lunes, 12 de marzo de 2012

PIJAS PATRIAS


 Por: Marcos Freites
 
No es lo suficientemente buena, dijo la mujer más vieja, le falta mucho para ser buena.
Tampoco es demasiado femenina, agregó el tipo que estaba a su lado, la veo y me resulta demasiado masculina. Observa esos movimientos. Son demasiado viriles.
Ya está, paren con todo eso, gritó una mujer rubia que se paseaba con los senos al aire, y con una seña les ordenó al resto de las mujeres que salieran. Un hombre pequeño y minusválido se retiró con dificultad del cuerpo de una adolescente pelirroja que yacía desnuda, empapada de sudor, y buscó en torno a la cama, una escopeta. La chica se puso de pie, miro con asombro el arma, tomó una toalla, se limpió el sexo con delicadeza y se encaminó hacia las duchas.
Ni siquiera parece humana, dijo una chica morena que yacía arrodillada dibujando unos círculos multicolores. Debieron darse cuenta cuando se quitó la ropa, pensó la rubia con los senos al aire.
Deberíamos hablar con Adolfo, sugirió el tipo que estaba con la adolescente, después de todo es el único que estuvo con ella.
A ese todas le parecen maravillosas, replico la rubia y se cubrió los pechos con una materia gelatinosa de color fucsia.
En años nadie ha requerido de sus servicios, aseveró la morena, mientras esparcía la témpera sobre la hoja. Pronto la llevaran al congelador, pensó otra chica que yacía sentada con las piernas abiertas fumando un interminable cigarrillo.
Liria podría enseñarle algo a esta, propuso la rubia y mandó a la chica morena que fuera a buscarla a las duchas.
La chica aludida había permanecido en silencio en un rincón. Estaba acostada de espaldas en una camilla, con la mirada perdida en las grietas fosforescentes del techo. Tenía una cabellera abundante de un tono cercano al marrón, y en sus brazos se podían distinguir unas largas cicatrices, como si alguien hubiese intentado aserrarle el brazo con un serrucho sin afilar.
…….
Parpadearon los reflectores. Un leve apagón que hizo gemir los tubos refrigeradores. Luego, entró con un guardapolvo gris el Padre Freddy.
Diana, dijo dirigiéndose a la rubia, reúna a las chicas en el patio inmediatamente. Está asintió con la cabeza y arrastrando los pies avanzó hasta las duchas donde las chicas se bañaban.
El padre Freddy se desabotonó el guardapolvo, esbozó una sonrisa y se sentó al lado de la chica morena que seguía pintando.
Naomí no trates de fingir indiferencia, le susurró al oído, te he traído algo. Te va a gustar mucho.
La chica respondió con una especie de graznido. Freddy le acarició el pelo, y luego del bolsillo del guardapolvo extrajo un artefacto fálico de color violeta y se lo entregó. Naomí, lo observó con atención, colocándolo en contra de la luz, y con sorpresa pudo ver entre las ramificaciones eléctricas la palabra impronunciable escrita en relieve.
Esto pertenece a los oscuros, dijo, temerosa, está escrita esa… No pudo seguir hablando. Freddy le tapó la boca y acercando su rostro al de la chica le ordenó que se dirigiera en silencio a reunirse con las otras chicas, no sin antes advertirle, que escondiera el artefacto en alguno de sus orificios y que durante la noche lo utilizara siempre en modo silencioso. Si oyeran su vibración, las demás lo reconocerían, le advirtió, y con el revés de la mano acarició el culo de la chica que soltó un ligero gemido.
En el patio todas las chicas yacían arrodilladas ante un altar dónde relucía la figura de un ídolo de madera con cabeza de pájaro.
Es mejor que se quiten esas túnicas, ordenó Freddy. Las más jóvenes se sentarán adelante y las más grandes irán atrás. Oraremos hasta que mengue esta luz, dijo y se sentó al lado de una chica que jugueteaba con una oruga de plástico.

Fotografía: Sergio Larraín.

