lunes, 22 de octubre de 2012

BARTLEBY Y COMPAÑÍA

                                                      Por Enrique Vila-Matas
 
ENCUENTRO CON SALINGER EN NUEVA YORK

31. Vi a Salinger en un autobús de la Quinta Avenida de Nueva York. Lo vi, estoy seguro de que era él. Ocurrió hace tres años cuando, al igual que ahora, simulé una depresión y logré que me dieran, por un buen periodo de tiempo, la baja en el trabajo. Me tomé la libertad de pasar un fin de semana en Nueva York. No estuve más días porque obviamente no me convenía correr el riesgo de que me llamaran de la oficina y no estuviera localizable en casa. Estuve sólo dos días y medio en Nueva York, pero no puede decirse que desaprovechara el tiempo. Porque vi nada menos que a Salinger. Era él, estoy seguro. Era el vivo retrato del anciano que, arrastrando un carrito de la compra, habían fotografiado, hacía poco, a la salida de un hipermercado de New Hampshire.


 Jerome David Salinger. Allí estaba al fondo del autobús. Parpadeaba de vez en cuando. De no haber sido por eso, me habría parecido más una estatua que un hombre. Era él. Jerome David Salinger, un nombre imprescindible en cualquier aproximación a la historia del arte del No.
 Autor de cuatro libros tan deslumbrantes como famosísimos —The Catcher in the Rye (1951), Nine Stories (1953), Franny and Zooey (1961) y Raise High the Roof Beam, CarpentersISeymour: An Introduction (1963)—, no ha publicado hasta el día de hoy nada más, es decir que lleva treinta y seis años de riguroso silencio que ha venido acompañado, además, de una legendaria obsesión por preservar su vida privada.
 Le vi en ese autobús de la Quinta Avenida. Le vi por causalidad, en realidad le vi porque me dio por fijarme en una chica que iba a su lado y que tenía la boca abierta de un modo muy curioso. La chica estaba leyendo un anuncio de cosméticos en el tablero de la pared del autobús. Por lo visto, cuando la chica leía se le aflojaba ligeramente la mandíbula. En el breve instante en que la boca de la chica estuvo abierta y los labios estuvieron separados, ella —por decirlo con una expresión de Salinger— fue para mí lo más fatal de todo Manhattan.
 Me enamoré. Yo, un pobre español viejo y jorobado, con nulas esperanzas de ser correspondido, me enamoré. Y aunque viejo y jorobado, actué desacomplejado, actué como lo haría cualquier hombre repentinamente enamorado, quiero decir que lo primero de todo que hice fue mirar si la acompañaba algún hombre. Entonces fue cuando vi a Salinger y me quedé de piedra: dos emociones en menos de cinco segundos.
De pronto, me había quedado dividido entre el enamoramiento repentino que acababa de sentir por una desconocida y el descubrimiento —al alcance de muy pocos— de que estaba viajando con Salinger. Quedé dividido entre las mujeres y la literatura, entre el amor repentino y la posibilidad de hablarle a Salinger y con astucia averiguar, en primicia mundial, por qué él había dejado de publicar libros y por qué se ocultaba del mundo.

