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domingo, 15 de abril de 2012

LO QUE SE NIEGA A MORIR O LAS LETRINAS DEL PARAÍSO

                       Por Alberto Ferrer 

Para conocerme mejor debes acercarte, dijo Ella, y se sentó en la cama con los ojos extraviados.
 -Te conozco demasiado, respondí casi sin mirarla. 
Tras la ventana un tren con las luces encendidas se alejaba bajo la lluvia hacia el oeste. Afuera se oía el ruido ahogado de las máquinas de demolición. El soplo caliente de las dunas se arremolinaba sobre el follaje de los árboles calcinados. 
-Me conoces hasta dónde yo he dejado que me conozcas, murmuró y se acercó a la ventana y ahí permaneció dejando ver la mitad de su seno.
 La miré como se mira a una extraña, y supe que de una vez para siempre sus ojos me eran ajenos, que luego de la explosión aquella mujer habitaba un cuerpo desobediente, un cuerpo que era inmune a cualquier orden.
-Ahora que lo pienso bien, respondí, te desconozco, ya nada te puede dominar. Tal vez debería ir a buscar a mamá.
-Es inútil, no tienes equipo para atravesar la ciudad, ni siquiera una máscara antigas. Además como tú dices, mamá debe estar muerta.
-Podría tomar el coche y rodear la ciudad. Sabes que lo he hecho en otras situaciones de emergencia. 
-No seas idiota, la ciudad está cercada por las patrullas. Hasta los atajos deben estar cercados.
- Entonces debería quedarme contigo.
-Me parece bien, sólo que me preocupa algo, dijo, y alzando la voz salió de la habitación. 



Escuché el ruido de sus botas atravesar el largo pasillo, luego subir la escalera hasta la planta alta. Intenté sintonizar alguna radio que diera alguna noticia de último instante pero la mayoría estaban intervenidas, y sólo estaba al aire una radio cristiana dónde un profeta evangélico daba gritos de algarabía debido a que el fin se acercaba, y pronto su tribu se reuniría con Cristo. Uno o dos pensamientos psicóticos me atravesaron la cabeza. Apagué la radio y busqué algo de combustible, quizás incinerándonos era la única forma de salir de la cabaña pronta a desmaterializarse. En ese instante bajó Ella cubierta apenas por una toalla que dejaba al descubierto su pecho de amazona.
-Empecé a llenar la bañera, vamos a refugiarnos ahí, pronto habrá una nueva explosión. Al fin tendrás lo que siempre deseaste, susurró y volvió a subir.
 Aspiré profundo, me mordí los dientes, luego me eche en la boca un puñado de grageas estimulantes acompañadas de un sorbo de aceite especial, y subí con la mente sobreexcitada.
-Debo mostrarte algo, dijo y hurgó entre los cajones de un mueble.
-He visto demasiado, contesté, quizás ya no me interese ver nada.
-¿Y si te digo que tengo una Tunguska 1908?
- Hace mucho que no oigo esa palabra. La había olvidado por completo.
-Verás una auténtica Tunguska 1908 capaz de provocar grandes descargas electromagnéticas. Debemos ser cuidadosos, durante todos estos años estuvo viva, me aconsejaron aniquilarla, pero desde hace un tiempo me fue revelado la inminencia de está catástrofe, y decidí preservarla. 
-Me interesaría verla, debe ser una máquina demasiado compleja, más aún si ha permanecido viva tanto tiempo.
Buscó entre la ropa sucia una caja metálica, le dio tres golpes, acercó el oído y dio un grito de júbilo.
-¡Aquí está! ¡Aquí está!, exclamó, y tú te encargarás de abrirla.
Traté de recordar las antiguas Tunguskas, hubo una época en que me encargaba de desactivar estos engendros. Recordé una modelo Tesla que habían utilizado para adaptar a los estudiantes del nivel medio al ritmo fabril. Eso había sido antes de que fuera reemplazada por la Vanavara que era más versátil y menos peligrosa. Sin pensarlo abrí la caja de un modo violento, y vi la máquina encendida, vívida, con su gabinete rojo y sus antenas cromadas, lista para hacer su trabajo devastador.
-Deberíamos programarla ahora mismo, ordenó.
-Quizás si la utilizamos de forma correcta nos expulse hacia algún refugio, contesté, tratando de recordar el código común.
-Es una estupidez, repuso ella, está máquina jamás nos salvaría, para lo único que sirve es como solución final.Tenía razón fueron construidas para hacer el trabajo sucio que el hombre se negaba a hacer, y eran fieles a su función. Ingresé el código y activé su mecanismo. Pude oír el traqueteo de sus engranajes, el zumbido de sus pequeñas hélices, la cuenta regresiva dictada en una lengua muerta. Ella apagó la luz y se sentó a mi lado.
-Ahora sólo nos queda esperar, dijo acariciando suavemente mi cuello, su mecanismo es infalible.