miércoles, 7 de marzo de 2012

LA ESTACIÓN DE LOS FUEGOS O EL ASEDIO

Por Camila Funes
Al final de estos apuntes debe haber lluvia. Entonces vamos en un taxi hacia el hotel donde se hospeda Raymundo Godoy, y el chofer masca un chicle de frambuesa, y los relámpagos abren grietas en el cielo y apenas entramos a la habitación, emmpieza a llover, y el desorden nos recibe, la ropa esparcida en el piso, ese olor a encierra que no puedo soportar y yo le pido que me deje ir y él se encapricha en que debo pasar la noche aquí, no hay lugar más seguro que este cuartucho, podrían venir el hombre que fuma y asesinarte, podría secuestrarte la policía y violarte en un calabozo, y entonces forcejeamos al borde de la cama sin tender, y la radio sintonizada en una estación romántica emite una descarga, justo cuando él me dobla el brazo obligándome a arrodillarme y ah, comprendo lo que va a pasar, y me monta y embiste y pregunta dónde están sus zapatos y muerta de miedo, grito, aúllo, pero la tormenta arrecia con tanta violencia que es inútil pedir ayuda en estas circunstancias.
Me quedo acostada con los ojos cerrados y un brazo en la cara. Trato de llorar, pero no puedo. Contengo la respiración, cuento hasta treinta y cuatro, treinta y cuatro y un cuarto, treinta y cuatro y un medio, y entonces abro los ojos y lo veo tendido a mi lado, cuchillo en mano, sin decir nada, y me figuro que la lluvia ha sepultado la ciudad, que sólo quedan vivos unos cuantos perros, que apenas abra la puerta moriré. Pero la lluvia continua, y mientras haya lluvia habrá relato.
La noche tiene la misma extensión que los pensamientos, y Raymundo en la cama a medio vestir es mucho más siniestro, lo veo contando la plata con una mano y con la otra rascándose los testículos, y bastaría un solo movimiento para que un repentino ataque de ira lo acosara y rasgara mi bata y desnuda me arrastrara por el piso hasta el baño, y no se escucharían mis gritos, mis suplicas, a estas horas la lluvia cae a raudales, y todas las calles deben estar inundadas y si moribunda pidiera una ambulancia no llegaría a tiempo.
Yo extraviaba objetos, ocultaba pertenencias y luego olvidaba el sitio, y los días me parecían infinitos, como si necesitara toda una vida para atravesarlos y los llenaba con pensamientos, con una necesidad demoniaca de ser ultrajada por desconocidos.
Al final, ya no hay lluvia, es mediodía y el termómetro está en pleno ascenso y la televisión muestra imágenes de la costa y yo desnuda llamo, invoco, incito la aprobación de ese dios que ha extraviado sus zapatos y que no dudara en asesinarme la próxima vez que aparezca.

Fotografía: Julien Pacaud. "Las 66 polaroids que nunca existieron".



domingo, 26 de febrero de 2012

HERNÁNDEZ O LA CONSTRUCCIÓN DE LA FELICIDAD

Por: Marcos Freites
APARICIONES: Hernández lejos. Siempre lejos. We go to party and everyone turns to see... Deambulando por una ciudad a oscuras, con nombres prestados, intercambiando apellidos, deteniéndose en estaciones de servicio donde venden alcohol hasta el amanecer, avanzando despacio como quien se desliza por un campo minado, pensando en esos camioneros que conducen casi a ciegas por una ruta desolada, riéndose de Heráclito, apostando unas monedas con tahúres, deleitándose al ver el cabello de la chica que durante casi media hora se la chupó en un estacionamiento vacío.She knows so much about these things.Se engañan los hombres sin ver ni atrapar.
Sosteniendo charlas alucinadas mientras la lluvia afuera arrecia con violencia. Moviendo piezas, ideando las estrategias sutiles, mientras esa chica  sigue ahí, dispuesta a comenzar otra vez el juego, y como botín esos mensajes que envió una tarde narcotizado, esas palabras que ahuecan el silencio, esa descarga eléctrica provocada por las píldoras para caballos cuando no es Hernández, ni es Strobel, es apenas Juan, desnudo, en bata y sin afeitar.
Tal vez es sólo eso. Un cuerpo, dos cuerpos desnudos forcejeando mientras los relámpagos se filtran por la persiana entreabiertas. Una mano que se alarga para echar sal en la oscuridad. Una línea que se traza en la habitación del moribundo cuando el dolor se hace insoportable. Una aparición que es el reflejo de otra aparición, en la infinita sucesión de aparición. Siempre lejos.
Igualmente lejos,-ahora que es Strobel, mañana que será Etchegoyen y …- distante, como si el mínimo ademán bastara para abrir un abismo, y dejemos hablar al viento, confiemos en el coro de voces que habla a su alrededor, mientras él observa todo a una prudente distancia, convencido que está vez va a en serio, y no importa que la música de Miles flote en el aire, que Carina se acerque, casi suplicando, implorando un átomo de cariño; que alguno de nosotros le diga, que se la re-jugó, que es un exitazo la fiesta, que mañana vamos a volver a emborracharnos. Y está bien que así sea, porque hay que mantener la guardia en alto, que los zapatazos pueden venir de cualquier lado, que una vez pelado el marrano… El resto lo pueden imaginar ahora que suena la música bailable, y Hernández sale a escena para retirarse definitivamente.