 Tenía que elegir entre la chica o Salinger. Dado que él y ella no se hablaban y por lo tanto no parecía que se conocieran entre ellos, me di cuenta de que no tenía demasiado tiempo parar elegir entre uno u otro. Debía obrar con rapidez. Decidí que el amor tiene que ir siempre por delante de la literatura, y entonces planeé acercarme a la chica, inclinarme ante ella y decirle con toda sinceridad:
 —Perdone, usted me gusta mucho y creo que su boca es lo más maravilloso que he visto en mi vida. Y también creo que, aquí donde me ve, jorobado y viejo, yo podría, a pesar de todo, hacerla muy feliz. Dios, cómo la amo. ¿Tiene algo que hacer esta noche?
 Me vino a la memoria de pronto un cuento de Salinger, The Heart of a Broken Story (El corazón de una historia quebrada), en el que alguien planeaba en un autobús, al ver a la chica de sus sueños, una pregunta casi calcada a la que había yo en secreto formulado. Y recordé el nombre de la chica del cuento de Salinger: Shiley Lester. Y decidí que provisionalmente llamaría así a mi chica: Shirley.
 Y me dije que sin duda haber visto a Salinger en aquel autobús me había influido hasta el punto de habérseme ocur rrido preguntarle a aquella chica lo mismo que un chico quería preguntarle a la chica de sus sueños en un cuento de Salinger. Menudo lío, pensé, todo esto te sucede por haberte enamorado de Shirley, pero también por haberla visto al lado del escurridizo Salinger.
 Me di cuenta de que acercarme a Shirley y decirle que la amaba mucho y que estaba chiflado por ella era una absoluta majadería. Pero peor fue lo que se me ocurrió después. Por suerte, no me decidí a llevarlo a la práctica. Se me ocurrió acercarme a Salinger y decirle:
 —Dios, cómo le amo, Salinger. ¿Podría decirme por qué lleva tantos años sin publicar nada? ¿Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?
 Por suerte, no me acerqué a Salinger para preguntarle una cosa así. Pero también es cierto que se me ocurrió algo casi peor. Pensé en acercarme a Shirley y decirle:
 —Por favor, no me interprete mal, señorita. Mi tarjeta. Vivo en Barcelona y tengo un buen empleo, aunque ahora estoy de baja, que es lo que me ha permitido viajar a Nueva York. ¿Me permite que la telefonee esta tarde o en un futuro muy cercano, esta misma noche por ejemplo? Espero no sonar demasiado desesperado. En realidad supongo que lo estoy.
 Finalmente, tampoco me atreví a acercarme a Shirley para decirle una cosa así. Me habría enviado a freír espárragos, algo difícil de hacer, porque ¿cómo se fríen espárragos en la Quinta Avenida de Nueva York?
 Pensé entonces en utilizar un viejo truco, ir hasta donde estaba Shirley y con mi inglés casi perfecto decirle:
 —Perdone, pero ¿no es usted Wilma Pritchard?
 A lo que Shirley habría respondido fríamente:
 —No.
 —Tiene gracia —podría haber proseguido yo—, estaba dispuesto a jurar que era usted Wilma Pritchard. Ah. ¿No será usted por casualidad de Seattle?
 —No.
 Por suerte, también me di cuenta a tiempo de que por ese conducto tampoco habría llegado muy lejos. Las mujeres se saben de memoria el truco de acercarse a ellas haciendo como que las confundes con otras. El «Por cierto, señorita, ¿dónde nos hemos visto antes?» se lo conocen de memoria y sólo si les caes bien simulan caer en la trampa. Yo, aquel día, en aquel autobús de la Quinta Avenida, tenía pocas posibilidades de caerle bien a Shirley, pues andaba muy jorobado y sudado, el pelo se me había quedado planchado, pegado a la piel y delatando mi incipiente calvicie. Llevaba manchada la camisa por una gota horrible de café. No me sentía nada seguro de mí mismo. Por un momento me dije que era más fácil caerle bien a Salinger que a Shirley. Decidí acercarme a él y preguntarle:
 —Señor Salinger, soy un admirador suyo, pero no he venido a preguntarle por qué no publica desde hace más de treinta años, yo lo que quisiera saber es su opinión acerca de ese día en el que Lord Chandos se percató de que el inabarcable conjunto cósmico del que formamos parte no podía ser descrito con palabras. Quisiera que me dijera si es que a usted le ocurrió otro tanto y por eso dejó de escribir.
