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domingo, 6 de mayo de 2012

DISTINTAS FORMAS DE RECIBIR UN GRITO

        Por Diana Marzotti

Ahora leo los cuadernos negros de R., el amigo que vislumbró la muerte antes que todos nosotros, que se acostó con ella, mientras la nieve caía y el viento ululaba entre los pinos que con paciencia había dibujado. Escribía por arrebatos, metido en su cama durante la noche. Sabía que al final, ella lo estaría esperando y sería implacable.  
Antes hubo acontecimientos, algunos ya mencionados, otros apenas sugeridos como el de la muchacha desaparecida. 
Todo acontecía, sin que nadie tuviera el control, era como si de pronto los hilos que sujetaban las cosas se hubiesen cortado, o como si una fuerza invisible y demoníaca tomara posesión de todo lo que nos rodeaba.
R, era el  ángel exterminador que atormentado vagaba por el campo abierto a la perdición, minado de desgracia, mientras escribía y escribía en el cuerpo de la chica  muerta . 
*** 
Salimos por la mañana queriendo olvidar todas las flores y floreros y jardines, con la cara sin lavar hacia la calle dónde no había nadie, salimos creyendo escapar de una casa que se derrumbaba cada mañana, que se encogía cada vez que despertábamos. Algo ya nos empezaba a pesar. Siempre suele ser así. 

***

Puede que con unas cuantas piedras empiece la próxima guerra y dos o tres persistan en la obstinada idea de que la mejor manera de hacerse fuerte es a través de la paz, y hagan sentadas en medio de los escombros, y con resignación reciban los balazos; pero en medio de los desmanes, cuando todo esto se vaya consumiendo en unos cuantos reventones, yo les advierto, sin ánimo de desanimarlos, formaré parte de los desertores, de los que se encargan al final de la guerra de echarle un poco de tierra a los muertos.
*** 
Supe de relámpagos mientras esperaba la merienda. Sin pensar en los hombres que van a tomar posesión. Lentamente he logrado deshilachar toda la sábana  y con los pies he seguido el ritmo de las máquinas que durante toda la tarde han estado demoliendo escombros, buscando cuerpos después del terremoto. Desde el fondo la mucama trajo la bandeja reluciente, sirvió pan y uvas frescas, mientras por la radio declaraban el estado de sitio y yo no dejaba de pensar en tormentas.
Diana Marzzotti. Nació en Villa Mercedes, San Luis en 1992. Actualmente  reside en Cañada de Gómez, Santa Fe. Tiene en preparación un libro de poemas titulado "Apuntes ligeros". 
Fotografía: J.J.Reynoso.