SEÑALES: Algo que ocurre en un lugar, envía una señal y produce un cambio en otro sitio.  La información se transmite a través de partículas que están íntimamente vinculadas. La aparición de Hernández, en nuestras vidas había sido presentida, profetizada por los iluminados del grupos, los que rechazaban el veneno exitista y se sumergían en voladas interminables. El día que El Melena cosechó la marihuana, y volvió descalzo, con la cara rasguñada, en medio de una tormenta que arreciaba con una violencia demoniaca,Germán tuvo una visión. Se había cortado la luz, y bajaba del altillo con unas velas, cuando lo vi a Germán desnudo con los brazos abiertos en el centro de la mesa, gritando que había tenido una visión. Todos nos reunimos a su alrededor para escucharlo, pero durante casi media hora no hizo más que emitir balbuceos inentendibles. Recién varios días después pudo describir con claridad, lo que le había sido revelado. Cuando Germán describía la visión, cosa que haría por lo menos quinientas veces en los meses por venir, su relato era más o menos así:
“Había una casa blanca con una veleta, a orillas de un lago. Era de noche, la luna se reflejaba en el agua, y una miríada de pájaros revoloteaba en torno a la costa. Nosotros remábamos en un bote que hacía agua por todos lados. Koko vestía una larga túnica blanca, Thompson tocaba el violín, los otros lanzaban llamas por la boca, y yo remaba con mucho esfuerzo. Cuando llegamos al muelle, nos esperaban dos caballos blancos. Un hombre con el rostro cubierto por una máscara veneciana amarró el bote a los animales, y estos empezaron a remolcarlo. A la casa entrábamos en el bote. Nos recibió, quien parecía el dueño de casa. Un hombre alto, con el cabello hasta los hombros. Vestía como un príncipe saudí. Cuando bajamos de la embarcación, nos hizo sentar en torno a  una mesa, donde dos mujeres desnudas penetraban con un consolador a un hombre negro, y nos entregó a cada uno un revólver. Unos enanos trajeron una pila de cajas metálicas, las pusieron en el centro de la mesa, y todos comenzamos a dispararles. Desde el interior de las cajas, brotaba algo que parecía ser sangre”.
 Fotografía: Irina Werning

martes, 21 de febrero de 2012

SIEMPREVIVA O NARANJAS AL ATARDECER

Por  Gabriel Funes, El Milagro, San Luis 

Llovía tanto, como si se fuera a caer el cielo. El agua oscurecía la huella.  Uno tras otro venían los carros dando sacudones. Como tartamudeando bajo el aguacero. El Pitanga los alcanzó a divisar desde arriba de la loma. Había salido a ver una vaca que estaba parida en el bañado donde cayó muerto Carlos Saúl. ¿Se acuerda? Eso fue antes que empezarán los incendios. Como le decía, el Pitanga vio los carros y bajo hecho un humo a avisarme. Nos pusimos unos guarapones para la lluvia, cargamos la escopeta y salimos a pispiar. En eso a uno de los carros se le trancó la rueda en un pedregal, el caballo tiró, tiró con tanta fuerza que el eje terminó por ceder. Dio una vuelta en el aire el carro, y como si hubiesen estallado, salieron de a montones las naranjas. La lluvia pareció largarse con más ímpetu. Como pudieron los hombres acomodaron la carga y siguieron viaje a los sacudones.  Panza abajo, tras las jarillas lo observamos todo con el Pitanga. Cuando se fueron juntamos en una bolsa de arpillera las naranjas que no habían recogido.
Los niños se pusieron como locos cuando nos vieron llegar con la bolsada de naranjas. Sabrá usted que acá la fruta es escasa. Sólo frutos silvestres. Esas cosas, vio. Acá en las casas tenemos unos naranjos, pero no dan nunca. Eso que florecen. Debe ser por las heladas. Lo que es bajo asienta con todo la escarcha.  Los niños, sobre todo los más grandes, Amílcar y Lorenzo, se ilusionaban con que algún día el árbol estuviera lleno de naranja. Pero nunca resultaba. Nunca resulta. Eso de los sueños: son puras macanas. Ilusiones que les meten en el colegio con fórceps a los pobres. La cosa es que el Amílcar a la noche no tuvo mejor idea que agarra las naranjas y colgarlas en el árbol. Al otro día, apenas amaneció los tres se despertaron y se pusieron a dar vueltas alrededor del naranjo. Parecía que la felicidad se les había ganado en las entrañas. Y eso que antes tenían temor de arrimarse al naranjo, porque ahí había ahorcado al perro chico cuando lo encontré comiéndose los huevos d la pava.
Pasaban los días y ahí estaban las naranjas brillantes como si acabaran de madurar. Era un prodigio verlas: sobre todo cuando el sol empezaba a esconderse. Una tarde pasó con una tropilla de burros la hija de Don Godoy, y se paró a mirar las naranjas. Ya se salían los ojos de la sorpresa. Apenas llegó a la casa, parece que le contó al viejo, y ahísito no más se vino con tres bolsas a pedir naranjas. Cuando le conté que era una travesura de los niños se me puso triste y pegó la media vuelta. La gente parece respirar ayudada por las ilusiones. Le gusta ir engañando a la realidad. Hasta que se le hace vicio, y ya no ve el suelo que está pisando. ¿Me entiende?
Como al cuarto día, cuando las lluvias habían empezado de nuevo, Rufino, el más chico vino con el cuento de que el árbol se había apropiado de las naranjas. Déjate de macanear, le dijo y él siguió insistiendo, jurando que ya no estaban agarradas por hilos, sino por un tallo verde, lustroso. Ahora sí le pertenecen al árbol, me decía y daba saltos de felicidad. Con la vieja ya nos había desvestido para echarnos una siesta, por eso no me levanté a dar un vistazo.
Al otro día me despertaron los llantos de los niños. Arrodillados bajo el árbol, sostenían un puñado de naranjas podridas. Corría un viento helado de las sierras, y las naranjas que todavía colgaban del árbol estaban resecas: como si fueran el casco de una pelota que se acaba de reventar. No quedaban más que unos colgajos malolientes de aquellas naranjas esplendorosas que podían robarle el color al sol. Lo que sí relucía era el naranjo. Parecía bruñido. Nunca lo volví a ver con ese verdor. Como si hubiese sido de repente despojado de un conjuro.