 Finalmente, tampoco me acerqué para preguntarle todo eso. Me habría enviado a freír espárragos en la Quinta Avenida. Por otra parte, pedirle un autógrafo tampoco era una idea brillante.
 —Señor Salinger, ¿sería tan amable de estamparme su legendaria firma en este papelito? Dios, cómo le admiro.
 —Yo no soy Salinger —me habría contestado. Para algo llevaba treinta y tres años preservando férreamente su intimidad. Es más, habría vivido yo una situación de absoluto bochorno. Claro está que entonces podría haber aprovechado todo aquello para dirigirme a Shirley y pedirle que el autógrafo lo firmara ella. Tal vez ella habría sonreído y me habría dado una oportunidad para entablar una conversación.
 —En realidad le he pedido su autógrafo, señorita, porque la amo. Estoy muy solo en Nueva York y sólo se me ocurren majaderías para intentar conectar con algún ser humano. Pero es totalmente verdad que la amo. Ha sido un amor a primera vista. ¿Ya sabe usted que está viajando al lado del escritor más escondido del mundo? Mi tarjeta. El escritor más oculto del mundo soy yo, pero también lo es el señor que va sentado a su lado, el mismo que acaba de negarse a firmarme un autógrafo.
 Me encontraba ya desesperado y cada vez más empapado de sudor en aquel autobús de la Quinta Avenida cuando de pronto vi que Salinger y Shirley se conocían. El le dio un breve beso en la mejilla al tiempo que le indicaba que debían bajarse en la siguiente parada. Se pusieron los dos de pie al unísono, hablando tranquilamente entre ellos. Seguramente Shirley era la amante de Salinger. La vida es horrorosa, me dije. Pero inmediatamente pensé que aquello ya no lo cambiaba nadie y que era mejor no perder el tiempo buscándole adjetivos a la vida. Viendo que se acercaban a la puerta de salida, me acerqué yo también a ella. No me gusta recrearme en las contrariedades, siempre trato de sacarles algún provecho a los contratiempos. Me dije que, a falta de nuevas novelas o cuentos de Salinger, lo que le oyera a él decir en aquel autobús podía leerlo como una nueva entrega literaria del escritor. Como digo, sé sacarles provecho a los contratiempos. Y pienso que los futuros lectores de estas notas sin texto me lo agradecerán, pues quiero imaginarles encantados en el momento de descubrir que las páginas de mi cuaderno contienen nada menos que un breve inédito de Salinger, las palabras que le escuché decir aquel día.
 Llegué a la puerta de salida del autobús poco después de que la pareja hubiera descendido por ella. Bajé, agucé el oído, y lo hice algo emocionado, iba a tener acceso a material inédito de un escritor mítico.
 —La llave —le oí decir a Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
 —¿Qué? —dijo Shirley.
 —La llave —repitió Salinger—. Ya es hora de que la tenga yo. Dámela.
 —Dios mío —dijo Shirley—. No me atrevía a decírtelo... La perdí.
 Se detuvieron junto a una papelera. Parándome a un metro y medio de ellos, hice como que buscaba una cajetilla de cigarrillos en uno de los bolsillos de mi americana.
 De repente, Salinger abrió los brazos y Shirley, sollozando, se fue hacia ellos.
 —No te preocupes —dijo él—. Por el amor de Dios, no te preocupes.
 Se quedaron allí inmóviles, y yo tuve que seguir andando, no podía por más tiempo quedarme tan quieto a su lado y delatar que les espiaba. Di unos cuantos pasos, y jugué con la idea de que estaba cruzando una frontera, algo así como una línea ambigua y casi invisible en la que se esconderían los finales de los cuentos inéditos. Luego volví la vista atrás para ver cómo seguía todo aquello. Se habían apoyado en la papelera y estaban más abrazados que antes, los dos ahora llorando. Me pareció que, entre sollozo y sollozo, Salinger no hacía más que repetir lo que de él ya había oído antes:
 —No te preocupes. Por el amor de Dios, no te preocupes.
Seguí mi camino, me alejé. El problema de Salinger era que tenía cierta tendencia a repetirse.

