirigiéndose a la rubia, reúna a las chicas en el patio inmediatamente. Está asintió con la cabeza y arrastrando los pies avanzó hasta las duchas donde las chicas se bañaban.
El padre Freddy se desabotonó el guardapolvo, esbozó una sonrisa y se sentó al lado de la chica morena que seguía pintando.
Naomí no trates de fingir indiferencia, le susurró al oído, te he traído algo. Te va a gustar mucho.
La chica respondió con una especie de graznido. Freddy le acarició el pelo, y luego del bolsillo del guardapolvo extrajo un artefacto fálico de color violeta y se lo entregó. Naomí, lo observó con atención, colocándolo en contra de la luz, y con sorpresa pudo ver entre las ramificaciones eléctricas la palabra impronunciable escrita en relieve.
Esto pertenece a los oscuros, dijo, temerosa, está escrita esa… No pudo seguir hablando. Freddy le tapó la boca y acercando su rostro al de la chica le ordenó que se dirigiera en silencio a reunirse con las otras chicas, no sin antes advertirle, que escondiera el artefacto en alguno de sus orificios y que durante la noche lo utilizara siempre en modo silencioso. Si oyeran su vibración, las demás lo reconocerían, le advirtió, y con el revés de la mano acarició el culo de la chica que soltó un ligero gemido.
En el patio todas las chicas yacían arrodilladas ante un altar dónde relucía la figura de un ídolo de madera con cabeza de pájaro.
Es mejor que se quiten esas túnicas, ordenó Freddy. Las más jóvenes se sentarán adelante y las más grandes irán atrás. Oraremos hasta que mengue esta luz, dijo y se sentó al lado de una chica que jugueteaba con una oruga de plástico.

Fotografía: Sergio Larraín.

miércoles, 7 de marzo de 2012

LA ESTACIÓN DE LOS FUEGOS O EL ASEDIO

Por Camila Funes
Al final de estos apuntes debe haber lluvia. Entonces vamos en un taxi hacia el hotel donde se hospeda Raymundo Godoy, y el chofer masca un chicle de frambuesa, y los relámpagos abren grietas en el cielo y apenas entramos a la habitación, emmpieza a llover, y el desorden nos recibe, la ropa esparcida en el piso, ese olor a encierra que no puedo soportar y yo le pido que me deje ir y él se encapricha en que debo pasar la noche aquí, no hay lugar más seguro que este cuartucho, podrían venir el hombre que fuma y asesinarte, podría secuestrarte la policía y violarte en un calabozo, y entonces forcejeamos al borde de la cama sin tender, y la radio sintonizada en una estación romántica emite una descarga, justo cuando él me dobla el brazo obligándome a arrodillarme y ah, comprendo lo que va a pasar, y me monta y embiste y pregunta dónde están sus zapatos y muerta de miedo, grito, aúllo, pero la tormenta arrecia con tanta violencia que es inútil pedir ayuda en estas circunstancias.
Me quedo acostada con los ojos cerrados y un brazo en la cara. Trato de llorar, pero no puedo. Contengo la respiración, cuento hasta treinta y cuatro, treinta y cuatro y un cuarto, treinta y cuatro y un medio, y entonces abro los ojos y lo veo tendido a mi lado, cuchillo en mano, sin decir nada, y me figuro que la lluvia ha sepultado la ciudad, que sólo quedan vivos unos cuantos perros, que apenas abra la puerta moriré. Pero la lluvia continua, y mientras haya lluvia habrá relato.
La noche tiene la misma extensión que los pensamientos, y Raymundo en la cama a medio vestir es mucho más siniestro, lo veo contando la plata con una mano y con la otra rascándose los testículos, y bastaría un solo movimiento para que un repentino ataque de ira lo acosara y rasgara mi bata y desnuda me arrastrara por el piso hasta el baño, y no se escucharían mis gritos, mis suplicas, a estas horas la lluvia cae a raudales, y todas las calles deben estar inundadas y si moribunda pidiera una ambulancia no llegaría a tiempo.
Yo extraviaba objetos, ocultaba pertenencias y luego olvidaba el sitio, y los días me parecían infinitos, como si necesitara toda una vida para atravesarlos y los llenaba con pensamientos, con una necesidad demoniaca de ser ultrajada por desconocidos.
Al final, ya no hay lluvia, es mediodía y el termómetro está en pleno ascenso y la televisión muestra imágenes de la costa y yo desnuda llamo, invoco, incito la aprobación de ese dios que ha extraviado sus zapatos y que no dudara en asesinarme la próxima vez que aparezca.