lunes, 6 de febrero de 2012

LA MIRADA DEL COCODRILO

                                                                    Por Marcos Freites
¿Quién me ocultó los zapatos?  Hay otro cliente esperando.
Aquí la gente entra, recibe lo que busca y se va. Se va.
Se va a tener que apurar. ¿Cuándo se sacó los zapatos dónde los dejó? No se pueden extraviar. Sólo usted y yo entramos a esta pieza. Una vez, déjeme que le cuente, uno de los muchachos se olvidó los calzoncillos, salió apurado porque tenía que ir a rendir una materia. Siempre que rendía finales venía antes a echarse un cortito. Se ve que un poco de piel lo relajaba. Cada vez los muchachos son más difíciles de entender. ¿Se fijó debajo de la cama?
***
Entonces comienzan los movimientos, imprevistos, exagerados. Como si se tratara de la representación de una absurda comedia, y los rostros se confunden, se desfiguran entre unas manos abiertas y el chico que se dejó caer con un violín se parece al muchacho que cuando le estaba haciendo un oral, me preguntó muy serio, qué se sentía al chupársela a dios, y todo se mezcla con el flaco que me pone contra la pared y mientras embiste con fuerza me susurra que le encantaría estrangularme, y el viejo al que hay que soplársela para que se le endurezca se parece al cura que viene a implorarme que lo masturbe, y todos los hombres se llaman Jesús y van a morir condenados, y yo soy la puta virgen María abierta de piernas, incapaz de decir no, pensando en unos zapatos extraviados, en ese momento en que la punta te roza el paladar y todo se esclarece y ah, una comprende.
***
Es verano. Anochece y el sopor de la tarde se niega a aplacarse. Con una regadera de plástico naranja humedezco el patio de tierra, mientras la otra que vive en mi cabeza desprende estrellas de un cielo cada vez más sombrío.
***
Mientras tanto trato de no asombrarme. No estoy loca. A veces creo que la gente lo piensa y me esquiva o se comportan de una manera extraña cuando habla conmigo. Algunos amigos vienen a visitarme los lunes, traen algo para tomar, ponen algún disco y me cuentan sus hazañas sexuales. La mayoría son  aventureros, recorren grandes distancias a pie, cargando mochilas pesadas, lo hacen escuchando música bailable, y una vez que se acuestan inhalan el humo de los sueños convencidos que no hay mejor final para una excursión, que encontrarse en la cama desnuda con una desconocida que oculta armas en su armario, o descubrirse arrodillada ante un maleante que acaba de asaltar una anciana.
***
Si pudiera entender el orden de las cosas, como ocurren, que fuerza incontrolable las empuja hacia acá, si pudiera saber quién provoca accidentes inesperados en plena temporada baja y qué decir de ese paisano superdotado que cae a fin de mes, y me muestra un cuchillo tajeador con el que peló varias mulitas y degolló un jabalí.
***
Cuando me sorprendí fumando de una pipa de agua con un hombre que había conocido en la sala de urgencias, después del incendio, me sentí frágil y supe que debía regresar a casa antes que se largara la lluvia, pero teniendo en cuenta los movimientos telúricos, la inseguridad creciente, tal vez mi casa ya no estaba y ese extraño me tendría que dar cobijo, alimento y, dios, si es posible un poco de amor.
***
No sé. No sé si son los roces imprevistos o ver mi nombre escrito en las páginas de un cuaderno mugriento, o la simple observación de las cosas que acontecen silenciosamente a mi alrededor, que me hacen pensar que todo esto no es más que una ilusión, una vana ensoñación a la que se asiste con los ojos abiertos, un punto en medio de la inmensidad donde la idea que tengo de vos, se encuentra con la idea que vos tenés de mí, intercambiamos fluidos, dinero, enfermedades venéreas y alguna fulguración capaz de mantener fuera de nuestro espacio a la oscuridad.