Extraído del capítulo XXI de Bartleby & co. de Enrique Vila-Matas. Anagrama, 2000.
 
 


 

 

domingo, 23 de septiembre de 2012

PARA HUIR GRITANDO Y OTROS POEMAS


                                                Por  Ayelen Pilmayken 
PARA HUIR GRITANDO

Mi piel acaricia el borde de tu nombre.
Absorbe las partículas inertes
que exhala tu boca al jadear
y como una viajera desorientada
me condeno al ritual de tus brazos
que pulsan mis piernas como remos
en la absolución del amanecer.

Cuento las astillas de un cuerpo
que desintegra al abrazarte
y arrojo a la cama la urgencia
de estos muslos  que enmudecen
como mariposas rotas del deseo.

Estoy hecha de interrupciones,
de transparencias
que te niegas a habitar.


 ASUNTOS DE TRABAJO

Discutíamos asuntos de trabajo
es prudente conservar la elegancia
mantener la prudencia
después de todo, esto no es más
que un breve descanso, un respiro
que tomo, en mitad del recorrido.

Todo es tan extraño en estos días
si consideramos la situación
y de una manera casi neutral
la sopesamos, fríamente
como quién deshoja margaritas
curvadas por la última nieve.

Discutíamos la situación con franqueza
decidíamos con precaución
cuando de pronto, vos,
si vos, el que se había empeñado
en neutralizar todos mis embates,
te hundiste en mí, sin piedad.

Nos quedamos un rato sin decir nada
después hicimos unas llamadas
enviamos algunos mensajes
para dar cuenta de nuestra existencia
e hicimos de cuenta que no,
no había sucedido nada.

 INTERRUPCIONES

Vos, que podías ver el porvenir
a través del ojo de la cerradura
y te negabas a mirarme
al final te decidiste
y con una mueca me señalaste
hasta dónde querías llegar,
lo hiciste sin vacilar, sin dudar
como en los malos poemas
y yo que vivo en agonía
te miré sorprendida,
incapaz de ser cómplice
de todo este convencimiento repentino.

DE MIL FLORES A ESTA PARTE

Arrecife de flores artificiales
un sonajero
temblando en la profundidad
al que sólo llegan los esfuerzos
cuando separamos pliegues
y los días ya no llevan espumas
y la noche se empeña
en anunciar temporal.

LA ESPERA DEL COLIBRÍ

El colibrí se asoma insistente
en el vórtice del adiós inconcluso
cuando el día se ha disuelto
y yo me quedo esperando palabras
que el viento no ha de traer
y  vuelvo a mirar tus fotos
como si intentara develar algo,
algo que no permitiste considerar,
cuando baje la guardia
y dejé que me golpearas
con la violencia que acostumbras.

Ayelen Pilmayken . Nació en Divisadero,  en 1992.