viernes, 30 de diciembre de 2011

EL ÚLTIMO DÍA DEL ÚLTIMO AÑO

Por J.P
En esa época River Plate era sensacional, ganaba los partidos sin transpirar, eso al menos era lo que decían. Menem todavía era presidente, y ya la gente se empezaba a cansar, como se cansa de todos. Pappo tenía razón, cómo vamos a putear al turco si trajo la Fórmula uno y a los Rolling. El fútbol y la política no me gustan, pero en este país no hay forma de escaparles. Más aún cuando salís con un tipo que es un futbolista fracasado. Mi novio Alexis, jugó en las inferiores de Belgrano de Córdoba, siempre que se pone ebrio jura que compartió vestuario con “el diablo” Monserrat y el “Luifa” Artime. Ese año pasaron muchas cosas, demasiadas, mi perrita se cayó al pozo ciego del baño, y tuvieron que hacer un túnel lateral para sacarla, mi suegra casi  muere atropellada por un camión, Carla, mi mejor amiga, como adivinando lo que se venía se fue a vivir a España, y casi a finales de diciembre, con Alexis nos peleamos mal, y estuvimos casi dos semanas sin hablarnos. Supongo que no le importó demasiado, porque River salió campeón, y como yapa, ganó la quiniela. Le pegó las tres cifras a la cabeza. Ese fue un buen motivo para que lo perdonara, y aceptara pasar las vacaciones con él. Decidimos como todo el mundo ir a la costa. Me dio un poco de pena dejar en casa a la perrita, pero mamá la cuidaría con mucho esmero.
Llegamos unos días antes de año nuevo, nos instalamos decididos a exprimir cada día de vacaciones. El espectáculo de la playa, la visión de todo aquel universo gozando sin pudor de cada uno de sus sentidos al borde del éxtasis me distrajo y me procuró un gozo desconocido. El mar arrojaba sobre la arena tibia unas olas desganadas que dejaban trozos de espuma viscosa. Unos perros vagabundos perseguían a los niños que habían amarrado en sus cinturas botellas de plástico que utilizaban como flotadores. A la izquierda entre los  roqueríos se arremansaba la basura conformada en su mayoría por latas de cerveza y bolsas de supermercado. Alexis acomodó la toalla sobre la arena húmeda y compacta, me dijo que hacía mucho que no me veía en bikini, me parece que ahora tenés más paradas las tetas, agregó y arrimó la conservadora repleta de botellitas de pronto-shake.
En los alto parlantes del parador no dejaban de sonar los Autenticos, y en mi disc-man tenía un lugar privilegiado Post de Björk. Mientras sonaba Hyperballad, dejé que mis ojos vagaran libremente por la playa. Esa actitud me hizo  comprender que esta estadía juntos en vez de acercarnos, irremediablemente, nos alejaría.
Alexis cree que tengo poderes para predecir el futuro. No hay mañana en que no me pregunte como va a estar su día ,y desde hace años recibe la misma respuesta. Es un hombre rutinario, como podrán advertirlo. Con un lustro de convivencia encima aún no se decide entre el amor pringoso de su madre y el sexo desenfrenado que yo le ofrezco.
Mientras bailaba en el parador, se me presentó Almada. ¿Quién era Almada? ¿De dónde lo conocía? Busqué en mi cabeza y encontré algo, por primera vez. Marcos citaba a Almada en los días grises cuando nos dejábamos llevar por la fantasía del suicidio. Matías también citaba al viejo. Lo hacía con grandilocuencia. Debajo de los epígrafes dibujaba unas vergas colosales, tetas que supuraban sangre. Hablaba de atravesar lo trágico con los ojos abiertos, de potros que sacaban chispas en los pastizales. Del poeta Jorge Cuesta que antes de suicidarse se acuchilló los huevos. Una horda de enfermos. La nada es la única forma de la perfección, sentenciaba Almada. Me alegra recordar esa cita, ahora que tengo la sensación de estar desnuda en una ciudad a punto de desaparecer, mientras un hombre me deja mensajes de voz en el teléfono. En Lengua y Literatura no había lugar para mí, lo pienso, y me toco las tetas como una forma de evitar cualquier mal augurio. Entonces estoy de nuevo en la playa. Centellean unos cristales entre la resaca que juntó la última tempestad.
Almada me observa con delicadeza. Sus ojos zigzaguean en torno a los míos y sin decirme nada, me toma de las manos. Me hace girar en la brisa. Mis piernas quedan suspendidas entre una semicorchea y un si bemol. Slurppssss. Un largo beso. La cámara lúcida hace click. Pienso en la primera guerra mundial, en la máscara de un soldado francés, dejo que mi ropa caiga.
Algo sucede.
Siempre algo sucede. Si lo permitimos.
-Es un flash verte a través de estos ojos verde-sprite, me dice y finge dar un salto al vacío.
Lo miro extrañada sin entender nada.
-Un poeta debe mantener actualizado su vocabulario, agrega y rueda sobre la arena.
Me da risa y corro a revolcarme con él. El tiempo escapa por una pendiente, y un segundo después termina el verano. A veces pienso que todo ocurre así. A veces creo que todo ocurrió antes del 2001.
Yo escuché y supe de Rubén Rogelio Almada en el establo del hipódromo el día que Aguacero Spring en contra de todos los pronósticos le gano a Caledonia Blue. Había un jinete pelirrojo que tenía una cuenta pendiente con Almada y estaba dispuesto a darle una buena paliza. Se hablaba de drogas, de dinero, de mujeres. También en ese lugar debo haber escuchado hablar por primera vez de C.E.Feiling, que para ese entonces ya había muerto de leucemia, y de Fernando Vallejo. Tal vez de Cioran escuché alguna frase. Me impactaba lo que se hablaba en esa oscura caballeriza, un lugar que mi madre no juzgaba como apto para una chica que se aprestaba a terminar el secundario. Los días fuera de ahí transcurrían lentos, como si tras ello estuviera a punto de nacer una tormenta infinita.
Y entonces lo que une el recuerdo de la playa con el del hipódromo es Almada. También la velocidad precisa con que los hombres eyaculan. Recuerdos quebrados que guardan más ponzoña que luz. Y algunas cosas más que por estar cerca un nuevo año, me las guardo, las silencio hasta que alguien se baje los pantalones, me muestre algo que valga la pena, y me incite a abrir la boca.


