UN ASEDIO A LA LITER-HARTURA DE MARIO ESPEJO
Por M.G.Freites
Por M.G.Freites
Trato de recordar una conversación con Mario Espejo, en un basural, tarde en la noche, con cuatro o cinco cervezas calientes encima, luego de haber atravesado la ciudad bajo un calor asfixiante y antes de tomar una hierba venenosa que me paralizó los maxilares. Me cuenta que el poeta François Villon en un París sitiado por los lobos y el hambre aguardaba por la noche para iniciar recorridos interminables que se coronaban con el hurto de la enseñas de cada una de las posadas. Luego recuerda la vida noctámbula en su Jáchal natal, signada por vagabundeos insomnes a través de la oscuridad, donde paseantes solitarios se cruzaban, para luego encontrarse en la fonda Las Bacantes que permanecía abierta hasta el mediodía, albergando proxenetas, bebedores vencidos, melancólicos incurables, prostitutas pobres y tuberculosas, ancianos de mirada siniestra, gangster de poca monta, camioneros insomnes consumidos por la sífilis.
La leyenda de Espejo saca pasaporte en ese oscuro antro donde un puñado de náufragos se acerca a su mesa para oír relatos de sujetos desquiciados a los cuales se les agotaba el tiempo y la paciencia, y carcomidos por la desesperación se entregaban a un sinfín de perversiones que eran narradas con una minuciosidad digna del más avezado entomólogo.
Cuando asistí al Segundo Encuentro Nacional de Poesía en La Rioja, el factor Espejo era un secreto que se susurraba en voz baja y durante las maratónicas jornadas de lectura aguardé atentamente para develarlo; pero la primera sensación fue de estafa, el Espejo que se paraba frente al micrófono, era un adolescente tembloroso que lo acercaba más a la imagen de un flogger que de un escritor maldito. Las cosas se pusieron peor cuando leyó dos poemas de amor, insípidos, atiborrados de lugares comunes. Estaba a punto de abandonar mi butaca cuando dio inicio a esa oda a los forúnculos titulada Asquerosidad, y entonces comprendí que todo lo anterior no había sido más que vaselina aplicada cuidadosamente al público antes de la estocada definitiva.
Durante varios meses traté de rastrear sus escritos en las turbulentas aguas de la blogosfera sin demasiada suerte, hasta que los abusos me condujeron nuevamente a La Rioja para reencontrarme con un Espejo ácido, mordaz, inquisidor, que apostaba sin reservas por un mundo ignorado repleto de promesas incumplidas en el que su prosa escapaba con elegancia los convencionalismos, inmolándose a lo bonzo en las llamas de una escritura paranoica, agónica, enfermiza , que surge como un puzzle de atrocidades desde la otra orilla mas desgarrada, donde todo atisbo de salvación es vano e improbable.
Los relatos de Espejo tal como sugería Vladimir Nabokov nos obligan a sumergirnos en el libro y bañarnos en él, nos prohíbe costearlo. Muchas veces funcionan como un GPS capaz de señalarnos los puntos más truculentos en el mapa de catástrofes cotidianas, empujándonos a un páramo donde el lector debe sortear prejuicios, mientras se asoma a lo inconmensurable. Esto se evidencia en esa suerte de road movie trágica donde un padre desocupado, agobiado por las deudas decide hacer un viaje junto a su mujer y sus hijos por una ruta desierta, con el único propósito de estrellarse de frente a toda velocidad contra un camión. El relato tiene por título La redención de un padre y si uno desmonta los recursos literarios que componen el engranaje, puede vislumbrar el afán del autor por manipular situaciones extrañas donde nada es lo que parece, y las victimas en un parpadeo pueden devenir en victimarios.
Los personajes de Espejo parecen estar siempre envueltos en dilemas existenciales, asfixiados por la rutina, dispuestos a encontrar un instante de regocijo antes de la inexorable destrucción, en la perversidad. Mujeres, adolescentes, hombres de negocio, voyeurs, todos se ven asediados por un hastío que no es más que la antesala del peor sadismo. Dan vueltas en torno a las posibilidades que les ofrece el consumo ensayando huidas imposibles, intercambiando fluidos, obligando al otro a ser partícipe de sus flagelaciones, convencidos como Emil Cioran, que no son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos qué forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo.