martes, 28 de agosto de 2012

BALADA PARA EL ÚLTIMO FORAJIDO

Por Marcos Freites

Hace diez años, unas semanas después del estallido, cuando los despidos en la fábrica se empezaron a volver masivos, alguien profetizo, mitad en broma, mitad en serio, que Almada volvería para hacerse cargo del aserradero. Pocos lo escucharon y es seguro que quien lo profetizó, tiempo después, haya soltado una carcajada llena de victoria o haya olvidado su profecía.
De todas maneras, un mes después de aquella profecía, Almada bajo una mañana en la terminal en ruinas de Las Lajas, puso un momento la valija en el suelo, encendió un cigarrillo, y empezó a entrar al pueblo, poco después de terminar el aguacero, rápido y balanceándose, tal vez más flaco, más encorvado, confundible y sosegado en apariencia.
Tomó un vino en el mostrador del Chuñas, persiguiendo calmoso los ojos de la chica que atendía hasta obtener un silencioso reconocimiento. Hasta es posible que haya pronunciado por lo bajo el nombre de la chica: Camila Martínez. Almorzó allí, solitario y rodeado por las camisas de grafa de los trabajadores del aserradero.(Ahora estos trabajaban el doble de horas por el mitad del sueldo; parecían soldados que retornaban de una guerra irreal donde las armas disparaban balas de salva.) Se cambió a una mesa contigua, leyó con indiferencia el periódico local y tomó un café negro, mientras por la radio sonaba Bluen in green de Miles Davis.
Son muchos los que aseguran haberlo visto en aquel candente mediodía de verano. Algunos insisten en su actitud de resucitado, en los modos con que, exageradamente, casi en caricatura, intentó reproducir la melancolía, la ironía, el atenuado desdén de las posturas y las expresiones de varios años antes; recuerdan su afán por ser descubierto e identificado, el par de ojos que parecen avizorar lo infinito, listos para fulminar con una mirada a sus acólitos, para atravesar en un rápido parpadeo la blusa de la adolescente que sirve el café. Otros, al contrario, siguen viéndolo disminuido, acodado en la mesa, tembloroso, fumando un cigarrillo tras otro, mirando nervioso las caras de los que entraban, sin otro propósito que aferrarse a algún rostro familiar que lo devuelva en una mirada a aquellos años donde se podía ir de un sitio a otro sin esfuerzo.
Canceló el almuerzo, murmuró algo sobre el calor, y salió hacia el aserradero, empujando con dificultad la valija, pasando como un fantasma entre la gente, que parecía no reconocerlo. Hasta es capaz que haya pensado que el sopor de la tarde lo había vuelto invisible. Caminó con dificultad, como si tuviera que reconocer las calles del pueblo, redescubrir la calle que lo llevaría hacia donde había ocurrido aquello que motivó su ausencia. Dicen que se detuvo frente al portón de hierro oxidado, acarició el grabado de Vulcano, tomó un poco de viruta y la esparció sobre los geranios que asomaban de un balde roto, y siguió de largo hacia el almacén de López donde compró un trozo de torta de frutilla.
Insinuó después una excursión por los alrededores del aserradero, fue bajando hasta dar con el arroyo mugriento, aumentando el balanceo del cuerpo, trescientos o cuatrocientos metros hasta dar con la tranquera de la estancia donde vivían las mellizas Amaya, alquilada ahora por el Doctor Ansaldi. Lo vieron más tarde, cuando falta poco para que anocheciera cerca de la biblioteca municipal, sentado al lado de una adolescente que tomaba una helado de frutilla. En sus manos, cuentan, tenía un libro de poemas de Yetas. Leyó en voz alta Recuerda la belleza olvidada, se detuvo en los versos que rezan: Y cuando tú suspiras entre besos/escucho la blanca Belleza también suspirando. Otros aseguran haberlo visto perderse en el caserío que se alza en torno a la laguna, lo vieron internarse en una de las casuchas donde unas mujeres semidesnudas regaban con baldes la tierra reseca.
Cuando llegó el ómnibus de las nueve, lo vieron sentado en el almacén de Galindez tomando cerveza con unos serranos que había dejado atado los caballos en la puerta. Discutió con uno de ellos acerca de las distintas maneras de domar un caballo, otros dicen acerca de la manera de llevar a cabo el crimen perfecto. Tal vez haya esperado a Marcos y sus amigos; miró a Reynoso y no quiso saludarlo. Hasta sintió pena al verlo entrar al almacén de la mano de una de las Amaya. Pagó otra ronda de cervezas y cruzó, casi arrastrándose, la plaza para dormir en lo de Tello. Pero ningún habitante del pueblo recuerda haberlo visto nuevamente hasta que se cumplieron siete días. Entonces era sábado, otra vez, todos lo vimos en la puerta de la Biblioteca, más delgado que de costumbres, sentado junto a la mujer del comisionado municipal. Tenía una herida en el brazo. Parecía más joven, como si de improviso cierto vigor lo hubiese acosado, como si esos días de reposo lo hubiesen devuelto a una tardía juventud que no se preocupaba en disimular.