Fotografía: Diane Arbus 

Ferrer, Alberto ( Nació en Tilisarao en 1988) 

miércoles, 7 de marzo de 2012

LA ESTACIÓN DE LOS FUEGOS O EL ASEDIO

Por Camila Funes
Al final de estos apuntes debe haber lluvia. Entonces vamos en un taxi hacia el hotel donde se hospeda Raymundo Godoy, y el chofer masca un chicle de frambuesa, y los relámpagos abren grietas en el cielo y apenas entramos a la habitación, emmpieza a llover, y el desorden nos recibe, la ropa esparcida en el piso, ese olor a encierra que no puedo soportar y yo le pido que me deje ir y él se encapricha en que debo pasar la noche aquí, no hay lugar más seguro que este cuartucho, podrían venir el hombre que fuma y asesinarte, podría secuestrarte la policía y violarte en un calabozo, y entonces forcejeamos al borde de la cama sin tender, y la radio sintonizada en una estación romántica emite una descarga, justo cuando él me dobla el brazo obligándome a arrodillarme y ah, comprendo lo que va a pasar, y me monta y embiste y pregunta dónde están sus zapatos y muerta de miedo, grito, aúllo, pero la tormenta arrecia con tanta violencia que es inútil pedir ayuda en estas circunstancias.
Me quedo acostada con los ojos cerrados y un brazo en la cara. Trato de llorar, pero no puedo. Contengo la respiración, cuento hasta treinta y cuatro, treinta y cuatro y un cuarto, treinta y cuatro y un medio, y entonces abro los ojos y lo veo tendido a mi lado, cuchillo en mano, sin decir nada, y me figuro que la lluvia ha sepultado la ciudad, que sólo quedan vivos unos cuantos perros, que apenas abra la puerta moriré. Pero la lluvia continua, y mientras haya lluvia habrá relato.
La noche tiene la misma extensión que los pensamientos, y Raymundo en la cama a medio vestir es mucho más siniestro, lo veo contando la plata con una mano y con la otra rascándose los testículos, y bastaría un solo movimiento para que un repentino ataque de ira lo acosara y rasgara mi bata y desnuda me arrastrara por el piso hasta el baño, y no se escucharían mis gritos, mis suplicas, a estas horas la lluvia cae a raudales, y todas las calles deben estar inundadas y si moribunda pidiera una ambulancia no llegaría a tiempo.
Yo extraviaba objetos, ocultaba pertenencias y luego olvidaba el sitio, y los días me parecían infinitos, como si necesitara toda una vida para atravesarlos y los llenaba con pensamientos, con una necesidad demoniaca de ser ultrajada por desconocidos.
Al final, ya no hay lluvia, es mediodía y el termómetro está en pleno ascenso y la televisión muestra imágenes de la costa y yo desnuda llamo, invoco, incito la aprobación de ese dios que ha extraviado sus zapatos y que no dudara en asesinarme la próxima vez que aparezca.

Fotografía: Julien Pacaud. "Las 66 polaroids que nunca existieron".