jueves, 24 de febrero de 2011

EL AMOR EN PEDAZOS

Por Luciana Garamondi
1.La tarde muere en un lánguido susurro. Es casi final de año, todos estan haciendo balances, pidiendo préstamos y deseos. Él permanece callado e indiferente en el asiento mullido del colectivo, mirando hacia los árboles fantasmales que cercan el camino, hacia las remotas casas que asoman tras las cercas de ligustros, como si intentara indagar el misterio que se  oculta tras esas edificaciones abandonadas en la vasta llanura. Parece habitar un cuerpo ajeno, contemplar todo a través de unos ojos inanimados.
Su voz suena lejana, como un eco apagado por el desencanto. Yo me siento todo el tiempo punzada  por la urgencia, con insistencia busco sus gruesos y marchitos labios, que como si fuesen peces se escurren, se disuelven en ligeras gambetas, quiebres de cintura imprecisos o anteponen un iceberg de indiferencia. De vez en cuando sus ojos caen con repugnancia sobre mi cuerpo obeso encendido de lujuria, sobre mis manos inquietas, ávidas de recorrer su piel. A pesar de su menosprecio su contemplación me lleva sin escalas hasta la antesala de las perversiones. Me dejo llevar por el deseo, desesperada, presurosa de caricias  Mis manos intentan iniciar un disimulado movimiento, acariciante sobre su pecho y busco apoyar mis labios en los suyos. Cantan amargamente las langostas bajo el sol. El aire desentierra viejos aullidos.
Digo algo por lo bajo y entiende mal. Entonces sus ojos se llenan de ira, y comienza a hablarme de Luciana, aquella corista que conoció en una fiesta.
Me habla de la obediencia y la disciplina, del amasijo de fibras y tendones que luce Luciana, eso solo lo vemos en los manuales de anatomía, añade. Con desdén tomo sus manos, el trata de apartarlas y luego, una vez que las suelto, reclina el asiento, extiende las piernas con indolencia, dejando apreciar un bulto majestuoso.  La falda se adhiere a los muslos con una voluptuosidad que acrecienta aún más mi tormento incipiente. Una oleada de rubor me sube a la cara, como si hubiera expuesto en voz alta los recuerdos que me trasladan a aquellos días en que me desgañitaba predicando las excelencias del decoro y los peligros de las indumentarias deshonestas.
El colectivo comienza a aminorar la marcha al llegar al puente. Una nube negra oscurece la tarde y llueve con desesperación. Desde mi asiento escucho un leve murmullo de voces que comentan, entre alegres y sorprendidas, el cruento asesinato de una mujer embarazada y los resultados de los partidos de fútbol. Ajeno a todos los avatares, él se duerme. Luego la intemperie se posa en la boca sucia de la indiferencia. Arde con desgano en un hueco del pecho el último jirón de pasión. La luz del ocaso me parece más triste que otras veces, y siento que a su lado envejezco deprisa. Un pájaro llora en el espejo retrovisor. Hay un vuelo de gorriones, una música de casuarinas y un sollozo de hierros oxidados. Descalzos van los penitentes con los pies sangrando entre las piedras.
   Cuando distingo las pálidas luces del pueblo, sé que nosotros ya no somos los mismos, somos diferentes a aquellos que deambulaban con sueños y antorchas en los labios. Entiendo que nunca podré  sanar las distancias, mi vida siempre será un naufragio de adioses inservibles. Nos miramos como dos extraños que coronan su despedida con un beso tibio en las mejillas y nos alejamos cada uno por su lado. Me dirijo hasta mi casa respirando los olores alquímicos del azufre y del alcaucil que conjuran con el embrujo de su aroma las ruinas de mi existencia y una guitarra desangelada  llora a la luz de la luna y rompe todas las camisas de fuerza