 Mientras esperaba el colectivo de las nueve, Almada evitó pensar en lo que le había dicho junto a la biblioteca la mujer del comisionado, en la herida que todavía sangraba, y se convenció de que todo no había sido más que la consumación de un capricho. Estaba de pie frente a dos empleados municipales que miraban el diario provincial. Las luces del almacén que esta frente a la terminal se reflejaban en el charco de agua mugriento. Pensó en el reflejo de otras luces, vistas casi de reojo en la infancia, unos destellos que parecieron surgir desde el fondo de la carne, luminiscencias que parecían retazos de una visión. Cuando llegó el colectivo pensaba en otra cosa, tal vez en las palomas muertas que habían visto junto al aserradero. Sabía que ver pájaros muertos cuando se regresaba al pueblo no podía ser un buen augurio. Ahora se marcharía por unos días, necesitaba tomar la distancia suficiente de ese lugar al que se regresaba casi en sueño, y del cual era lo suficientemente complicado marcharse. Una vez arriba del colectivo, miró con indiferencia como se desangraba el pueblo en caseríos en penumbras y abrió el periódico. Se sentía extraño. Las noticias, salvo las deportivas, le parecían sucedidas en otro planeta. Un loco con una carabina había disparado contra un micro escolar hiriendo de muerte al conductor. Lo habían apresado justo cuando se disponía a suicidarse. En la India serían castigados con duras penas aquellos que osaran molestar las vacas. En Vietnam una niña había sido descuartizada por unos campesinos convencidos que ella era la razón de las catástrofes que había sacudido la aldea. En Holanda el barrio rojo debido a la crisis ofrecía los fines semanas dos polvos por el precio de uno. El arzobispo desmentía haberse agarrado a puñetazos con un cardenal durante la celebración de las pascuas. Se pronosticaba un éxodo masivo de golondrinas proveniente del hemisferio norte. En Córdoba se había producido el avistamiento de un Ovni. Un cincuentón había sido detenido cuando intentaba asaltar un supermercado con una pistola de agua. Habían dispuesto cerrar por las tardes el Parque de las Naciones debido a los constantes asaltos que sufrían los visitantes. En mitad de una balacera había muerto un reconocido poeta de la ciudad, ganador de la faja de honor de SADE, autor del poemario Maravillosa Patria. Un peluquero de San Luis había asesinado a su pareja mientras dormía. Después de clavarle repetidas veces en el cuello un punzón, le había arrancado los testículos con una cuchilla de carnicero. Almada intentó el ingenuo ejercicio de levantarse el ánimo haciendo un inventario de su buena suerte. ¿Lo habían agarrado robando? No. ¿Lo habían asaltado en un parque? No. ¿Le habían disparado en medio de una balacera? No. ¿Entonces por qué no estaba contento? Pronto la herida cerraría, y todo recuerdo se reduciría a una pequeña cicatriz.

martes, 31 de julio de 2012

LUNES DESCALZOS Y OTROS POEMAS


Por Ayelen Pilmayken

Y ya nunca te salís de mí

Cuando me desnudo
te me apareces
con mis muñecas
dispuesto a asaltar mi infancia

a punta de pistola
me arrinconas
y ya nunca más te salís de mí
te quedás pegado
sin soltar un grito

habitante imprevisto de mi carne

Como una presa dispuesta a desafiar la flecha

Lo más oscuro de mi cuerpo
es la luz que tienen mis labios
al besar.
Yo salgo a pasear mi desnudez
como una presa
dispuesta a desafiar la flecha.

A veces creo que al verte


me vuelvo una presa para siempre.

Sin saber qué hacer

Estamos solos en la cama sin nada que hacer
observando las líneas torcidas del techo
sin mirarnos convencidos que es apenas un instante
lo que tarda en ir y venir el monstruo
que siempre nos vigila
y entonces aplastamos insectos contra el cristal
maldecimos al sol que reverbera sobre los árboles
y nos juramos que una vez en casa

vamos a quitarnos la ropa para siempre.

Sin tormentas por culpar

No eran los restos del temporal
lo que llorabas al borde del aljibe.
No eran los despojos del vendaval
lo que tus manos sucias acunaban
cuando la noche se nos vino encima
y los hombres de la casa
seguían cortando el árbol caído.
Cuando uno de los dos
se encuentre a solas con la calma
no habrá tormentas por culpar.



Lunes descalzo

Quitarse los zapatos
y observarse los pies en el espejo.
Recorrer con una lupa las cicatrices
y cerrar los ojos ante la sutura.
Cortes. Hendiduras.
Y el camino recorrido
siempre, siempre tras bambalinas.
A veces caminar
es como escribir en la oscuridad.
No hay manera de comprender
por qué incurrimos
en alguna forma de ilusión
si no damos por sentado que el camino
no es una excusa
para volver a casa
y forzar el reposo
sino una manera de razonar
cuando no tenemos más que los pies
y es de noche a juzgar
por las sombras desfiguradas
que reflejan el espanto de las estrellas.