Fotografía: Julien Pacaud. "Las 66 polaroids que nunca existieron".



domingo, 26 de febrero de 2012

HERNÁNDEZ O LA CONSTRUCCIÓN DE LA FELICIDAD

Por: Marcos Freites
APARICIONES: Hernández lejos. Siempre lejos. We go to party and everyone turns to see... Deambulando por una ciudad a oscuras, con nombres prestados, intercambiando apellidos, deteniéndose en estaciones de servicio donde venden alcohol hasta el amanecer, avanzando despacio como quien se desliza por un campo minado, pensando en esos camioneros que conducen casi a ciegas por una ruta desolada, riéndose de Heráclito, apostando unas monedas con tahúres, deleitándose al ver el cabello de la chica que durante casi media hora se la chupó en un estacionamiento vacío.She knows so much about these things.Se engañan los hombres sin ver ni atrapar.
Sosteniendo charlas alucinadas mientras la lluvia afuera arrecia con violencia. Moviendo piezas, ideando las estrategias sutiles, mientras esa chica  sigue ahí, dispuesta a comenzar otra vez el juego, y como botín esos mensajes que envió una tarde narcotizado, esas palabras que ahuecan el silencio, esa descarga eléctrica provocada por las píldoras para caballos cuando no es Hernández, ni es Strobel, es apenas Juan, desnudo, en bata y sin afeitar.
Tal vez es sólo eso. Un cuerpo, dos cuerpos desnudos forcejeando mientras los relámpagos se filtran por la persiana entreabiertas. Una mano que se alarga para echar sal en la oscuridad. Una línea que se traza en la habitación del moribundo cuando el dolor se hace insoportable. Una aparición que es el reflejo de otra aparición, en la infinita sucesión de aparición. Siempre lejos.
Igualmente lejos,-ahora que es Strobel, mañana que será Etchegoyen y …- distante, como si el mínimo ademán bastara para abrir un abismo, y dejemos hablar al viento, confiemos en el coro de voces que habla a su alrededor, mientras él observa todo a una prudente distancia, convencido que está vez va a en serio, y no importa que la música de Miles flote en el aire, que Carina se acerque, casi suplicando, implorando un átomo de cariño; que alguno de nosotros le diga, que se la re-jugó, que es un exitazo la fiesta, que mañana vamos a volver a emborracharnos. Y está bien que así sea, porque hay que mantener la guardia en alto, que los zapatazos pueden venir de cualquier lado, que una vez pelado el marrano… El resto lo pueden imaginar ahora que suena la música bailable, y Hernández sale a escena para retirarse definitivamente.

SEÑALES: Algo que ocurre en un lugar, envía una señal y produce un cambio en otro sitio.  La información se transmite a través de partículas que están íntimamente vinculadas. La aparición de Hernández, en nuestras vidas había sido presentida, profetizada por los iluminados del grupos, los que rechazaban el veneno exitista y se sumergían en voladas interminables. El día que El Melena cosechó la marihuana, y volvió descalzo, con la cara rasguñada, en medio de una tormenta que arreciaba con una violencia demoniaca,Germán tuvo una visión. Se había cortado la luz, y bajaba del altillo con unas velas, cuando lo vi a Germán desnudo con los brazos abiertos en el centro de la mesa, gritando que había tenido una visión. Todos nos reunimos a su alrededor para escucharlo, pero durante casi media hora no hizo más que emitir balbuceos inentendibles. Recién varios días después pudo describir con claridad, lo que le había sido revelado. Cuando Germán describía la visión, cosa que haría por lo menos quinientas veces en los meses por venir, su relato era más o menos así:
“Había una casa blanca con una veleta, a orillas de un lago. Era de noche, la luna se reflejaba en el agua, y una miríada de pájaros revoloteaba en torno a la costa. Nosotros remábamos en un bote que hacía agua por todos lados. Koko vestía una larga túnica blanca, Thompson tocaba el violín, los otros lanzaban llamas por la boca, y yo remaba con mucho esfuerzo. Cuando llegamos al muelle, nos esperaban dos caballos blancos. Un hombre con el rostro cubierto por una máscara veneciana amarró el bote a los animales, y estos empezaron a remolcarlo. A la casa entrábamos en el bote. Nos recibió, quien parecía el dueño de casa. Un hombre alto, con el cabello hasta los hombros. Vestía como un príncipe saudí. Cuando bajamos de la embarcación, nos hizo sentar en torno a  una mesa, donde dos mujeres desnudas penetraban con un consolador a un hombre negro, y nos entregó a cada uno un revólver. Unos enanos trajeron una pila de cajas metálicas, las pusieron en el centro de la mesa, y todos comenzamos a dispararles. Desde el interior de las cajas, brotaba algo que parecía ser sangre”.
 Fotografía: Irina Werning