 2. Mientras el sueño me va acosando, recuerdo que me encontró haciendo dedo para volver a casa temporal. Al subir a ese auto destartalado supe que retornaba definitivamente a Las Lajas, poco me importaba ya ese novio que lloraría mi ausencia a miles de kilómetros de aquí. Por primera vez en mi vida estaba convencida de que la decisión que tomaba era la acertada. Me había aburrido de juguetear con la estúpida idea del suicidio. Ya no me divertía leer a Cioran, quería olvidar el inconveniente de haber nacido. Al diablo con sus amarguras y su cinismo. Condujo en silencio, con la vista clavada en el camino, sin prestar atención a mis piernas, a mis sugerencias. Mientras los kilómetros se acumulaban,  el deseo volaba de árbol en árbol. No había mucho que decir, el silencio había edificado un muro entre los dos.En verano me gusta coger rápido. Me perturba el coito monótono. Adentro/afuera, abajo/arriba. Entonces tengo que moverme con violencia para mantenerlo despierto. Ha tomado demasiado. Entró a la habitación dando botes. Hablando acerca de un camión monstruoso que vio estacionado junto a la estación de servicio. Tanto él como yo antes de arrendar una pieza de hotel fumamos. Por lo tanto apenas empezamos a zarandearnos nos colgamos. Mientras cabalgo sobre su miembro defectuoso pienso en un combate donde los hombres han sido despojados de sus armas y atuendos. Me figuro un guerrero de cuerpo grotesco, cuya armadura resplandece sobre la bruma, acercándose al cadáver de un enemigo caído e hincando sus dientes en la yugular para su sangre. Un ardor espeso me recorre las venas y a los gritos le pido a él, que se aferre a mi culo carnoso, que lo haga trizas, que acabe a los borbotones en ese preciso instante. Quiero verlo retorcerse debajo de mí, y entonces si asestarle un buen golpe en la mandíbula, dejarlo inconsciente para luego rasgar con un bisturí su vientre cuidadosamente para que la agonía fuese lenta.
Esta vez, era yo, quien debía barajar las cartas. Él deseaba que quemara la vela por las dos puntas. Lo supe al desabrochar su pantalón, y regalarle la chupada más grandiosa que le he hecho a nadie. Sus ojos se agrandaban, como si fuesen a estallar.  
3. Mis padres, muy temprano,  se fueron a dormir al frío lecho dejándonos huérfanos de conversaciones dichas a media voz y de miradas cómplices,  mientras fumaban sus cigarrillos en las noches veraniegas, sintiendo bullir la vida del río a su alrededor. Los primos huyeron de allí, buscando fortuna lejos de un lugar que se moría, un espacio sólo para viejos, azotado por los vientos del norte y los sofocantes calores del campo.  
Él se me presentó desde el primer día como el centro del único universo masculino, recuerdo que me fascinaba ese rostro de eterno extraño, esa mirada que me desafiaba a internarme en su intrincado reflejo.
También debo reconocer que fue el primer hombre que me hablo con sinceridad pues se atrevió a decirme que era una infeliz,  una  chupapijas sin suerte y aunque parecía ruidoso y rústico, necesitaba de su  ayuda para salir de la telaraña en que se encontraba.
Secretamente lo empecé a amar, y esperaba de él que no me dejase volver nunca más a vagar sin esperanza en el mundo de la gente común. Deseaba que se desatara su corazón en el inmenso Everest  de los deseos más inverosímiles y así poder abandonar por fin el torreón el lado salvaje.
 Estaba harta de vagar codeándome todo el tiempo con el fracaso, errar en un mundo que estaba a punto de dar su estertor. Buscaba un tener donde ir, un refugio ante la tormenta, un forma que se pareciera a la que fue mía en un tiempo que sentí mío, hace muchos años.