lunes, 30 de enero de 2012

TODOS LOS CABALLOS OSCUROS

Por: Marcos Freites
 
Esto es un recuerdo. Una forma de consolarse cuando los ahogados flotan, y poco a poco el resplandor de los cuerpos empieza a aplacarse.

Yo no estoy soñando, lo recuerdo mientras la noche sigue quieta afuera, como si no supiera aún de todo este horror.

Sin pensarlo me he adentrado en los confines de la memoria, y todo es flexible, líquido como esas imágenes que nos atraviesan durante un  paseo desnudo.

No hay forma de evitar el recuerdo.

Alejo los dedos de tu sexo, salpicado de gotitas de sangre, y veo una cama llena de aullidos, un anciano con los ojos vidriosos que apunta con una pistola a la imagen decrépita que le devuelve el espejo.

Veo un trozo de carne cruda goteando sangre, sombras que me miran desde el fondo del pozo que han abierto las larvas.

¡No debo entrar desnuda a la cama donde la muñeca mece un niño imaginario !

Lo que la noche cobija son puñados de arena. El siervo murmuró entre las hilachas polvorientas, y pidió que lo sometiera a mis vejámenes. Era un hombre viejo, que creía habitar relámpagos. Me irritó su sumisión, la facilidad con que doblegué su ira. Me dio asco verlo desnudo sobre mi cama, balbuceando, implorando por una dosis de dolor, y antes de abandonarlo arranqué sus testículos.

Ahora espanto su recuerdo, imaginando que por esa ventanita la sombra de un niño pequeñito podría ingresar mientras duermo, y en un rapto de deseo acariciar mis pechos como si fueran uvas frescas. Morderlos hasta arrancarme un grito de dolor, y dejar su baba pegajosa en mis pezones como una marca de su afiebrado apetito. En esas circunstancias debería matar al niño, cubrir su cuerpo con sal y dejar que los lobos, la nieve lo devoren. Pero eso llevaría mucho tiempo, y el tiempo es un bien escaso cuando se está desnuda en medio del escenario con un látigo como único amparo.



II

Cuando me sumerjo en los ojos del verdugo, me siento enferma, como si una sombra tibia me ennubleciera el sexo, y trato de huir de esta absurda representación donde debo lidiar con lo trágico y sus voluntades, con los gritos que me asedian a medianoche, con esa luz muerta que me señala la entrada al abismo.

Cuando nos hundimos en el hervor de los recuerdos pasan cosas que jamás alivian, el cadáver de un esclavo mutilado, el crujido seca de sus huesos taladrados por la lluvia, las venas oscuras que se abren a borbotones, los gemidos pegajosos de los que no pueden dormir, los chillidos que arroja a puñados el viento por la ventana del hospital donde agoniza el general, donde sus despojos se revuelcan con los labios húmedos de leche materna, implorando que todo esto, maldita sea, pase , que se vaya junto al polvo que exhalan esas mangueras horriblemente dispuestas.

III

Ahora ya no es un día en la suma imposible de horas mortuorias, es un gesto en la infinitud, reverberaciones insomnes, es un complejo sistema de cables que trazan el mapa de los infiernos.

La memoria muda horrores, cambia espantos por medallas y uno es un errante y solitario rinoceronte atrapado entre las páginas de un libro donde las huestes de Darío se ven burladas por los escitas, donde los héroes del santuario a orillas del Danubio con mil fiebres ven el reflejo de Atila en las aguas. Soy el azote de Dios, grito, mientras las enfermeras tratan de amarrarme a la cama y una luz macilenta me hiere los ojos.

Ningún tipo de conocimiento ofrece el espanto, lo sé, lo he visto, he convivido a diario con él, puedo olerlo entre estos tubos, entre estas palancas que accionan el pulso de las máquinas.