Sin saber qué hacer

Estamos solos en la cama sin nada que hacer
observando las líneas torcidas del techo
sin mirarnos convencidos que es apenas un instante
lo que tarda en ir y venir el monstruo
que siempre nos vigila
y entonces aplastamos insectos contra el cristal
maldecimos al sol que reverbera sobre los árboles
y nos juramos que una vez en casa
vamos a quitarnos la ropa para siempre

Un asesino no debe gemir cuando mata

Se pueden ver pedazos de cuchillas
unas cuantas latas oxidadas

reminiscencias de una época
en que al borde del horizonte
siempre, siempre
titilaba una luna deshecha
los rostros por la avenida
parecen avanzar en cámara lenta
distantes/indiferentes
sin pensar en la lluvia
que enmudece la noche
es que un asesino no debe gemir
cuando mata

Ayelen Pilmayken. Nació en el Divisadero en 1992.  Pertenece a la etnia olongasta.

lunes, 30 de julio de 2012

PASADO MAÑANA EN COPENHAGUE


Por Gonzalo Riera

Ojos vacíos

Ahora que toco el borde de la mesa
con la punta de la lengua
y se me pegan migas de pan
y saboreo los restos del almuerzo
con los ojos vacíos
voy adentrándome en lo que estuvo
pronunciando palabras al revés
aunque sea tarde para milagros
y en torno a mi cuerpo
solo arrecie el espanto

Baldosas

Rayones de bufandas alérgicas sin invierno
con el filo de un lápiz con olor a humedad
tracé el mapa de Dinamarca solo para vos
que saliendo de atrás de la pared
un ojo me guiñabas incapaz de ver
Copenhague en otoño 
con un muelle maltrecho

Flores congeladas

Nunca advertimos la distancia
                     que separaba un abismo de otro abismo
como si no hubiera del otro lado nada más
                    flores congeladas murallas de tierra
un foso que contiene el universo
             casi al final del invierno
               cuando la garúa auguraba temporada de caza
con vigías en cada esquina
y las marcas húmedas de los zapatos de una niña pequeña
                             sangrando calle abajo

Las chicas se acuestan a tu lado sin saber por qué

Cuando abrí la puerta
ella estaba suspendida en el aire
sin prestarle atención a la lluvia
y pensé que las chicas se acuestan a tu lado/ sin saber por qué
había otras mujeres en la postal
hablaban sin escucharse
la verdad no es más que unas cuantas palabras pulcras
dijo la pelirroja
tengo la sensación que está ciudad se va a derrumbar
en un estrépito de polvo y humo
escribió la rubia que tenía en brazos un  perrito
y cerré la puerta
sin dejar de pensar que las chicas se acuestan a tu lado / sin saber por qué


Pasado mañana en Copenhague

Es difícil abrazar una desnudez corrosiva
cuando la nieve no deja de caer
y en la cabeza no deja de repetirse
la imagen del grifo
ella dice que vela por el oro
y yo lo veo trepar a la cama cuando estamos desnudos
dispuesto a devorarnos
justo a la hora en que unos ancianos harapientos
                                                  arrastran unos trineos cerca del Kronprinsen
cuando los trenes se han detenido
                                         y se oyen gitanos al oeste
y una felicidad desconocida nos atraviesa
                  como si hubiese estado estancada
en las páginas húmedas de un diario
y parecen más dulces los duraznos recién sacados de la lata

Gonzalo Riera: Nació en Naschel en 1990. Actulamente trabaja como peón en una estancia de Algarrobo del Águila, en La Pampa.