Luciana Garamondi. Nació en Concarán  en 1990. Actualmente se encuentra preparando su primer libro de relatos, Todas las canciones mal aprendidas.
Ilustración:Danny Quirk

lunes, 21 de febrero de 2011

CABALGADA O LOS AHOGADOS

Por Alberto Ferrer
Cuando empezó todo, traté de pisar con cuidado, medir con cautela mis movimientos, pero  una vez que estuve adentro, toda estrategia resultó inútil y se hizo imposible mantenerse sobre la línea de la flotación.  Con el agua hasta el cuello las palabras acertadas tampoco acuden. Entonces mejor tratar de salir a nado hacia la orilla que es un puntito parpadeando apenas sobre el horizonte. Mientras doy arañazos en el agua, pienso en el hermano mayor que ha decidido encender la última vela en el confín de la noche, libre de todo remordimiento. Recuerdo a mamá arrastrándose en la oscuridad en busca de sus hijos, atravesando desnuda los caminos como una saeta dando gritos desesperados sin que nadie la oiga. Con el paso de los días la memoria declina, y el hábito de sangrar en los espejos se confunde con la costumbre de arrancarse la piel en pleno abismo. A esta altura cuesta mucho dar una brazada, luego otra, y boqueando busco una postura que me permita lanzarme hacia adelante con fuerza, circular sobre la superficie con prepotencia, pero mi cuerpo parece apresado, como si deseara aceptar un final pasado por agua.
Saber nadar con vigoroso verbo, es un bien tan escaso, como rimar palabras sin esfuerzo, alejado de toda especulación. ¡Dulce es desfallecer en brazos del agua indómita! Ceñir con espejismos la carne que busca librarse de los alambres sumergidos y olvidar en el fondo oscuro los muertos y su sombra, mientras el torso del ahogado vive pleno el instante sin negar el después.
Ahora alguien me habla de la otra orilla, me habla de ese otro que fui, entre los ahogados, más allá del vaivén del deseo, donde ya no puedo contemplarme sino con estos ojos de pescador. Borrosa surge la boca del pez par soltar un puñado de palabras incomprensibles. El discurso es un anzuelo sangrante. Como un vientre rasgado o un puño repleto de mojarritas que se abre en lo oscuro, el mediodía se suelta, y esa voz me dice que el fuego, que el agua, que la luz y los años, que las algas, que las armas, que los hombres ranas, y yo juego impunemente con las palabras que deja caer convencido que  es el río lo que nos engaña a los ahogados con su repertorio de voces falsas.
Melancholy by Ryohei Hase

lunes, 31 de mayo de 2010

AQUELLA SUMA DE DÍAS FELICES

... tú que danzaste/enloquecido en la plaza desierta/ tropezando/hiriéndote las manos en el trapecio del silencio/en pie contra las hojas muertas que/ se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba /obsesivamente tu boca hinchada de borracho/ danzas, danzaste/sin espacio... Leopoldo María Panero
                                                                              
Por Ivana Fucks


Al principio la ciudad como un lecho desolado por el abandono, luego las guirnaldas grotescas que penden de los árboles, el hombre que crea la historia del avión que va a despegar y tambalea por la pista, los niños que dibujan en la corteza de los árboles que yacen muertos en el camino, la manía de las citas y de las frases, la publicidad, y al fin nosotros, mis amigos y yo.
La escalera con peces muertos en cada uno de sus peldaños, la idiota sin remedio que llora dentro de mí, esa sensación de que no seremos derro tados jamás,q ue triunfaremos si nos tomamos las manos, y gritamos bien fuerte, como cuando éramos niños, y el jardín se llenaba de bruma, de fantasmas, y armados con palos atrapabámos espectros.