Soy alguien que llega desde un país donde no vive nadie. Entre estos hierros aplastados veo el pasadizo por el que ingresé, escucho los cascos de los caballos extraviándose en el arenal, el alarido de las fanfarrias, los gemidos de los cobardes ante el pelotón de fusilamiento. Confío en que tras los disparos sobrevenga la calma.

Deseo ahorrarme el esfuerzo de despedirme, la gloria de otros años no es la sangre que ahora me debilita. Debo irme antes que asalte el alba, este cuerpo yace impotente ante los ojos voluptuosos de esos médicos  que quieren habitar mi coraje.

IV

Desearía recordar los detalles de esta consagración sangrienta, volver a oír el aullido de las cuchillas cayendo en picada, la blancura insoportable de las paredes, el frío beso de la punta afilada que amputa para siempre la perversión, amar el indefinido horror que se abre, y así extender mi odio a lo largo de este cuerpo moribundo ofrecido a un banquete de cobardes.

Si yo fuera el fuego hubiese arrasado con esos miserables, desde está cama los hubiese azotado con látigos en llamas, pero mis fuerzas han disminuido, apenas sostengo mi miembro, y me pregunto que hay allí abajo que las cosas caen con tanta facilidad, mientras tanto esa mujerzuela demente, enfundada en su coraza de latex como una anticipación de mi despertar aguarda hambrienta por los restos de mis vísceras.


miércoles, 25 de enero de 2012

ORAL AMERICANA

 Por: Marcos Freites
 
Acordate, acordate que a la tarde estoy sola, acordate que tenés que entrar por atrás, dijo Carla al ver el coche de Fernández estacionado en la salida del colegio, pronunciando las palabras en forma de susurro, acariciando con sus labios la brisa, y jurándose que esta vez no dudaría en acceder a ninguna de sus peticiones. (Los deseos de los hombres sólo pueden ser satisfechos arrodillándose) Oh, estos deseos, pensó, los deseos de Fernández. Lo recordó sentado en su casa fumando, haciendo zapping, enseñándole a sus hijos como debían actuar en caso de emergencia. A veces, Carla, imaginaba que Fernández y su marido se sentaban frente a un espejo, y durante horas y horas se observaban. En su imaginación Fernández era mucho más alto y fornido que su conyugue, su cabello relucía como si recién hubiese sido bruñido, y bastaba con ver sus ojos para advertir que una se encontraba ante alguien irrepetible, capaz de manar una energía altamente inflamable. Y mientras caminaba hacia el estacionamiento, pensó en todo lo que había detrás de Fernández, en la suma de poder que había sido puesta repentinamente en esas manos suaves que los domingos le acariciaban el pelo, y a veces,  cuando anochecía y estaban dentro del coche, descendían lentamente hasta rozar la punta de sus pechos.
Ayer la había enfermado la forma en que Aldana lo miraba a Fernández. ¿Por qué esa aparecida lo miraba así?  Como si compartiera con él secretos, como si los dos hubiesen sido testigos de algo que ella ignoraba. Y Aldana se había dado cuenta de su enojo, eso lo supo cuando se dirigían al comedor y vio su rostro, era una de esas chicas que no podían disimular su ira, tal  vez si la hubieran azuzado un poco, en un ataque de furia no hubiese dudado en romperle la cabeza contra la pared.
Tal como la ceniza cae tras un incendio, así se derrumban las ilusiones de una chica cuando es mediodía, no ha almorzado todavía, y el hombre de su vida camina del brazo de otra mujer por la vereda de enfrente. Un rato antes, Carla habría luchado, pero ahora con una pila de fotocopias bajo el brazo, le resultaría inútil enfrentarse a una mujer que del brazo de ese hombre luce tan joven y hasta se podría pensar que ella es tan segura, acorazada tras esos anteojos de sol, hablando del último libro de Haruki Murakami o simplemente haciendo planes para las vacaciones de verano.

Aquí nos detenemos. Aquí nos quedamos quietas, sorprendidas ante la vidriera del local, iluminado por el resplandor de sol primaveral, y esa que está adentro de la mano de Fernández, acaso no es Marisol, ah, dijo Dolores, esa pendeja siempre le tuvo ganas, yo desde un principio supe que le hacía caritas, y Carla que durante todo el trayecto había deseado que Fernández se hiciera un tiempo, se dejara caer y soltara sin piedad aquello de que nadar sabe mi llama la agua fría y junto a él se iría el blanco del día, para dar lugar al reinado de las luces, y ahí entre sombras pensaría en eso que le dijo acerca del querer que ya no es lo que quiere; pero toda ensoñación es en vano, deberá conformarse con volver a casa , y encontrarse con su hija que cada vez se aísla más, con su marido que se sienta en silencio como un autómata frente al televisor, sin oírla, cuando los relojes dan las diez y veinte, y las chicas en la pantalla se ven inalcanzables, y una siente ganas de saltar por la ventana al vacio, o quedarse tirada en la cama sin tener que pensar en nada.