miércoles, 18 de julio de 2012

EL CEREBRO DE EINSTEIN


Por Roland Barthes

El cerebro de Einstein es un objeto mítico: paradójica­mente, la inteligencia más destacada forma la imagen de la mecánica mejor perfeccionada, al hombre dema­siado poderoso se lo separa de la psicología, se lo intro­duce en un mundo de robots; en las novelas de ciencia-ficción, los superhombres siempre tienen algo de cosificado. Einstein también: comúnmente se lo expresa por su cerebro, órgano antológico, verdadera pieza de mu­seo. Tal vez a causa de su especialización matemática, el superhombre está despojado de todo carácter mágico. En él no hay ninguna potencialidad difusa, ningún misterio que no sea mecánico; es un órgano superior, prodigioso, pero real, inclusive fisiológico. Mitológica­mente, Einstein es materia, su poder no conduce espontáneamente a la espiritualidad, necesita del auxilio de una moral independiente, la evocación de la "concien­cia" del sabio (Ciencia sin conciencia, como se dice). El mismo Einstein se ha prestado un poco a la le­yenda al legar su cerebro, disputado por dos hospitales, como si se tratara de una maquinaria insólita que al fin se va a poder desmontar. Una imagen lo muestra tenso, la cabeza erizada dé hilos eléctricos: se registran las ondas de su cerebro mientras se le solicita que "piense en la relatividad". (Pero, en realidad, ¿qué quiere decir exactamente "pensar eh..."?) Sin duda se intenta ha­cernos sentir que los sismogramas serán más violentos cuanto más arduo sea el tema de la "relatividad". El pensamiento es representado como una materia ener­gética, producto mensurable de un aparato complejo (poco menos que eléctrico) que transforma la sustancia cerebral en fuerza. La mitología de Einstein hace de él un genio tan poco mágico que se habla de su pensamien­to como de un trabajo funcional análogo a la produc­ción mecánica de las salchichas, a la molienda del grano o a la trituración del mineral: producía pensamiento, continuamente, como el molino de harina, y la ha sido para él, ante todo, el detenimiento de una función localizada: "el más potente cerebro ha cesado de pensar".

Esta mecánica genial tenía un objetivo: producir ecuaciones. A través de la mitología de Einstein, el mundo ha reencontrado con deleite la imagen de un saber convertido en fórmulas. Hecho paradójico: cuanto más el genio del hombre se materializaba en las formas de su cerebro y cuanto más el producto de su invención alcanzaba una condición mágica, más reencarnaba la vieja imagen esotérica de la ciencia encerrada en algu­nas letras. Existe un secreto único del mundo y ese secreto cabe en una palabra; el universo es una caja fuerte cuya clave es buscada por la humanidad. Einstein casi la encontró y ése es el mito de Einstein; todos los temas gnósticos vuelven a encontrarse en él: la unidad de la naturaleza, la posibilidad ideal de una reducción fundamental del mundo, el poder de apertura de la palabra, la lucha ancestral de un secreto y de un nom­bre, la idea de que el saber total sólo puede descubrirse de golpe, como una cerradura que cede bruscamente después de mil tanteos infructuosos. Por su simplicidad inesperada, la ecuación histórica E = me2 cumple casi totalmente la idea pura de la llave, desnuda, lineal, de un único metal, que abre con facilidad absolutamente mágica una puerta sobre la que nos obstinábamos desde hacía siglos. Las imágenes lo muestran: Einstein, foto­grafiado, está al lado de un pizarrón cubierto por signos matemáticos de visible complejidad; pero el Einstein dibujado, es decir el que entró en la leyenda, tiza en mano todavía, acaba de escribir sobre un pizarrón des­nudo y como sin preparación, la fórmula mágica del mundo. De esta manera, la mitología respeta la natura­leza de las tareas: la investigación propiamente dicha moviliza engranajes mecánicos, tiene por sede un órga­no totalmente material cuya única monstruosidad es su complicación cibernética; el descubrimiento, por el con­trario, es de esencia mágica, simple como un cuerpo primordial, como una sustancia elemental, piedra filosofal de los herméticos, agua de alquitrán de Berkeley, oxígeno de Schelling.

Pero como el mundo continúa, como la investiga­ción aumenta permanentemente, como es necesario re­servar también un papel a Dios, algún fracaso de Eins­tein se hace imprescindible: Einstein ha muerto, se afirma, sin haber podido verificar "la ecuación donde tenía el secreto del mundo". Finalmente el mundo ha resistido; apenas penetrado, el secreto se ha vuelto a cerrar; la clave era incompleta. De este modo Einstein satisface plenamente al mito, que se burla de las con­tradicciones con tal de instalar una seguridad eufórica: mago y máquina a la vez, buscador permanente y des­cubridor insatisfecho, desencadenador de lo mejor y lo peor, cerebro y conciencia, Einstein cumple los sueños más contradictorios, reconcilia míticamente la potencia infinita del hombre sobre la naturaleza y la "fatalidad" de lo sagrado de la que aún no puede despojarse.

Mitologías. Roland Barthes. Traducción: Héctor Schmucler. Siglo XXI Editores. Buenos Aires.