En el interior de la casa, las sombras que musitan cosas por lo bajo, las velas parpadeantes que hieren de melancolía la penumbra, el comienzo del verano insinuándose en cada grieta, en cada soplo. Imágenes brumosas, melancólicas,  de las callecitas de tierra, paredes descascaradas, habitaciones vacías con virgencitas tristes.
La navidad anunciándose con estruendos de cohetes, con villancicos mudos, con guirnaldas que ahorcan las ramas de los castaños. Muérdagos falsos amarrados al hilo que mueve el misterio.
La historia del avión, en una época signada por la guerra, caminitos de provincia adornados con minas antitanques, muros empapelados con rostros de líderes de la muerte que han desaparecido entre las hojas de un periódico.
El avión que se alza antes de la tormenta, para deshacer las gotas, para robarle el brillo a los relámpagos, para domar el vendaval.
La publicidad, el diario motivado por la publicidad, tres amigas, un auto una ruta y la vida que ya no despeina.
Albertino, casi igual que un año atrás, su cuerpo frente al espejo, inmóvil, fosilizado en un ligero rapto de vanidad. El cabello oscuro zigzagueando en el lento ademán de sus manos, que se alzan para explicar lo inexplicable. La pollera de jeans, las zapatillas con plataforma, la musculosa con Patti Smith en el pecho. Con su voz de napalm en la cabeza, desnudándonos los huesos. Y esta morosa voluntad de nombrarla, que se apodera de mí, cuando la hoja en blanco me muerde la mirada.
Ahora sí un puñado de historias. Princesas de oropel que en una caricia consumen su vano esplendor. Caricias que se ocultan en la tibieza de un sostén. Las diferentes reencarnaciones del amor. Nosotros, mis amigos y yo.
El recuerdo de los balnearios, cuando los chicos éran oscuros, secos, flacos como palos. La resignación de ser invisibles para los ojos de nosotras que encendíamos de lava ardiente cada rincón de sus cuerpos. El tiempo que por esos días era enorme, la fe en Dioses de fantasía, en ídolos que se colgaban una fender y desafiaban el mundo. No, no este tiempo cobarde, de amantes de alquiler, de promesas rengas, de besos hipotecados , de cartas suicidas que se escriben y se arrojan al viento. Y la noche ahí, desgranando su corolario de tentaciones. Ese dejo hiriente a callejón sin salida resoplando ahí...

Fotografía: Philippe Halsman


sábado, 26 de septiembre de 2009

LA CASA EXTRAVIADA


Por Alberto Ferrer

Durante todos estos años había buscado hasta el cansancio aquella casa de mi infancia, ese hogar cálido y apacible coronado de crisálidas y luciérnagas, que ahora en algún lugar solo y sin memoria espera mi llegar. 
Aquella tarde que abandoné mí torre de marfil sepulté todos mis juguetes bajo el árbol antes de la caída del sol. Carola, mi hermana, arrancó con violencia todas las flores del jardín, vistió de luto a sus muñecas y tomados de la mano abandonamos aquel nido convencidos de que toda nuestra niñez se convertía de pronto en astillas, en retazos de una sonrisa vertical partida por la mitad. 
La casa actual resiste como puede las puñaladas del tiempo y la habito durante el tiempo, siempre breve, de mis visitas al pueblo. Hay algo que me impide echar abajo aquellas viejas paredes de adobe  y dejar que la naturaleza tome el espacio que ahora ocupaban esas cuatro paredes a punto de desmoronarse. Mi estancia en aquellas habitaciones transmite calor al espíritu derrotado de la casa y tal vez con mi lectura solitaria en voz alta, a medianoche despierto algún fantasma. Por las noches suelo asomarme al jardín y sentado en una vieja hamaca fumo un cigarrillo y miro al cielo. Saludo a las constelaciones mientras los murciélagos van y vienen, atrapando insectos, entre las copas de los árboles y el tejado de la casona. Sé que la casa se muere, que hace aguas por todos lados, que un día se vendrá abajo y todo habrá terminado, pero algo en su interior me dice que eso no va a suceder así, que no puede ser así, que aquel lugar no desaparecerá porque muchas raíces lo mantienen vivo.