jueves, 12 de enero de 2012

CÍRCULOS EN EL AIRE

 Por: Marcos Freites

Cuando estaban por surgir los títulos que anunciaban en cinco idiomas diferentes la llegada del verano, abrió las manos, contuvo la respiración, se elevó por encima de los niños e hizo un círculo en el aire. Las mujeres que hacían ejercicios en torno a las máquinas se sorprendieron de lo gigantesco que podía ser un círculo dibujado en el aire. Podría ingresar por él un camello o un dromedario sin mucha dificultad, dijo una de ella mientras se secaba el sudor de las piernas con un pañuelo. Tal vez podría atravesar por él una avioneta, sobre todo si está soleado, agregó otra mujer que aferrada al torno modelador de glúteos apenas podía hablar. El enano que limpiaba los engranajes de la rueda luminosa se acercó hacia donde estaba El Dibujante de Círculos en el Aire, y le pidió que hiciera uno aún mayor.
Señor si se sube al trampolín podrá hacer uno mucho más grande, y los impresionará a todos. Hágalo, por favor. Mire a los chicos. Están ansiosos, han dejado de jugar para contemplarlo a usted, Señor…

Maravilla, respondió él, y se quitó los zapatos para comenzar a trepar la escalera. En torno a la pileta se había congregado un gran número de personas. Estaban hasta los mecánicos de la Montaña Celestial que había dejado de girar y emitía un chillido ensordecedor. Por los altavoces del parque sonaba el hit del verano, interpretado como era costumbre por Devoradores de Caníbales. La música hipnótica y ululante parecía penetrar en los oídos, repiquetear en las venas, para finalmente galopear en la cabeza  como una tropilla de sementales en celo. Entonces ahí se producía la revelación, y pensábamos acerca de nosotros mismos, acerca del lugar que ocupamos. Para ese momento Maravilla estaba en la punta del trampolín, dispuesto a dar el gran salto, cuando vio a la muñeca que hacía globos con la boca, y al verla creyó escuchar en su cabeza la palabra Dios. Por ese entonces Dios era una palabra-tesoro. En la época que sucedió esto que les cuento, había palabras –tesoro, palabras que se guardaban celosamente para momentos límites. La muñeca lo observaba con ese ojo punzante que le acuchillaba sus pequeñas gafas, y en su cabeza la palabra Dios empezaba a  oírse con mayor claridad. La gente aullaba, y pedía a coro que diera el gran salto. La muñeca le disparaba aquemarrropa miradas que lo cegaban con ese ojo filoso, capaz de atravesar las gafas de blindex. Desde lo alto de la torre lanzachorros había otras muñecas que sostenían una pancarta que lo invitaban a saltar.

Maravilla, trató de olvidar los ojos de las muñecas, que sólo él creía ver, y cuando lo hizó dió el salto, y al hacerlo tuvo la impresión que la muñeca que mascaba chicle  se había arrancado el ojo punzante, y dio un grito que nadie escuchó, creyó flotar en el aire durante unos segundos, después unos brazos invisibles lo volvieron a elevar, y entonces abrió las manos y no sólo hizo un gran círculo por el que podría haber pasado una manada de elefantes, sino que escribió la palabra Dios.
(Fragmento de "Círculos en el aire", nouvella inédita de Rodrigo Heredia)

sábado, 7 de enero de 2012

POEMAS DE VERANO O RECREO BAJO EL SOL

Por Ayelen Pilmayken (Poeta perteneciente a la etnia olongasta)

Enero

La subversión de las formas
deja que se extienda el temporal
en la débil mano del verano
como algo perecedero
hecho para diluirse
en el cansancio del día
                  amortajado
sin un lecho
                    donde acostar las hazañas
Sólo ese diálogo deficiente
         con lo animado
que apenas distingue
   
incendia la intemperie
la  dicha que promete
                  el cuerpo abierto
a la sumisión
avanzando entre la salina
sin herirse los pies.

 Hemos dicho verano

Hemos dicho verano
y hemos puesto a cocer la verdura
y hemos deseado despertar los muertos
los que duermen en el fango
y hemos soñado tener un cuerpo
lo suficientemente fuerte
para soportar la sequía.

Y este dejo a fiesta
que nos despierta
acariciadas por un ángel
que reparte nombres vacíos.

Verano brujo,
acaso logres alcanzarnos todavía
y nos encuentres
frágiles junto a la majada
en el incendio de la oración
o apretadísimas, silenciosas,
fruncidas como la noche.