martes, 21 de febrero de 2012

SIEMPREVIVA O NARANJAS AL ATARDECER

Por  Gabriel Funes, El Milagro, San Luis 

Llovía tanto, como si se fuera a caer el cielo. El agua oscurecía la huella.  Uno tras otro venían los carros dando sacudones. Como tartamudeando bajo el aguacero. El Pitanga los alcanzó a divisar desde arriba de la loma. Había salido a ver una vaca que estaba parida en el bañado donde cayó muerto Carlos Saúl. ¿Se acuerda? Eso fue antes que empezarán los incendios. Como le decía, el Pitanga vio los carros y bajo hecho un humo a avisarme. Nos pusimos unos guarapones para la lluvia, cargamos la escopeta y salimos a pispiar. En eso a uno de los carros se le trancó la rueda en un pedregal, el caballo tiró, tiró con tanta fuerza que el eje terminó por ceder. Dio una vuelta en el aire el carro, y como si hubiesen estallado, salieron de a montones las naranjas. La lluvia pareció largarse con más ímpetu. Como pudieron los hombres acomodaron la carga y siguieron viaje a los sacudones.  Panza abajo, tras las jarillas lo observamos todo con el Pitanga. Cuando se fueron juntamos en una bolsa de arpillera las naranjas que no habían recogido.
Los niños se pusieron como locos cuando nos vieron llegar con la bolsada de naranjas. Sabrá usted que acá la fruta es escasa. Sólo frutos silvestres. Esas cosas, vio. Acá en las casas tenemos unos naranjos, pero no dan nunca. Eso que florecen. Debe ser por las heladas. Lo que es bajo asienta con todo la escarcha.  Los niños, sobre todo los más grandes, Amílcar y Lorenzo, se ilusionaban con que algún día el árbol estuviera lleno de naranja. Pero nunca resultaba. Nunca resulta. Eso de los sueños: son puras macanas. Ilusiones que les meten en el colegio con fórceps a los pobres. La cosa es que el Amílcar a la noche no tuvo mejor idea que agarra las naranjas y colgarlas en el árbol. Al otro día, apenas amaneció los tres se despertaron y se pusieron a dar vueltas alrededor del naranjo. Parecía que la felicidad se les había ganado en las entrañas. Y eso que antes tenían temor de arrimarse al naranjo, porque ahí había ahorcado al perro chico cuando lo encontré comiéndose los huevos d la pava.
Pasaban los días y ahí estaban las naranjas brillantes como si acabaran de madurar. Era un prodigio verlas: sobre todo cuando el sol empezaba a esconderse. Una tarde pasó con una tropilla de burros la hija de Don Godoy, y se paró a mirar las naranjas. Ya se salían los ojos de la sorpresa. Apenas llegó a la casa, parece que le contó al viejo, y ahísito no más se vino con tres bolsas a pedir naranjas. Cuando le conté que era una travesura de los niños se me puso triste y pegó la media vuelta. La gente parece respirar ayudada por las ilusiones. Le gusta ir engañando a la realidad. Hasta que se le hace vicio, y ya no ve el suelo que está pisando. ¿Me entiende?
Como al cuarto día, cuando las lluvias habían empezado de nuevo, Rufino, el más chico vino con el cuento de que el árbol se había apropiado de las naranjas. Déjate de macanear, le dijo y él siguió insistiendo, jurando que ya no estaban agarradas por hilos, sino por un tallo verde, lustroso. Ahora sí le pertenecen al árbol, me decía y daba saltos de felicidad. Con la vieja ya nos había desvestido para echarnos una siesta, por eso no me levanté a dar un vistazo.
Al otro día me despertaron los llantos de los niños. Arrodillados bajo el árbol, sostenían un puñado de naranjas podridas. Corría un viento helado de las sierras, y las naranjas que todavía colgaban del árbol estaban resecas: como si fueran el casco de una pelota que se acaba de reventar. No quedaban más que unos colgajos malolientes de aquellas naranjas esplendorosas que podían robarle el color al sol. Lo que sí relucía era el naranjo. Parecía bruñido. Nunca lo volví a ver con ese verdor. Como si hubiese sido de repente despojado de un conjuro.