domingo, 20 de septiembre de 2009

IGNORABA TODO ESTE ESPLENDOR

No. No sabía. Les aseguro que ignoraba todo este esplendor. Estaba aquí, flotando en el viento, frente a mis ojos todo el tiempo, pero no podía ver todo este esplendor.
Como contarles que tuve un sueño, que soñé con ella. Como no sonrojarme si les cuento que tuve un sueño de amor, todo un  sueño  de amor en el que estábamos desnudos sin ninguna esperanza de morir aún.
Ella estaba a mi lado, parecía que dormía, un racimo de estrellas brillaba sobre nosotros, yo le acariciaba sus manos y le contaba de muchachas chinas que desnudas en un arrozal tararean canciones de cuna iluminadas por la luna, y todo era tan bello, como esa tarde en que se hizo la muerte bajo la lluvia.
Había llegado muy tarde, hablando otra lengua, la belleza sobre su cuerpo palpitaba, sus grandes ojos se abrían al temporal, y era una flor, era un guijarro, era el atardecer del seis de febrero con los tilos inundados de luz, eras vos desnuda sobre la hierba con los pechos humedecidos por la lluvia, y era tu voz casi a oscuras repitiendo mi nombre como si se tratara de un conjuro.
Como ponerme de pie y confesarles que tuve un hermoso sueño de amor. Ella estaba acostada en el agua, era la única sobreviviente del diluvio, tenía entre sus brazos un gato agigantado por el deseo.
Yo me acercaba y era como si toda una vida su cuerpo me hubiese reclamado, y en el descuido de la noche aprisionaba sus blandos muslos, y era como si de tanto explorar en lo perdido nos encontráramos con toda la belleza de frente.
Todo estaba ahí, cuanto deseaba, era un relámpago de hojas hirvientes, un caballo  oscuro atravesando la arena de la tarde, esta orquídea que persigue una mariposa, aquella puerta que se abre sin ruido para dejar entrar las últimas sombras, esa luz que me quema por dentro.

lunes, 7 de septiembre de 2009

DESPOJOS DE UNA VIDA

GONZALO RIERA PROPONE EN ESTE CRUDO RETRATO DE SU INFANCIA A LA MUERTE COMO ÚNICA REDENCIÓN POSIBLE.
 En aquellos días intentaba saber algunas cosas, comprender que todo lo que me rodeaba era parte de un gran decorado, de una maqueta gigantesca a la cual no podría conocer en su totalidad sino lograba elevarme.
¿Pero, dónde, dónde, estaban mis alas?  Las había extraviado en las sucesivas mudanzas, se habían quemado bajo la luz de las velas que le encendíamos a los demonios, se habían hecho trizas durante los meses de tempestad...
Me distraje pensando en una chica que jamás voy a tener. Ella está recostada en una cama, casi desnuda, a su lado dormita un perrito. Podría matar a toda mi familia, si en ese acto se cifrarán las esperanzas de acostarme algún día con ella, y cabalgar su celo como si el mundo fuera a acabar en ese instante.
Pero no, mi vida sólo me permite abrazarme a lo sórdido. Debo vigilar lo que me rodea. Eso dice la realidad real.
La realidad real es que debo espiar sigilosamente, y espiar no significa ocultarse en las sombras para ver todo desde allí. Espiar es un modo de ver sin ser visto, verlo todo con ojos furtivos y mucha paciencia. Ver eso que nos rodea, que jadea junto a nosotros. Alargar los ojos y encontrarse con una caja de cartón repleta de hilachas, un brasero, una camisa mugrienta arrojada en el piso, detenerse en la palmera raquítica que hay en el patio inclinada levemente hacia el sur, sumergirse en toda la basura que arrastramos desde siempre, en esta miseria pegajosa, en el musgo que cubre estas paredes, palpar las humedades y la resignación, el constante esplendor de la nada que nos devuelve, esta pobreza ya sin remedio. Y después en el estallido de los relojes , cuando los ojos se vuelven miserables , oír los consejos de la gente que visita esta casa , los gritos de socorro ahogados, el estruendo que hacen las ilusiones al derrumbarse , mi padre enfermo maldiciendo a todos los santos ...
Toda mi existencia desplomándose ... Cómo, cómo sobrellevar esta peste de vivir y vivir por vivir , decime , como amigarse con esta lepra contagiosa , con esta felicidad cariada, coja, inválida , hecha de muecas envilecidas y al fin, sí, como un temblor , la muerte , esa codicia lejana . Cómo, cómo conquistarla, abrazarla rápida , poseerla en lechos roñosos con tufo a orín y encierro...
Degradación sobre degradación, fatalidad de herencia, respirando y respirando sólo por el vicio de respirar, mientras todo sucede en otro lado. Y vos hermano mío, que aún no ves todo esto, que no espías, que solo respiras, estiras tu mano, buscas atrapar algo, como si quedara algo. El resto de nuestras vidas resonando por años en el hueco que deja el abandono.
Y de pronto, hermano mío, tu grito despavorido, luego el de mamá y papá casi a coro, y por último el mío. Ahora todos muertos, muertos no de frío ni de hambre, sino de espléndida muerte.
Alabada muerte. A tu gracia nos debemos.