 Autobiografía

 ¿Cómo decir de quién, de qué manera se planta un pene
se pone semen macerado, se da a cuatro manos vida?
¿Cómo decir de cuando, de que cama surgió, de dónde vino?
Alguien llegó ebrio una noche, golpeó la puerta de una casa
humilde, azul de humilde, y una niña atendió. El hombre
entró, señaló un lunar en la piel de la niña y le ordenó
que se desvistiera, y hubo llantos, alaridos, y mucha sangre,
sobre todo mucha sangre, y entonces fui, fui ira, fui vergüenza
fui tristeza, fui un trapo húmedo, fui desconsoladamente Ayelen.

Me están esperando

 Me están esperando. Esos hombre esperan que crezca.
Cada día que pasa observan con minuciosidad sí mis pechos
han crecido lo suficiente. Están deseosos de comprobar
la humedad de mi sexo. Me están esperando.
La historia no deja de repetirse. Niñas que duermen solas.
Hombres que en mitad de la noche abren puertas.
La historia no deja de repetirse. Me están esperando.
Me están quemando por dentro. Los hombres
están arrimando piras a mi cuerpo adolescente.
Soy un periódico arrugado con el que van a encender el fuego.
Madre, estás demasiado lejos para oírme.
Saben que no ofreceré resistencia
cuando esos hombres me tomen como un fruto maduro.
Me están quemando por dentro. Debería morir.
Debería morir. Me estoy quemando por dentro.

Sin saber que decir

Me senté desnuda frente al espejo
peine mi cabello y vi mi sexo
estaba lista para entregarme
tras la puerta un hombre
se quitaba las botas
y había viento en torno a la casa
y había llanto de niños
y crujían con tristeza las chapas.
Mamá cocinaba una cabeza
en unas ollas tiznadas,
mis hermanas esparcían ceniza
sobre las heces de los perros
y un coche oscuro
se detuvo en la entrada.
Van a partirme el corazón sin piedad.
 A lo largo de los años por venir
no haré otra cosa que parir,
y lavar ropa, y preparar comida
y volver a parir, y juntar monedas
y ahogar mi sufrimiento.
Una buena mujer debe callar su dolor.
Van a partirme el corazón sin piedad.
No le ha de importar que mi cuerpo
aún es extrañamente hermoso.

 Siempreviva
Sí esos hombres siguen ahí, sí ese huésped sigue dentro de mi cabeza,
me levantaré y me pondré en marcha, despacio, y a Siempreviva iré,
y un pozo haré allí para enterrar las sombras que están junto a mí
y viviré sola sin contar mis días esperando que nieven pájaros blancos
y tendré algo de luz allí, para ver lo que queda en mí
porque la luz viene goteando en un incendio de rostros
que solo pueden mirar hacia lo oscuro.
Si sobre mi cama sólo duermen extraños y entre los velos del alba
sólo veo mi desnudez, la saliva fría que aprisiona mi sexo
caminaré descalza hasta donde el árbol se deshoja.
Allí entre la tierra húmeda  la medianoche es una luz leve
y el mediodía un batir de alas crujientes empujadas por el viento.
Me levantaré de la cama, dejaré esta ciudad que no comprendo,
enterraré todas sus promesas en algún lugar, y con los ojos cerrados
encontraré el camino de regreso a Siempreviva,
y cuando esté en viaje oiré crepitar el río sobre la arena caliente,
y sabré que esta vez estoy cerca de Siempreviva,
y un pozo haré  allí para enterrar las sombras que están junto a mí.

Revelación
Mamá, el útero es un pequeño cuarto
un cuarto cuyas puertas dan al día
un sitio oscuro
donde sueño con peces
y veo monstruos.
Me asusto, me arranco el cordón
y escribo con sangre tu nombre
oculto en la pared las vísceras
Es verdad, mamá, que los niños
al igual que los muertos
muy poco, muy poco duran.
Ni siquiera las sombras
permanecen lo suficiente
Entrecortadas por cuchillas
caen tus lágrimas al parir
y lo único que ves
es lo que ya no está.
El reposo del fuego
tras el sacrificio.
Los cuerpos sobre la orilla
incapaces de advertir
lo que les espera.
El reposo del fuego
tras el sacrificio.
La flecha que al cobijo
de la oscuridad
sin ruido da en el blanco.

Madre,
mis días ya han sido disueltos
son restos óseos.
No habrá útero
que no contenga el polvo
y lejos de mí, en lo gris
abrirás tu cuerpo al viento.

Ayelen Pilmayken ( El divisadero, 1992) Actualmente vive con sus padres a quienes ayuda en el pastoreo de las cabras, así como tambien en la manufactura de lácteos. Su sueño es poder leer toda la obra de Italo Calvino. No le interesa demasiado el futuro.