Certera resulta la anécdota del escritor riojano Fernando .J. Montero quién asegura haberlo visto tras una noche de libaciones desenfrenadas a dirty mirror perderse de manera fantasmal entre las sombras de un caserío bajo, esquivando perros famélicos ante la mirada temerosa de un puñado de matones.
La liter-hartura de Espejo es hija de los márgenes, de la devastación, de la angustia que invadió a toda una generación desencantada prematuramente, y entre los múltiples lazos que establece, ya que en ella la intertextualidad juega un papel primordial, encontramos un link con la obra del cuentista Victor Hugo Viscarra, el Bukowski boliviano, ya que nuestro autor también encuentra su facultad en la calle, en la clandestinidad, convirtiéndose en un antropológo alucinado que encuentra la salvación a golpes de alcohol y marihuana sin otro compañero que algún perro alcoholizado, siempre acunado por la perturbación.
La liter-hartura de Espejo es hija de los márgenes, de la devastación, de la angustia que invadió a toda una generación desencantada prematuramente, y entre los múltiples lazos que establece, ya que en ella la intertextualidad juega un papel primordial, encontramos un link con la obra del cuentista Victor Hugo Viscarra, el Bukowski boliviano, ya que nuestro autor también encuentra su facultad en la calle, en la clandestinidad, convirtiéndose en un antropológo alucinado que encuentra la salvación a golpes de alcohol y marihuana sin otro compañero que algún perro alcoholizado, siempre acunado por la perturbación.
Perturbador resulta el relato titulado El Hombre que casi conoció un Mokele mbebé, donde ficcionaliza la vida del escritor y naturalista inglés Ivan T. Sanderson quien asegura en 1932 haber visto esta criatura en una de sus expediciones por la pantanosa zona del río Mainyu, en el África ecuatorial occidental. El relato retoma fragmentos de terror doméstico alterado por alucinaciones que nos arrastran a regiones pantanosas del corazón de África donde la existencia del monstruo está fuera de toda duda. Espectral la aparición del jerarca nazi Samuel Kunz en el sueño de la adolescente con un lanzallamas, y unos cuantos cráneos de aborígenes. El final roza el desvarío con la aparición de un olongasta alienígena desnudo arrastrando su colosal miembro viril, y acá tenemos la impresión de un dudoso matrimonio entre la literatura de García Marquéz y la de, todos de pie, Philip K. Dick.
En medio de tanta literatura que no próspera más allá del mero susurro, de tanto escritor enfermo del síndrome Bolaño, de encolumnadores de palabras afectados por una severa inflamación lírica, de tanta elegía idiota a la marihuana, los relatos de Espejo surgen desde la garganta de los silenciados, para darles un tiro de gracia a los mercaderes de la poesía, para hundirse en la franqueza antes que elegir otro disfraz, entrelazando la angustia del marginado con el gozo del bufarrón sodomizado.
Como afirma Héctor David Gatica, los libros se deben escribir con el silencio de ese cementerio que nosotros vamos poblando, y Espejo lo hace proponiendo una revolución indecente, indecorosa, la rebelión de los desangelados, que comprenden que la vida no es más que una breve exhalación, y que no existe otra opción que ir más allá de la luz más lejana de la ciudad-como pedía Robert Frost-para acodarse en las mesas de los bares siempre abiertos de la noche. Un sitio donde aún permanece encendido ese fuego que debemos recuperar para habitar los pechos sudorosos de las felatrices impiadosas, para calmar el hambre de nuestros diablos, para alborotar el silencio parroquial y reaparecer al otro lado del espejo, en llamas.
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| El gran Mario Espejo huyendo de las cámaras. Fotografía perteneciente al blog Tercer encuentro de poetas, La Rioja |