lunes, 6 de febrero de 2012

LA MIRADA DEL COCODRILO

                                                                    Por Marcos Freites
¿Quién me ocultó los zapatos?  Hay otro cliente esperando.
Aquí la gente entra, recibe lo que busca y se va. Se va.
Se va a tener que apurar. ¿Cuándo se sacó los zapatos dónde los dejó? No se pueden extraviar. Sólo usted y yo entramos a esta pieza. Una vez, déjeme que le cuente, uno de los muchachos se olvidó los calzoncillos, salió apurado porque tenía que ir a rendir una materia. Siempre que rendía finales venía antes a echarse un cortito. Se ve que un poco de piel lo relajaba. Cada vez los muchachos son más difíciles de entender. ¿Se fijó debajo de la cama?
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Entonces comienzan los movimientos, imprevistos, exagerados. Como si se tratara de la representación de una absurda comedia, y los rostros se confunden, se desfiguran entre unas manos abiertas y el chico que se dejó caer con un violín se parece al muchacho que cuando le estaba haciendo un oral, me preguntó muy serio, qué se sentía al chupársela a dios, y todo se mezcla con el flaco que me pone contra la pared y mientras embiste con fuerza me susurra que le encantaría estrangularme, y el viejo al que hay que soplársela para que se le endurezca se parece al cura que viene a implorarme que lo masturbe, y todos los hombres se llaman Jesús y van a morir condenados, y yo soy la puta virgen María abierta de piernas, incapaz de decir no, pensando en unos zapatos extraviados, en ese momento en que la punta te roza el paladar y todo se esclarece y ah, una comprende.
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Es verano. Anochece y el sopor de la tarde se niega a aplacarse. Con una regadera de plástico naranja humedezco el patio de tierra, mientras la otra que vive en mi cabeza desprende estrellas de un cielo cada vez más sombrío.
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Mientras tanto trato de no asombrarme. No estoy loca. A veces creo que la gente lo piensa y me esquiva o se comportan de una manera extraña cuando habla conmigo. Algunos amigos vienen a visitarme los lunes, traen algo para tomar, ponen algún disco y me cuentan sus hazañas sexuales. La mayoría son  aventureros, recorren grandes distancias a pie, cargando mochilas pesadas, lo hacen escuchando música bailable, y una vez que se acuestan inhalan el humo de los sueños convencidos que no hay mejor final para una excursión, que encontrarse en la cama desnuda con una desconocida que oculta armas en su armario, o descubrirse arrodillada ante un maleante que acaba de asaltar una anciana.
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Si pudiera entender el orden de las cosas, como ocurren, que fuerza incontrolable las empuja hacia acá, si pudiera saber quién provoca accidentes inesperados en plena temporada baja y qué decir de ese paisano superdotado que cae a fin de mes, y me muestra un cuchillo tajeador con el que peló varias mulitas y degolló un jabalí.
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Cuando me sorprendí fumando de una pipa de agua con un hombre que había conocido en la sala de urgencias, después del incendio, me sentí frágil y supe que debía regresar a casa antes que se largara la lluvia, pero teniendo en cuenta los movimientos telúricos, la inseguridad creciente, tal vez mi casa ya no estaba y ese extraño me tendría que dar cobijo, alimento y, dios, si es posible un poco de amor.
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No sé. No sé si son los roces imprevistos o ver mi nombre escrito en las páginas de un cuaderno mugriento, o la simple observación de las cosas que acontecen silenciosamente a mi alrededor, que me hacen pensar que todo esto no es más que una ilusión, una vana ensoñación a la que se asiste con los ojos abiertos, un punto en medio de la inmensidad donde la idea que tengo de vos, se encuentra con la idea que vos tenés de mí, intercambiamos fluidos, dinero, enfermedades venéreas y alguna fulguración capaz de mantener fuera de nuestro espacio a la oscuridad.